FIC Gáldar: ¿dónde quedó la esencia de aquellos primeros años?

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]El Festival Internacional de Cine de Gáldar ha crecido. Negarlo sería absurdo. Ha ganado presencia, prestigio, invitados, proyecciones, reconocimientos y una dimensión que probablemente resultaba difícil imaginar cuando comenzó su andadura. Hoy el FIC Gáldar puede mirar hacia fuera y ocupar un espacio propio dentro del panorama cinematográfico. Eso merece ser reconocido. Pero crecer también debería obligarnos, de vez en cuando, a mirar hacia atrás y preguntarnos de dónde venimos.

 

Y quizá esa sea la pregunta que toca hacerse ahora: ¿dónde está la esencia de aquellos primeros años?

 

No hablo desde la nostalgia por la nostalgia ni desde la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Hablo de identidad. Porque hubo una etapa en la que durante los días del festival Gáldar no parecía simplemente el municipio donde se celebraba un evento cinematográfico. Gáldar formaba parte del propio festival. Las calles, las plazas, los comercios, los barrios y, sobre todo, su gente se mezclaban con quienes llegaban con una cámara, cuatro ideas, pocas horas y muchísimas ganas de contar una historia.

 

Ahí estaba buena parte de la magia.

 

Y dentro de esa magia había un nombre fundamental: Gáldar Rueda.

 

Para muchos participantes, Gáldar Rueda nunca fue una actividad más dentro del programa. Era una de las experiencias que daban sentido al festival. Durante unas horas, profesionales, aficionados, estudiantes, actores, actrices, técnicos, curiosos y personas que jamás habían estado delante de una cámara podían acabar compartiendo un rodaje.

 

No importaba demasiado quién tenía el mejor equipo ni quién acumulaba más experiencia. Había que buscar una historia, formar un grupo, encontrar localizaciones, resolver problemas, improvisar, rodar y montar prácticamente contra el reloj.

 

Y mientras todo eso ocurría, Gáldar se convertía de verdad en un plató.

 

Eso es algo que ningún photocall puede sustituir.

 

Porque el cine también puede medirse por las alfombras, los invitados o los nombres reconocidos que llegan a una gala, pero la verdadera singularidad de un festival municipal debería estar también en lo que consigue provocar en el territorio donde nace.

 

Gáldar Rueda consiguió precisamente eso.

Creó cantera.

Creó encuentros.

Creó amistades.

Creó equipos que quizá nunca se habrían conocido de otra manera.

 

Y, sobre todo, consiguió algo muy difícil: hacer sentir a muchas personas que ellas también podían formar parte del cine.

 

Con los años, el FIC Gáldar ha crecido y ese crecimiento ha traído cosas positivas. Sería injusto no reconocerlo. El problema aparece cuando el envoltorio comienza a ocupar más espacio que aquello que hizo diferente al festival.

 

Cuando las grandes figuras, las ceremonias, las fotografías oficiales, los reconocimientos y la dimensión exterior concentran buena parte de la atención, existe el riesgo de que quienes están abajo, cámara en mano, corriendo por las calles para terminar un corto, terminen convertidos casi en actores secundarios de una película que también debería ser la suya.

 

Y ahí es donde conviene detenerse.

¿Dónde está hoy el verdadero protagonismo de quienes participan en Gáldar Rueda?

¿Dónde están sus historias?

¿Quiénes son?

¿Qué esfuerzo hay detrás de esos tres minutos que después vemos proyectados?

¿Quién lleva horas escribiendo un guion? ¿Quién ha pedido un favor para conseguir una localización? ¿Quién ha trabajado durante la madrugada editando? ¿Quién participa por primera vez? ¿Quién comenzó hace años en este certamen y terminó dedicándose al audiovisual?

 

Ahí hay historias extraordinarias que contar.

Quizá el festival debería volver a ponerlas en primer plano.

 

No basta con mantener Gáldar Rueda dentro del programa. Hay que devolverle el protagonismo simbólico que merece. Mostrar a sus participantes, acompañar los rodajes, llenar las redes del festival con sus historias, acercarlos al público, generar encuentros entre ellos y los profesionales invitados, proyectar sus trabajos con toda la dignidad posible y conseguir que sientan que durante esos días no están en la periferia del FIC, sino en su corazón.

 

Porque posiblemente alguno de los jóvenes que este año corre con una cámara por una calle de Gáldar será dentro de diez años director, guionista, actriz, montador o productor.

 

Y entonces podremos decir que el festival no solo trajo cine a Gáldar.

 

Podremos decir que ayudó a crearlo.

 

También echo de menos aquella sensación de que el festival podía aparecer en cualquier esquina. Aquella cercanía. Aquella mezcla entre vecinos y participantes. Ese momento en el que alguien entraba en una cafetería preguntando si podía rodar allí una escena o convertía durante unas horas una plaza, una calle o un rincón cualquiera del municipio en escenario de una película.

 

Eso era FIC Gáldar.

 

O, al menos, una parte muy importante de su esencia.

 

Un festival internacional no debería tener miedo a mirar hacia dentro. Precisamente porque ya ha crecido, porque ha alcanzado reconocimiento y porque puede aspirar a seguir creciendo, tiene la oportunidad de recuperar aquello que lo diferenciaba de cualquier otro festival.

 

No se trata de elegir entre traer grandes nombres o apoyar a quienes empiezan.

 

Se pueden hacer ambas cosas.

No se trata de regresar al pasado.

Se trata de no olvidarlo.

 

El FIC Gáldar puede continuar creciendo, profesionalizándose y buscando nuevas metas. Pero debería hacerlo sin perder de vista aquella cámara que recorre apresurada una calle buscando terminar un plano antes de que se vaya la luz. A ese grupo de amigos que lleva horas sin dormir. A esa actriz que participa por primera vez. A ese joven que descubre que detrás de una cámara también existe un lugar para él.

 

Porque antes de convertirse en todo lo que es hoy, el Festival Internacional de Cine de Gáldar fue también eso: ilusión, cercanía, calle, participación y cine hecho desde abajo.

 

Quizá haya llegado el momento de volver a preguntarnos qué queremos que sea el FIC dentro de otros diez años.

 

Y para encontrar la respuesta puede que no tengamos que mirar hacia una gran alfombra ni hacia un invitado conocido.

 

Puede que baste con volver a mirar hacia las calles de Gáldar cuando alguien grite:

 

«¡Cámara… acción!»

 

Vidal Bolaños Betancort

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