Son la comedia y la tragedia expuestas en este rostro, titulado “Per Adriano”, que representa una cara humana fragmentada de apariencia clásica y que simboliza las dos máscaras tradicionales de las artes escénicas griegas, realizada en 1993 por un escultor polaco de nombre Igor Mitoraj (1944-2014). Creada en bronce, fue una de las esculturas callejeras que se exhibieron en Santa Cruz de Tenerife en 1994. Transmite una serena calma y ciertamente realza la entrada del teatro Guimerá de dicha capital canaria.
Al teatro Guimerá fui primero que al Pérez Galdós, algo que achaco a las circunstancias, para ver zarzuelas, que por aquel entonces me encantaban: “La Verbena de la Paloma”, de Tomás Bretón; “La Tabernera del Puerto”, de Pablo Sorozábal; “Doña Fracisquita”, de Amadeo Vives, y algunas más, me las gocé en el teatro Guimerá.
Muchas veces no podía ir porque no tenía perras y alguna que otra jugada hice, dos noches seguidas. Después me sentía fatal, me mataban los remordimientos, porque le quitaba al camarero la propina que habían dejado los clientes en las mesas, en el bar terraza que había cerca del teatro, con el fin de reunir las treinta pesetas que me costaba la entrada, que valía cincuenta, presentando, por supuesto, el carnet de estudiante.
La estancia en La Laguna, mi época universitaria, estuvo bien. Antes trabajé mucho al tiempo que estudiaba Bachillerato. Cuando vi que en la Laguna sólo tenía que estudiar, con una beca de treinta y dos mil pesetas que cubría la mayoría de mis gastos, me dieron ganas de gritar de gusto. Sin esa ayuda estatal no habría podido seguir los estudios, lo cual para mí habría sido trágico.
Me enteré de que existía la pensión Padrón, y allí me fui. Compartí habitación con un chico palmero; los baños eran comunes y había que hacer cola para ducharse, por lo cual pagaba cincuenta y cinco pesetas al día. Mi amigo palmero tenía varios colegas universitarios y, en segundo de carrera, nos fuimos a vivir todos juntos a un piso donde pagaba novecientas pesetas al mes, más mil que me gastaba en la comida.
Hay que tener en cuenta que en cualquier bar restaurante un arroz a la cubana, con un plátano, una salchicha, huevo y papas fritas valía dieciocho pesetas. Si eran dos los huevos fritos la cuenta ascendía a veinte. Era lo más barato y hay que ver ¡cuántos arroces a la cubana comí entonces!
Gracias a mi hermana, que también aportó su ayuda, pude acabar la carrera y por eso nunca rocé el aspecto trágico en el tiempo que estuve en la Universidad. Ni siquiera llegó a ser dramático ya que di con muy buena gente que alegraron mi existencia y me hicieron reír mucho. Es verdad que éramos muy jóvenes y cuando se es joven se le quita importancia a los problemas que uno tiene.
Por eso, al ver la foto que sacó mi gran amigo bretón de la escultura “Per Adriano”, de Igor Mitoraj, al lado del teatro Guimerá, he considerado que hay cierta correspondencia entre el trabajo de su autor y mi estancia en La Laguna.
Ni que decir tiene que jamás le di importancia a la famosa discusión entre gran canarios y tinerfeños, pues consideraba, y considero, que todos somos de las islas Canarias. De hecho el haber ido al teatro Guimerá en vez de al Pérez Galdós, a ver y escuchar zarzuelas, no me pareció en absoluto fuera de lo común, aunque fuera canarión y no chicharrero. Simplemente me sentía canario.
Quico Espino
Foto: François Hamel.
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