![[Img #44240]](https://infonortedigital.com/upload/images/10_2026/9327_teresacancialeon-1.jpeg)
Hay personas que dejan su huella en la historia de una institución y otras que, además, permanecen en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de compartir con ellas el camino profesional y humano. Teresa Cancio León pertenece a esa categoría de personas cuya trayectoria merece ser recordada, pero cuya memoria cobra su verdadera dimensión cuando se evoca desde la cercanía, desde la experiencia compartida y desde el reconocimiento de quienes trabajaron a su lado.
La conocí como directora territorial de Educación y la volví a encontrar, más estrechamente, en la Inspección de Educación. Fue mi jefa y también compañera. Desde esa doble condición, que me permitió conocerla en el ámbito de las responsabilidades profesionales y en el de la convivencia cotidiana, nace mi deseo de dedicarle estas palabras.
Recordarla es volver la mirada a una etapa de nuestra vida dedicada a la educación, a sus exigencias y a sus responsabilidades; una etapa en la que el trabajo compartido nos permitía conocer a las personas más íntimamente.
Su trayectoria como docente, catedrática de Lengua Castellana y Literatura e inspectora de Educación, así como su dedicación al estudio de la literatura canaria, constituyen una parte documentada de su legado. Pero quienes la conocimos sabemos que la memoria de una persona no se agota en los títulos, los nombramientos ni las responsabilidades que asumió.
Por eso es preciso recordarla por su lugar en la historia de la educación canaria, por su contribución al conocimiento de nuestras letras y, de manera especial, por haber formado parte de una carrera profesional que también es, inevitablemente, parte de la mía.
Teresa tenía esa cualidad, tan valiosa y no siempre frecuente, de hacer que el trato con los demás resultara cercano y humano. Su manera de relacionarse trascendía las obligaciones del trabajo y las diferencias que pudieran establecer los cargos o las responsabilidades. En ella, la condición de jefa no anulaba la de compañera, ni la exigencia de la función profesional impedía la expresión de la sensibilidad personal.
Quienes hemos dedicado nuestra vida a la educación sabemos que esta profesión requiere conocimientos, preparación, responsabilidad y compromiso. Pero también sabemos que las instituciones se construyen, en buena medida, a través de las relaciones humanas que se establecen en su seno. La cercanía, la amabilidad y la capacidad de comprender al otro contribuyen a crear vínculos que perduran más allá de los años de trabajo compartido. En Teresa encontré esos rasgos que hoy recuerdo con afecto y gratitud.
Su trayectoria profesional merece igualmente ser reconocida. Doctora, catedrática de Lengua Castellana y Literatura e inspectora de Educación, desempeñó responsabilidades relevantes en la administración educativa canaria y dedicó parte de su trabajo intelectual al estudio y la difusión de la literatura de nuestras islas, con una atención especial a la obra de Pedro Lezcano.
Su labor como estudiosa de nuestras letras y sus reflexiones sobre la lectura y la lengua forman parte de un legado que podemos recuperar en sus publicaciones. En ellas encontramos a la profesional de sólida formación humanística, preocupada por el conocimiento, por el valor de las palabras y por la importancia de la cultura.
Pero, cuando pienso en Teresa, la memoria profesional y la memoria afectiva no aparecen separadas. La persona que desarrolló aquella trayectoria es también la mujer a la que recuerdo por su trato amable, por su cercanía y por esa empatía que permitía reconocer en los demás algo más que una función, una responsabilidad o un puesto de trabajo.
Por eso, escribir estas líneas no es solamente recordar a una compañera de la Inspección de Educación. Es rendir homenaje a una persona que formó parte de mi propia historia profesional y que permanece en mi recuerdo por las cualidades humanas con las que hizo presente su paso por ella.
Permítanme la licencia de contarles una anécdota que dice mucho de su forma de ser.
En una ocasión, mientras buscaba quien pudiera corregir uno de mis libros, Fuerteventura en mi memoria (Mercurio Ediciones, Las Palmas de Gran Canaria, 2016) pensé inmediatamente en ella. Fui a visitarla a su despacho, sobre el año 1995, como tantas otras veces, con el afecto y la confianza que siempre caracterizaron nuestra relación. Le expliqué el motivo de mi presencia y, antes de que pudiera desarrollar mi propuesta, me respondió con aquella naturalidad tan suya:
—Pero, Quino, ¡claro que sí! Déjame el manuscrito.
No hubo reservas ni formalidades innecesarias. Su respuesta fue tan espontánea como generosa. Le dejé el original y, pocos días después, estaba sentado con ella, escuchando sus observaciones y las razones que aconsejaban introducir determinados cambios.
Teresa me explicaba sus propuestas con rigor, pero también con una delicadeza que recuerdo especialmente. No pretendía imponer su criterio ni convertir la corrección en una demostración de autoridad. Me exponía cómo veía ella las cosas, qué aspectos consideraba mejorables y por qué pensaba que algunas modificaciones podían favorecer el resultado final.
En todo momento fue extraordinariamente respetuosa con mi aportación literaria. Sabía distinguir entre la necesaria revisión de un texto y el respeto que merece la voz de quien lo escribe. Sus observaciones no anulaban mi trabajo ni pretendían sustituir mi criterio como autor; al contrario, contribuían a que pudiera contemplarlo desde otra perspectiva, para su mejora.
Escuché sus argumentos y acepté sus valoraciones convencido de que tenía razón y de que el libro ganaría en calidad con aquellos cambios. Lo hice porque confiaba en su preparación, en su sensibilidad lingüística y en su capacidad para advertir aspectos que a mí, inmerso en mi propio texto, quizá me resultaba más difícil percibir.
Aquel episodio me dejó una enseñanza que va más allá de la corrección de un manuscrito. Me mostró que el conocimiento puede ejercerse sin arrogancia, que el rigor no está reñido con la amabilidad y que ayudar a alguien a mejorar su trabajo exige, además de competencia, una buena dosis de respeto y de sensibilidad.
Aquel manuscrito, corregido por Teresa en 1995, permaneció durante años en mi escritorio. No fue hasta 2016, animado por mi familia, cuando me decidí a publicarlo. Por eso, al recordar hoy aquella colaboración, siento que su generosa aportación forma parte también de la historia de un libro cuya publicación tardó tanto tiempo en llegar.
Por eso, hoy, al evocar aquella visita a su despacho, muchos años antes de que viera la luz el libro, vuelvo a escuchar su respuesta inmediata, afectuosa y confiada: «Pero, Quino, claro que sí». Y en esas pocas palabras reconozco algo esencial de su manera de ser: la generosidad con que acogía a los demás y la naturalidad con que ponía sus conocimientos al servicio de quienes acudíamos a ella.
Por eso, este recuerdo ocupa un lugar especial en mi memoria. Porque en aquella revisión de un libro no encontré únicamente a una excelente conocedora de la lengua, sino también a la compañera cercana y cariñosa que sabía ayudar sin herir, orientar sin imponer y corregir sin desautorizar.
Y esa manera de hacer las cosas, tan discreta y humana, constituye una de las mejores formas de dejar huella.
El tiempo nos aleja de los días compartidos, pero no necesariamente de las personas que los hicieron significativos. Hay presencias que continúan acompañándonos en la memoria, en el afecto y en el reconocimiento de lo vivido.
A Teresa Cancio León quiero recordarla así: como una profesional vinculada a la historia de la educación canaria, como una mujer dedicada a la lengua y la literatura, y como aquella jefa y compañera cercana, cariñosa, amable y empática que tuve la suerte de conocer.
Con estas palabras quiero expresar mi respeto por su trayectoria, mi gratitud por el tiempo compartido y mi afectuoso recuerdo hacia su persona.
Descansa en paz, Teresa. Tu memoria permanece en quienes tuvimos la fortuna de conocerte y compartir contigo una buena parte de nuestro camino, carrera profesional y algunas aficiones comunes.
Joaquín Nieto Reguera
Inspector de educación jubilado































Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.23