Tres generaciones y una misma aula: la calle

Nicolás Guerra Aguiar

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Echemos una fugaz pero rigurosa y desapasionada mirada, estimado lector, a las últimas convulsiones, sacudidas o terremotos experimentados por nuestra sociedad allá por los primerísimos nacimientos de este mes, curiosamente coincidentes con las calmas septiembrinas.

 

Y como estas vienen definidas por flojos vientos, ligera y sensorial brisa y mar casi en absoluta relajación, es seguro que la Naturaleza intervino intencionadamente para crear una serenísima oposición a las tales convulsiones. Porque, a fin de cuentas, estas también se producen cuando se rompe ‘la normalidad de la vida colectiva’ a través de descargas, temblores o estremecimientos. Así fue: durante pasados días renacieron por esta España a la cual Cecilia interroga (“¿Dónde están tus ojos? / ¿Dónde están tus manos? / ¿Dónde tu cabeza?”).

 

La respuesta es inmediata: la sociedad, la nuestra, había puesto ojos, manos y cabeza a la manera de una colectividad pendiente de concretas votaciones en el Congreso de los Diputados y cuyos prolegómenos ya habían elevado a la categoría de suaves sacudidas a varios colectivos. Luego, dos días después (3-4 de octubre) se palpó, vio y sintió en la calle la gran eclosión, la erupción: riadas de conciencias, voces y compromisos de tres generaciones extendieron y llevaron a las tierras españolas e insulares la inmensa colada volcánica (Gran Canaria fue otro ejemplo de pacifismo y reactivada juventud).

 

También esta vez los espasmos mostraron justas indignaciones y aceleraron ritmos cardíacos mientras el medio físico, respetuoso, se recogió casi en la total inactividad, se endurmió como lo hace en Sardina de Gáldar durante las calmas por si alguien quiere gozar de su reposo. (Sabia Natura la nuestra: también retrotrae al poeta Bartolomé Cairasco de Figueroa, siglos XVI/XVII, cuando nos lleva de la mano al bosque de Doramas, “fortunado sitio” lo llamó el nominado iniciador de la poesía canaria… como usted recuerda del aula, estimado lector.)

 

Pues bien. Las tres generaciones a las cuales me refiero dominan el primer plano de la foto. Y aunque desde la perspectiva literaria el concepto generacional anda en discusión, partamos del Diccionario RAE para dar significado a tal término: ‘Conjunto de las personas que tienen aproximadamente la misma edad’. Y como se trata de una manifestación callejera, además les une a todos otro elemento fundamental: el interés común por la lucha y logro de un apartado social, el referido a la vivienda en sus variantes de adquisición y alquiler.

 

Así, a la derecha de nuestra mirada la señora mayor, recia y enhiesta, bastonada, solitaria mirada al frente: por sí misma es, simbólicamente, una generación, la más antigua. La señora mayor emprende la retirada o, acaso, busca salir del encabezamiento, quizás incluso hasta del mismo espacio fotografiado. ¿Timidez, desencaje, búsqueda de un güequito menos llamativo? Las multitudes no son, precisamente, las más ansiadas compañas a ciertas edades. Estoy seguro de que no pasaba por casualidad o, acaso, quería regresar a su casa para descansar una vez cumplido su compromiso social y ético. A fin de cuentas ya supera los siete decenios de su vida. Incluso me atrevo a aventurar -experiencia manda- su aproximación a los ocho. (¿Y si el retorno significara que el nieto al cuidado del abuelo ya puede salir a la calle para adherirse a “la mani”?)

 

En el centro, mujeres jóvenes (segunda generación) cubren un espacio físico más amplio: personifican, cuantitativamente, a la mayoría de los perjudicados. En ese grupo central, a la izquierda, dos varones en plena juventud. Curiosamente, con las miradas en el suelo: ¿buscan, meditan sobre pasadomañana, necesitan centrar sus miradas?

 

Y también, con muchos años de diferencia, un crío emerge tímidamente desde el segundo plano, la izquierdosa esquina, como si acabara de incorporarse a su responsabilidad, ¡angelical criatura! Y también por sí solo constituye figurada generación, la tercera. No sé si ya sabe que, oficialmente, aún no es tal, pero las circunstancias obligan a una precipitada maduración y acaso sospecha lo que les espera a los pollillos de hoy si la sociedad se rinde o pasa, si se hace la longui y no quiere darse por enterada. (Pero tampoco es tanto el tiempo, incluso vuela cuantos más años cumplimos. Así, en solo dos versos el poeta aruquense Domingo Rivero lo apuntala: “Si en ti fui niño, y joven, y en ti arribo, / viejo, a las tristes playas de la muerte”, “niño→ joven → viejo”, apunté días atrás).

 

Y ya, desperdigados, miles de participantes refuerzan a las tres nombradas. De todos sabemos lo más importante: que como símbolos de colectividades representan a directas víctimas forzadas a romper sueños de independencias y autonomías, traducidas estas como voluntarias soledades o elegidas compañas. Y tal como reza la pancarta, todos forman un solo bloque unificado y unificador (“Acabemos con el negocio de la vivienda”) a través de la forma verbal, primera persona del plural.

 

(Si estuviera en la clase del doctor Hernández Perera, catedrático lagunero de Historia del Arte, este proyectaría en la pantalla tres filminas o diapositivas de los tres espacios a que me refiero. Y comenzaría con “Observen ustedes las especiales disposiciones físicas de los tres grupos, imprescindibles aunque autónomos para la captación de algo que se nos cuenta. Los tres tienen vida individual y colectiva. Si fallara uno, la perspectiva también”.)

 

Y ya que nombro la calle, ¿puede esta convertirse en aula, es decir, en el lugar tradicional de colegios, institutos y universidades donde los alumnos se congregan para asistir a clase, toman apuntes e incluso anotan hasta los tics de profesores para después referirse a ellos con dichetes (“El Titánic; El Botella; El Ojopulpo”...?

 

Sí, estoy plenamente convencido por experiencia personal y profesional. Desde el aula a la calle es el título de un libro (a Dios ruego que usted, lector, me comprenda y disculpe esta vanidosa, fantasmal, arrogante y engreída autocita). Pero expongo en él conocimientos adquiridos desde la formación teórica del aula hasta la gran escuela que fue la calle cuando empecé a hacerle caso a don Gregorio Salvador Caja, catedrático de Dialectología en la Universidad lagunera. Decía aquel sabio profesor (por cierto: ¿ha oído usted, lector, hablar de la “mala follá granaína”?): “Cuando estén en alguna conferencia y esta resulte aburrida o un muerto irrecuperable, escuchen con oído fonético y léxico y tomen nota de las posibles variedades dialectales de quien habla”.

 

Sí, la calle y la guagua también son aulas, magnas por su inmensidad y multiplicidades raciales, hablantes con especificidades dialectales, escuela de ciencia, enseñanza, aprendizaje… Y como en la canción de Manzanero, en ellas se aprende a descubrir que con nuestros jóvenes (una de las tres generaciones) caben “nuevas y mejores emociones”...

 

Nicolás Guerra Aguiar

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