Cuánta tierra necesitamos para vivir

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]No es fácil tener una vivienda en España. Nunca lo ha sido, pero en los últimos veinticinco años se está volviendo muy difícil. Eso si hablamos de ser propietarios de una. Si hablamos de tenerla en alquiler, es una empresa harto complicada en la actualidad.
 
Cuando niño, vivía en una casa en condiciones precarias. Era vieja y apenas había espacio para poder acoger a una familia compuesta de nueve miembros. Unos cuantos años después, casi por azar, nos mudamos a una vivienda de protección oficial de apenas 50 metros cuadrados, pero en mejores condiciones de habitabilidad. Mucho tiempo después pasó a ser de nuestra propiedad, pues el Patronato de la Vivienda decidió que los inquilinos que la seguían habitando podrían acceder a su compra por una cantidad irrisoria. Gracias a esta medida, mis padres pudieron tener una vivienda en propiedad.
 
Tampoco es fácil para un ciudadano común como el que esto escribe el abordar la cuestión sin caer en los tópicos de siempre, repitiendo lo ya dicho y escuchado por mucha gente. El caso es que los distintos gobiernos han ido dejando el tema en manos de los que vendrán detrás, y así nos va, pues se han dedicado a otros asuntos que no acarrearan tanta literatura y tanto desasosiego. Mirar para otro lado siempre ha sido una estrategia para no abordar asuntos tan complejos, pero lo cierto es que miles de personas están padeciendo la dejación de los distintos ejecutivos en este tema.
 
No se puede permitir que el mercado sea el que imponga las reglas del juego, pues es una lucha desigual, en la que los pequeños David tienen que vérselas todos los días con los poderosos gigantes Goliat que imponen sus condiciones a base de subir los alquileres a su antojo mientras los débiles malgastan gran parte de sus energías diarias en intentar hacer frente al pago abusivo para vivir bajo un techo.
 
Una vez más, miles de ciudadanos se han echado a la calle para reclamar su derecho a una vivienda digna, como se recoge en el artículo 47 de la Constitución. Y esta vez están dispuestos a no parar hasta que consigan su objetivo. No se puede permitir, dicen, que los fondos de inversión y empresas especuladoras compren grupos de vivienda a bajo precio, incluso con inquilinos viviendo en ellas, para venderlas por el doble o triple de su valor, sin que les tiemble la mano desahuciarlos.
 
Los partidos de derecha: PP, VOX y JUNTS han hecho caso omiso a esta reivindicación y han votado en contra de los dos decretos que el gobierno había presentado para su aprobación. Ante la actitud de la Oposición aplaudiendo que estos decretos no salieran adelante gracias a sus votos, el Presidente del gobierno, reteniendo en su retina esta imagen de la oposición como si se tratara de una foto fija, decidió convocar elecciones anticipadas para el 29 de noviembre. Y que sea lo que los ciudadanos decidan. 
 
Recuerdo que hace cuatro o cinco años cayó en mis manos, casi por casualidad, un libro  titulado “Cuánta tierra necesita un hombre”. Su relato me impresionó. Conocía al autor, León Tolstoi, a través de mis lecturas juveniles y porque aparecía en cualquier lista de autores rusos que había que leer.
 
Al leer y escuchar las noticias aparecidas en los últimos días sobre el problema de la vivienda no pude dejar de pensar en ese relato. Hoy lo traigo a colación porque me parece digno de mención. Escrito en 1886, se narra las aventuras de un campesino que, impulsado por la codicia, emprende un viaje en busca de propiedades, ya que no se conforma con lo que tiene.
 
En su afán de poseer cuanta más tierra mejor, un día se tropieza con un mercader que le informa que hay tanta tierra en la región de Baskiria que no podría recorrerla en un año, y tan baratas que se pueden conseguir a precios muy bajos.
 
El campesino viaja hacia allí, y el jefe le ofrece un trato: toda la tierra que consiga recorrer en una jornada será suya al precio de mil rublos, pero debe marcar los lugares por los que pase, con una condición: regresar al punto de partida antes de que se ponga el sol.
 
Al día siguiente se pone en marcha, partiendo de un punto de referencia en el que el jefe deja su gorro en el suelo. Con el paso del tiempo, empieza a cansarse, pero sigue caminando, pensando que cuanto más aguante luego vivirá como un rey el resto de su vida. Cuando se da cuenta, se encuentra muy lejos del punto de partida, por lo que se ve obligado a correr.
 
Casi a punto de llegar, se hace de noche, pero en lo alto de la cima donde el jefe ha dejado la señal todavía se ve el sol, por lo que emprende la subida con sus últimas fuerzas. Al llegar al punto marcado, cae de bruces, exhausto. Tratan de levantarlo, pero sin éxito, pues estaba muerto. Entonces cogieron un azadón y cavaron una tumba lo suficientemente grande para alojarlo. Allí lo enterraron. Dos metros, de la cabeza a los pies, bastaron.
 
Tolstoi, al igual que su personaje, compró tierras en una comarca rusa a precios muy bajos. Se dice que esta compra fue la mejor inversión de su vida, pues los alquileres generaron, al cabo de doce años, ingresos muy superiores, y que en menos de treinta la inversión inicial se multiplicó por siete, dejando a cuatro de sus hijos propiedades muy valoradas.
 
Cuando en 1900 sus hijos vendieron las tierras, siempre le pesó en la conciencia el haber realizado aquel acto y la manera de desligarse de la propiedad, ya que era muy contrario a su forma de pensar, pues para él la tierra no podía ser objeto de propiedad. Ello le llevó a escribir en su diario lo siguiente: “la agricultura, que desplaza al nomadismo, es el primer paso hacia la riqueza, la violencia, el lujo, la depravación y el sufrimiento. Ese primer paso lo muestra todo.”
 
En definitiva, se da cuenta de que la agricultura, que él había venerado como la empresa humana más digna e importante, podía ser en sí misma la raíz de todo mal.
 
Yo no sé si algunos de los miembros de las empresas que se dedican a comprar y vender, estos fondos de inversión, han tenido ocasión de leer este extraordinario cuento de León Tolstoi, o si le han echado una ojeada a su diario. Estoy seguro de que algunos sí, pero posiblemente solo se fijaron en los ingresos que generaron la compra de estas tierras al cabo de los años, y que tal vez, su lectura les llevó a la cultura de comprar barato para luego triplicar el precio al vender. De lo cual deducimos que la literatura también puede generar muchas mentes depravadas.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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