Microrrelatos. La araña

La obsesión por la limpieza lleva a Matilde a enfrentarse a sus propios miedos tras descubrir una inesperada invasora en su impecable hogar.

Juana Moreno Molina Lunes, 12 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:
Ilustración: Juana Moreno MolinaIlustración: Juana Moreno Molina

Queridos lectores, creo que en este relato se esconde una moraleja. Cada uno que opine.
 
Matilde era una mujer muy de su casa; la tenía como los chorros de oro y presumía de eso. Se levantaba muy temprano para limpiar sobre limpio todos los días y, a veces, cuando salía de compras y quedaba con algunas amigas en alguna terraza  su tema de conversación siempre era la limpieza de la casa. Era como una obsesión.
 
Un día se quejó a su médico que tenía la visión un poco rara, pues parecía que siempre el ambiente estaba cargado de calima. El médico le recomendó  que fuera a un oftalmólogo para que le observara la vista. Acudió a un Centro y le dijeron que tenía cataratas y que debería operarse, así lo hizo y cuál fue su sorpresa al descubrir después de la operación, cuánto de clarito veía: todo era más limpio, se había acabado la calima.
 
Al volver a su casa, estrenando su nítida visión, le dio por inspeccionarla  como siempre y casi le da un patatús al observar en una esquina del techo de su dormitorio una tela de araña que, claro, con la visión anterior nunca sospechó de su existencia. No tardó en eliminarla con el de palo de un cepillo pero la araña salió pitando y no la pilló. 
 
Así comenzó su agonía: ¿Donde se escondería la araña? ¿Y si volvía a fabricar otra tela en cualquier lugar de su limpísima casa? Por la noche soñaba con una araña monstruosa,  tan  peligrosa como la viuda negra, paseando por el techo de  la habitación y que se le acercaba a la cara. Hasta sentía un leve roce en la misma y se despertaba bañada en sudor. Pero más que nada sufría si sus amistades ponían en duda la pulcritud de su hogar. 
 
Uno de esas noches de puro pavor por la existencia de ese arácnido, despierta y enciende la luz y... ! horror!, una finísima tela de araña pendía sobre su cabeza y en su extremo, la dueña, asustada por su alarido subía hasta la bombeta de luz. Matilde salió de su cama y se refugió en el salón, así pasó la noche sin dormir hasta que al día siguiente llamó al electricista de su confianza para que le  quitara la pantalla y le instalara un plafón, un proyecto que había madurado hacia tiempo. El amigo electricista la atendió con algo de cachondeo saliendo con el brazo extendido con la pantalla y teatralmente con cara de horror, hasta dejarla en el rellano de la casa.
 
Ya Matilde se sentía tranquila y segura de que su casa era la más limpia del mundo, sin polvo ni bichos, volvió a presumir con sus amistades de la exhaustiva pulcritud de su hogar, hasta que, no se sabe cómo se instaló en la pared de su dormitorio, debajo de un cuadro, un lindo perenquén, ese lagartito tan apreciado por nosotros. La mala suerte es que Matilde lo llegó a ver un día y de la impresión le da el pronosticado patatús y creo que ahora está interna en no sé qué Institución que trata eso de los nervios.
 
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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