
Aquellos que llaman a mi casa todos los días, las grandes empresas publicitarias y comerciales, no se cansan nunca.
Son grandes en su poder, en su potencia, en su inmensidad, y se muestran siempre dispuestos a escuchar, como si lo hicieran por primera vez. Pero no nos engañemos: solo es una pose, un simple y malicioso postureo. A pesar de que nunca cojamos el teléfono, son incansables, persistentes, agotadores, cabezones (por no decir cabesúos), empeñados tras amables palabras en que cambiemos de compañía de electricidad, empresa de móviles o vaya usted a saber qué: eso se baja una aplicación y ya está. De un tiempo a esta parte, ya no solemos coger el teléfono fijo: siempre llaman al peso del mediodía: o antes de comer, o durante y, sobre todo, después, cuando la sagrada siesta. Hay ocasiones en que lo practican a deshora.
Ya lo hemos dicho: son incansables. Al igual que las empresas, canarias o no, que alimentan proyectos y megaproyectos con el que arrinconar la historia de las islas. Desconocen que Canarias tiene un límite.
Juan FERRERA GIL





























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