
Llevo muchos años trabajando como enfermera, los suficientes para saber que un monitor puede decir que todo está bien y, aun así, sentir que algo no encaja.
No sé cuándo aprendí a hacerlo, porque desde luego nadie me lo enseñó en la universidad. Y tampoco recuerdo haberlo visto escrito en los cientos de protocolos que he leído a lo largo de mi carrera.
Pero ocurre.
Entras en una habitación y miras a un paciente. Sus constantes son normales. Respira perfectamente bien, igual que hace diez minutos. Te habla, incluso sonríe, como siempre. Y sin embargo, algo dentro de ti te obliga a quedarte un rato más.
Una sensación incómoda, puede que una voz que te dice «míralo otra vez». Y lo haces. A veces, «por casualidad», notas que algo cambia: la tensión cae, el ritmo se altera, la respiración empeora. Entonces actúas, y todo vuelve a tener lógica, porque aparecen números, síntomas y resultados que puedes demostrar.
Pero a mí siempre me gusta volver al instante anterior. A ese momento en el que todavía no había números que explicaran mi inquietud.
Quizá mis ojos detectaron un cambio diminuto que no percibí de forma consciente. Quizá fueron años de experiencia haciendo cálculos en algún rincón de mi cerebro. Quizá el cuerpo aprende cosas mucho antes de que sepamos ponerles nombre.
Me gusta pensar que existe una explicación para todo esto. Aunque reconozco que hay otra posibilidad que me fascina todavía más: que el ser humano aún guarde secretos sobre sí mismo.
Soy enfermera y confío en la ciencia. Pero también soy escritora y practico la espiritualidad. Y quizá por eso sigo preguntándome dónde termina lo que sabemos y dónde empieza eso que, mientras no encontremos una explicación mejor, seguiremos llamando intuición.




























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