Hay paisajes en Canarias que desafían la modesta escala humana y parecen sacados de un sueño geológico. Si uno se asoma al litoral del norte-oeste de Gran Canaria, donde la cumbre se desploma con furia inusitada contra el Atlántico, se topa con un monumento de piedra y viento conocido popularmente como la Cola del Dragón. Ese impresionante macizo de acantilados volcánicos, abruptos, salvajes y de una belleza hipnótica —un tramo majestuoso que comprende los municipios del litoral de Agaete, Artenara y La Aldea de San Nicolás— es uno de los últimos reductos de naturaleza virgen que le quedan al archipiélago. Un rincón donde se alza un enclave único en el mundo como Faneque, uno de los paleoacantilados marinos en caída libre al mar más altos del planeta con más de mil metros de altura, flanqueado por joyas como la franja de Guayedra, el Barranco de La Palma y El Risco en Agaete y la playa de Las Arenas en Artenara hasta llegar a la misma punta de La Aldea.
Pues bien, sobre ese espejo de aguas limpias y profundas planea hoy una amenaza tan insensible como lucrativa: la sombra de las macrogranjas marinas industriales.
Pretender instalar polígonos masivos de jaulas flotantes frente a esta costa prodigiosa no es solo un disparate ecológico; es una auténtica agresión estética y cultural a uno de los tesoros paisajísticos más espectaculares de Europa. Es la constatación de que a ciertos despachos, alejados de la realidad de la tierra y del mar, les importa bien poco sacrificar la singularidad de nuestro litoral a cambio de los dividendos de unas pocas corporaciones.
Lo más grave es comprobar cómo mientras las decisiones de despacho avanzan a espaldas del sentido común, el abismo entre los gobernantes y la calle no deja de agrandarse. Mientras el Gobierno de Canarias va dando el visto bueno y alfombrando el camino a esta actividad, la ciudadanía se manifiesta con total rotundidad en defensa de posturas realmente sostenibles. Es la viva estampa de una desconexión democrática: de un lado, ejecutivos insensibles a los mandatos de la tierra; del otro, los vecinos, los colectivos ecologistas y los propios ayuntamientos de la zona, plantados con una firmeza radical en contra de unas instalaciones impulsadas, para más inri, por capital foráneo que solo busca exprimir el recurso para llevárselo crudo.
![[Img #44091]](https://infonortedigital.com/upload/images/10_2026/5334_pano-desde-punta-aldea.jpg)
Convertir la base de la Cola del Dragón en un cebadero industrial de peces —con el trasiego constante de barcos, la contaminación orgánica sobre fondos de gran valor ecológico y la ruptura absoluta de la paz visual del entorno— demuestra una miopía política alarmante. Los mismos que llenan los discursos institucionales con palabras vacías sobre la «sostenibilidad» son los que permiten que se hipoteque el litoral más virgen de la isla para entregárselo a fondos de inversión ajenos al bienestar de las islas.
La soberanía alimentaria -o la ecoisla de boquilla- no puede ser la coartada perfecta para justificar la colonización industrial del mar. Menos aún cuando estos proyectos chocan frontalmente contra el modo de vida de los pescadores artesanales locales y contra un modelo de turismo y disfrute respetuoso que huye de la masificación y el cemento (incluso flotante).
Frente a esta nueva y presunta cacicada, la respuesta no puede ser el silencio ni la resignación. La sociedad canaria, arropada por sus instituciones locales más cercanas, ya ha demostrado que no está dispuesta a tolerar que conviertan su archipiélago en un cortijo privado de mercaderes extranjeros. Hay que cerrarles el paso con la misma firmeza con la que se defiende el derecho a la vida digna o se rechaza la masificación.
El litoral noroeste de Gran Canaria, la Cola del Dragón, merecen ser defendidos. Porque si permitimos que encadenen y desfiguren este rincón sagrado entre Agaete, Artenara y La Aldea, habremos entregado el alma misma de nuestra tierra a los mercaderes del capital donde solo prima la búsuqeda del beneficio.
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