La dignidad y la esperanza vuelven a tomar las calles
Hay momentos en la vida en los que uno cree haber dado por zanjada cierta etapa, guardando en la memoria los ecos de barricadas pasadas, de transiciones imperfectas y de aquella larga lucha por reinventar un país que pedía a gritos justicia y libertad. Los años pasan, el desánimo a veces gana terreno y las multitudes se observan desde la barrera de la distancia o el escepticismo. Sin embargo, el pasado sábado, el asfalto volvió a llamarme.
Acudir a la manifestación por el derecho a la vivienda supuso mucho más que una simple caminata reivindicativa; fue un reencuentro intergeneracional con la esperanza. Ver el centro rebosante de una marea ciudadana dejó atrás cualquier atisbo de apatía. Lo más impactante, y profundamente hermoso, fue comprobar quiénes sostenían las pancartas y lideraban el pulso: miles de jóvenes. Libres, organizados, pacíficos y profundamente cívicos. Entre ellos, una abrumadora mayoría de mujeres —solas, en pareja, con sus hijos, con amigas— demostrando que la lucha por un techo digno es también la vanguardia de una sociedad que se niega a doblegarse ante la especulación y volver atrás en derechos.
Esa fotografía callejera devolvió la fe en el porvenir. Demuestra que las nuevas generaciones no están dormidas, sino hartas de que conviertan un derecho constitucional en un bien raíz para engordar los bolsillos de unos pocos dueños de cortijo. La vivienda no es un lujo ni una moneda de cambio; es la base indispensable para construir una vida digna.
No obstante, la alegría de la movilización pacífica no estuvo exenta de sombras. Resulta intolerable contemplar, -como en espacios ajenos a nuestra geografía - los ataques cobardes de grupos incontrolados de la extrema derecha que, amparados en la provocación constante, buscan reventar la convivencia ciudadana. Más grave aún, si cabe, es la pasividad, en algunos casos, no en todos, de la inacción policial ante estas actitudes; una permisividad preocupante, temeraria e insolvente que deja indefensos a quienes se manifiestan cívicamente. Esta deriva violenta e irresponsable encuentra un nauseabundo eco en las diatribas políticas de esos insulsos politiquillos de tres al cuarto, meros vividores de lo público que jalean o blanquean el odio desde la comodidad de sus poltronas.
Frente al ruido de los indocumentados de siempre y los violentos de manada, el pulso de la calle late con más fuerza. El frío análisis de la situación social es complejo, pero el cosquilleo de la esperanza volvió a recorrer a los veteranos al comprobar que el relevo generacional está plantando cara sin miedo.
Caminar juntos, unir la experiencia de los que precedieron el camino con el empuje incontenible de la juventud, es la única receta eficaz contra la especulación, la violencia y, en algunos casos, la desidia institucional. Frente al odio, organización; frente al inmovilismo y la provocación, acción cívica y valiente. La luz al final del túnel la encienden aquellos que no se resignan a vivir de rodillas y créanme, hay ganas de luchar por un futuro mejor para todos y todas en la senda de la iguadad.
Jesús Quesada Medina






























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