Un techo no debería ser un privilegio: Las Palmas sale a la calle por una vivienda digna
Hay manifestaciones que nacen de una convocatoria y otras que llevan meses, incluso años, gestándose en la vida cotidiana de quienes terminan saliendo a la calle. La celebrada este sábado 3 de octubre en Las Palmas de Gran Canaria pertenece, probablemente, a las segundas. Porque detrás de cada pancarta había algo más que una consigna: había alquileres que suben, jóvenes que trabajan pero no pueden independizarse, familias que hacen números cada final de mes y personas que viven con el miedo permanente de perder el lugar al que llaman casa.
Desde las once de la mañana, la Plaza de la Feria, convertida durante los últimos días en punto de encuentro de la acampada por el derecho a la vivienda, comenzó a llenarse de personas dispuestas a trasladar a las calles una preocupación que hace tiempo dejó de pertenecer únicamente a quienes atraviesan situaciones de exclusión. La plataforma Derecho al Techo había convocado una movilización que terminó reuniendo a miles de personas. La organización situó la participación en hasta 12.000 asistentes, mientras la Delegación del Gobierno ofreció una cifra de 3.500. Más allá de la diferencia entre ambos cálculos, las imágenes dejaron patente una asistencia multitudinaria.
La marcha partió desde la Plaza de la Feria y recorrió parte del centro de Las Palmas de Gran Canaria, pasando por Luis Doreste Silva y León y Castillo, con uno de sus momentos más significativos frente a la sede de Presidencia del Gobierno de Canarias. Allí, una sentada colectiva volvió durante unos minutos todavía más visible el mensaje de la movilización.
Pero quizás lo importante no estaba solamente en el recorrido. Estaba en quienes caminaban.
Había jóvenes. Muchos jóvenes. Algunos que estudian, otros que trabajan y muchos que hacen ambas cosas. Una generación a la que durante demasiado tiempo se le ha explicado que emanciparse depende de esforzarse, formarse y encontrar un empleo, pero que descubre que incluso después de cumplir esas condiciones puede seguir siendo imposible pagar una vivienda sin entregar buena parte del salario.
Había también familias, pensionistas, trabajadores y personas que conocen de cerca la amenaza de un desahucio. La vivienda ha conseguido convertirse en uno de esos extraños problemas capaces de unir realidades sociales diferentes porque el precio de tener un hogar comienza a sobrepasar cada vez más fronteras económicas y generacionales.
Durante la marcha se escuchó una frase que resume buena parte de la protesta: “Mi casa es un derecho, no un negocio”. También estuvo presente otra reivindicación convertida desde hace años en lema del movimiento por la vivienda: “Ni casas sin gente ni gente sin casas”.
Detrás de las consignas hay, sin embargo, preguntas que Canarias tendrá que afrontar mucho después de que se retiren las pancartas.
¿Dónde vivirán quienes hoy tienen veinte o treinta años? ¿Qué ocurre cuando tener trabajo ya no garantiza poder alquilar una vivienda? ¿Qué pasa con las familias que llevan años viviendo en un barrio cuando la renovación de un contrato puede significar enfrentarse a precios que ya no pueden asumir? ¿Y qué modelo de islas estamos construyendo si quienes han nacido y trabajado aquí comienzan a sentir que vivir en su propia tierra se convierte en un lujo?
La manifestación de Las Palmas tampoco puede separarse del contexto estatal. Las protestas se produjeron después de que el Congreso rechazara dos decretos del Gobierno central relacionados con medidas de vivienda, lo que llevó a colectivos de diferentes ciudades españolas a intensificar las movilizaciones durante este fin de semana. Entre las demandas planteadas se encuentran la reducción de los alquileres, una mayor estabilidad en los contratos y medidas frente a la concentración de viviendas en manos de grandes propietarios y fondos de inversión.
En Canarias, además, las organizaciones convocantes reclaman medidas propias para una realidad territorial que consideran especialmente grave. Derecho al Techo ha venido solicitando, entre otras actuaciones, la declaración de zonas tensionadas y una mayor intervención de las administraciones públicas para ampliar las posibilidades de acceso a una vivienda asequible.
La protesta del sábado tampoco nació de la nada. Durante los días anteriores, decenas de personas habían convertido la Plaza de la Feria en una pequeña ciudad provisional. Tiendas de campaña, reuniones, actividades y asambleas ocuparon el espacio frente a la Delegación del Gobierno. La acampada comenzó después de una movilización por la vivienda y fue creciendo con la incorporación de vecinos y ciudadanos que acudían a colaborar aunque no permanecieran allí durante la noche.
Después de la manifestación, Derecho al Techo anunció que levantaría este domingo la acampada de Las Palmas de Gran Canaria para reorganizarse, preparar futuras acciones y atender casos de personas con procedimientos de desahucio próximos. Eso significa que se desmontarán las tiendas, pero no necesariamente la protesta.
Y quizá ahí esté una de las claves de lo ocurrido.
Una manifestación dura unas horas. Una pancarta termina guardada en algún lugar. Una plaza recupera su aspecto cotidiano. Los coches vuelven a circular y quienes participaron regresan a sus casas.
Los que tienen casa.
Porque mientras las calles vuelven a la normalidad, el problema permanece exactamente donde estaba. El alquiler llegará de nuevo el próximo mes. Habrá nuevos contratos, nuevas subidas, personas buscando piso, jóvenes entrando una y otra vez en portales inmobiliarios y familias intentando que los números cuadren.
La vivienda no es únicamente una cuestión económica. Una casa es el lugar desde el que comenzamos prácticamente todo lo demás. Sin estabilidad residencial resulta mucho más difícil construir una familia, estudiar, trabajar, cuidar, envejecer o simplemente proyectar el futuro.
La Constitución reconoce en su artículo 47 el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. El gran debate está en conseguir que esa frase abandone definitivamente el papel y pueda encontrarse también detrás de una puerta que cualquiera pueda permitirse abrir.
Las Palmas de Gran Canaria escuchó este sábado miles de voces reclamándolo.
Ahora queda saber cuánto tiempo tardarán las instituciones en escuchar lo que la calle lleva demasiado tiempo diciendo.
Porque pedir una vivienda digna no debería ser pedir demasiado.
Debería ser pedir un lugar desde el que poder empezar a vivir.
Vidal Bolaños Betancort






























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