
Hoy sábado 8 de agosto me encontré al hombre de pasos cortos sentado a la sombra de la Rotonda de Visvique.
Allí me dijo que hacía un calor de espanto y que tuvo que ponerse la gorra. Y que tenía que esperar “a la una pues hoy el coche sale más tarde”. También señaló e insistió en el calor reinante donde incluso los perros, acostumbrados al desayuno a una determinada hora, no paraban de ladrar y llamar la atención de sus ausentes dueños, que allá en Las Canteras capitalinas lidiaban con el verano. Antes de declarar que este día se consideraba como otro cualquiera, no veía la necesidad del cambio horario en lo que a la guagua se refiere. Se presentó allí a las doce menos cinco e hizo la pregunta pertinente. Antes de que el hombre de la garita le dijera que “a la una”, no solo confirmó su declaración, sino que había optado por quitar de la vista al susodicho personaje: “me miraba mal”, alegó ante las autoridades.
Cuando comprendió que la sombra proyectada en la columna de la Plaza consistía en una forma de mirar, echó toda la carne en el asador. Y mantuvo la idea ante las autoridades judiciales de que circulaba a 20 kilómetros por hora y que todo se basaba en la manera de contemplar la realidad. Y Margarito actuó de oficio. Cuando armó el detective, entonces, todo el tinglado, comprendió la importancia del andamio. Y dijo que había sido clave en la resolución del caso. “Todo dependía de la forma de mirar, mejor, de contemplar”, donde la esperanza también adivinaba un camino de difícil travesía.
Noté al hombre de pasos cortos como siempre: dicharachero y juguetón con las palabras y con ganas extraordinarias de hablar, a pesar del calor reinante. Por eso se había cepillado al señor de la garita de la estación de guaguas: no lo podía soportar más. Luego lo intentó con el señor alcalde, pero no pudo. Mientras organizaba su acoso, llevóse por delante, queremos decir que obvió desinteresadamente, a su secretaria personal y a la funcionaria que ejercían su cotidiano trabajo y que le sacaban las castañas del fuego al principal responsable de la ciudad: respondían ambas a las órdenes cambiantes del señor alcalde, que un día prometía una cosa y otra muy distinta al siguiente: por eso nunca supieron cómo actuar hasta que se cansaron de intentarlo y lo dieron por imposible. En esa confusión, el hombre de pasos cortos lo intentó dos veces dos: primero, lo abordó mientras subía las escaleras hacia su despacho oficial y, la segunda, en plena calle, mientras intentaba ir a una cafetería a echarse un cortado de media mañana, como le gustaba decir al primer edil. En esa ocasión, sus acompañantes se habían percatado de que aquel hombre de pasos cortos iba con aviesas intenciones.
Así que Margarito González se vio en la necesidad de comunicar sus datos, a pesar del oscurantismo de la Policía Local, siempre tan al servicio del poder sea quien sea quien lo ostentare. Fue explícito y claro el investigador privado: el intento de asesinar a un superior político, es decir, un magnicidio, tenía sus consecuencias. Su íntimo y oculto deseo de ser pregonero de la ciudad en que había nacido en 1945 se convirtió en la primerísima obsesión de acabar con la vida del señor alcalde. Por eso lo había intentado dos veces dos. Ante su eterna dolencia, que le obligaba a caminar con pasos cortos, achacó el motivo de su extremada lentitud. “¡Ay, si me hubiese cogido en otro momento de mi vida!”, dijo Margarito que exclamó el homicida ante la Justicia, que haciéndose cargo de la situación no dejó empantanar el señor juez la cuestión por aquello de las próximas elecciones locales, libres y democráticas. No solo contribuyó con su acción el hombre del tiki-tiki, donde una cosa era estar en contra del alcalde y otra muy distinta acabar con su vida, a que el partido del edil primerísimo consiguiera más votos, sino que, además, renovó y confirmó su compromiso de pacto con su enemigo natural, el del opositor natural por excelencia y disposición. Todo ello vino muy bien porque la ultraderecha perdió uno de los concejales godos que nunca aparecía por el lugar de las sesiones mensuales para decir siquiera esta boca es mía.
Juan FERRERA GIL





























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