Min bror

Quico Espino

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Eso significa “mi hermano” en sueco, aunque la “o” se lee como una especie de “u”. Yo siempre llamaba “min brur” a mi hermano Ángel, que era mi hermano sueco, porque vivió en Suecia cerca de quince años. En Estocolmo, sin ir más lejos, donde me pagó una estancia de dos meses en el verano de 1975, cuando yo había acabado tercero de Filología Inglesa. 
 
 
Él fue quien, en 1963, con quince años, apareció por casa con un radio-casete-tocadiscos de asa blanca, que compró en el aeropuerto cuando el aeropuerto era un pisco de nada. Trabajaba allí como ayudante de camarero y por eso está tan emperifollado en la foto, con corbata y todo, pues se hallaba en plena labor en ese momento.  
 
 
Recuerdo que entonces, yo con diez años, casi once, me gustaba el fútbol, que nosotros decíamos  “jugar a la pelota” hasta que se introdujo la palabra inglesa, y que yo pedí que me tocara la radio los domingos por la tarde, para oír el Carrusel Deportivo. A uno de mis hermanos, que me llevaba seis años, se le antojó esa tarde oír música y me quitó la radio. Yo le salté al pescuezo y le mordí la oreja. Estuve a punto de arrancarle un “bocao”.
 
 
También recuerdo, porque en este caso se rió hasta mi padre, que mi única y querida hermana hizo calzoncillos para sus seis hermanos con tela de saco de azúcar que una tía mía nos había regalado. Pues bien, los terminó y cuando todos nos los probamos, mis hermanos menores y yo estallamos en unas carcajadas que tenían su fundamento en el hecho de que en el calzoncillo de mi hermano Ángel, justamente donde lucía los cataplines, aparecía el letrero “25 kilos netos”.
 
 
Mi madre y mi hermana casi se mearon al verlo.
 
 
-Con razón tienes a las suecas alteradas, mi hijo. No me extraña con lo bien pertrechado que estás -dijo mi madre, muerta de risa. Las carcajadas exageradas de mi padre se oían hasta en el Ejido, que es el cruce que va para la parte alta del pueblo, Telde y Agüimes, cerca del cual vivíamos nosotros.
 
 
Mi hermano Ángel se fue para Suecia a los dieciocho años, a Gamla Stan, la Ciudad Vieja. A partir de 1972 trabajó en el restaurante Rodolfino, donde yo, tres años después, fui a comer varias veces, después de que él me invitara a pasar un tiempo en su casa.
 
 
Nunca me olvidaré de que en las calles de La Laguna no había aún contenedores de basura y que en la cocina del piso de Ángel, en Estocolmo, encima del fregadero, había cuatro buzones, uno para el plástico, otros para el cristal, el papel y la basura orgánica. Iban a distintos contenedores situados en el sótano, junto con las lavadoras y grandes mesas para planchar.
 
 
Tampoco olvidaré que estaba amaneciendo cuando llegue a Estocolmo. Eran las dos de la mañana y se veía la aurora desde el avión. Después mi hermano me aclaró que el día duraba casi diecinueve horas, todo lo contrario que ocurre en invierno. Fue un verano caluroso aquel de 1975. Recuerdo que en la portada del Dagens Nyheter, el periódico más influyente de entonces, se podía leer: “Mas calor en Estocolmo que en Las Palmas”.
 
 
También recuerdo que de mi beca, que era de 32 000 pesetas por curso, había ahorrado poco más de un mes, unas 3500, para invitar a mi hermano a un almuerzo. Me dio sólo para pagar los aperitivos. ¡Qué barbaridad! ¡Qué vergüenza pasé! 
 
 
Antes de marcharme para el país nórdico, mis amistades me regalaron el libro “Suecia, infierno y paraíso”, del autor italiano Enrico Altavilla, publicado en 1960. 
 
 
Durante mi estancia en Estocolmo tuve la oportunidad de cerciorarme de que el argumento del libro citado era real, pues Suecia era un verdadero paraíso en cuanto a que la gente vivía muy bien, con todos las comodidades, con el nivel de vida más alto de Europa, y, sin embargo, al mismo tiempo, era un infierno porque el indice de suicidios entre la gente joven era también muy alto.
 
 
Mi hermano Ángel, “min brur”, al cual dedico este pequeño homenaje, siempre estará en mis recuerdos.
 
Quico Espino
Foto de archivo
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