¿Por qué tanta gente odia a los rojos?

Eloy Cuadra

[Img #6976]Hay reflexiones que nacen de la indignación, otras de la rabia, otras de la curiosidad, y algunas también de la tristeza, como es el caso de este artículo que comienzan a leer. Triste, estoy, desde que supe que la acampada reivindicativa por la vivienda de Santa Cruz de Tenerife se levanta. Y es que me cuentan que en la decisión ha pesado bastante en esas jovenes valientes y ejemplares que acampan -la mayoría mujeres-, el miedo a grupos ultraderechistas violentos y otros salvajes, tras las amenazas y los ataques recibidos en los últimos días. ¿Por qué ese odio visceral?, ¿a qué responde?, ¿de dónde sale?, ¿de qué semilla ha brotado? Supongo que estas preguntas venían ya trabajándome interiormente en los últimos días, después de ver cómo tanta gente aparentemente normal desprecia a una señora de ochenta y siete años discapacitada a la que echaron de su casa, a jóvenes de todas las edades, a activistas, a periodistas, a políticos y a gente no tan joven. 
 
Una vez que decido dar respuesta a las preguntas, compruebo que hay un nexo común entre todos los odiados: que somos rojos. Y así he empezado a tirar del hilo, preguntándome qué es lo que tenemos los rojos que tanto molesta a los que no lo son, y he acabado llegando a nuestra particular concepción del mundo. El universalismo es nuestro punto de partida. Para nosotros todo ser humano es igual en derechos y merece el máximo de los respetos, ya sea pobre o rico, blanco o negro, hombre o mujer. Y ahí está la respuesta: una parte de la gente de derechas -especialmente las más radicales- siente tanta hostilidad hacia los rojos porque perciben en nosotros algo que les resulta difícil de comprender, y que probablemente no tienen, o lo perdieron ya hace mucho tiempo, y es esa concepción mucho más amplia y rica del amor.
 
No hablo aquí, claro está, del amor entre dos personas. Me refiero a la capacidad de querer y defender a alguien que no conocemos, que no es de nuestra familia, que no es de nuestro país, que no comparte nuestra religión, nuestro color de piel, nuestra clase social o nuestra forma de vivir. Alquien, que incluso está en la otra punta del mundo, y nunca llegaremos a conocer. Un rojo entiende, respeta, acepta y hasta practica -llegado el caso- el amor entre personas del mismo sexo, durante tantos siglos obligado a esconderse; y el amor compasión hacia el inmigrante que llega buscando una vida mejor; como el amor justicia hacia quien ha nacido en una familia pobre y no ha tenido nuestras oportunidades; lo mismo que el amor hacia los animales, a la naturaleza, a un planeta que permanecerá cuando no estemos y que queremos que esté bien, por amor a las generaciones que todavía no han nacido.
 
¿Entienden por donde voy? Es nuestra forma de estar en el mundo lo que les molesta. Aclaro, no obstante, porque es obvio que hay muchos rojos bastante defectuosos, capaces de odiar mucho y alejarse bastante de este ideal que planteo, sobre todo cuando los rojos entran en política: ya saben aquello de que el poder corrompe. Aceptadas todas las relativizaciones posibles, lo cierto es que los rojos vamos ampliando continuamente el círculo de aquello que merece nuestra consideración. Los de derechas, en cambio, acostumbran a tener un círculo más restrictivo y menguado: su familia, los suyos, su nación, su religión, la gente que comparte su forma de vida, los de su estatus social. 
 
Y si vamos a ver lo estrictamente económico, aquí también hay notables diferencias. Para un rojo el punto de partida es la igualdad y la justicia social, lo que implica aplicar verbos como compartir, renunciar, aceptar, consensuar, cooperar, repartir,  entender, escuchar, dialogar, acompañar, cuidar, y otros tantos. Para la persona conservadora, en cambio, el valor principal es la propiedad privada, como la competencia, y la meritocracia. Lo que es mío es mío -dicen-, me lo he ganado. En el mundo del conservador, por esa misma querencia a la acumulación de propiedades, se instala una especie de desconfianza hacia los demás, porque pueden quitarte lo que es suyo. A partir de aquí, muchos de los verbos que usamos los rojos no entran en su vocabulario, por temerarios.
 
Otra vez, aclaro, no todos los conservadores son iguales, no va de eso. Va de una diferencia mucho más profunda: va de hasta dónde estamos dispuestos a extender nuestra capacidad de amar. Quizá por eso algunas de las conquistas que más han ampliado nuestra idea del amor -la igualdad entre hombres y mujeres, la aceptación de las relaciones homosexuales, los derechos de las minorías, la protección de los animales, la defensa del medio ambiente- han encontrado históricamente tanta resistencia entre quienes quieren conservar el mundo tal como está. 
 
¿Cómo logran amar de esa manera tan desinteresada y universal?, deben preguntarse muchos cuando ven a un rojo. Y es de ahí de donde brota el odio visceral e irreprimible del reaccionario de derechas: está viendo reflejado en el rojo su propia miseria existencial, ese amor al que nunca llegará, esa capacidad de aventurarse más allá que no encuentra. Por eso la violencia: hay que borrar del mapa, quitar de la vista a esos rojos que no tienen miedo a amar de esa manera. El reaccionario de derechas prefiere la seguridad de lo que ya tiene y de los que ya conoce, quizá porque teme a los diferentes. Y es tanto el miedo que guarda el conservador a lo desconocido, que es capaz de someterse a un tirano sin el mayor problema, porque el tirano le ha prometido que mantendrá las cosas como han sido siempre.
 
El verdadero problema aparece cuando determinados sectores de las derechas consideran que su mundo -su nación, su religión, su propiedad, su clase social, su orden tradicional- está gravemente amenazado por cambios sociales profundos. En estos casos, en ocasiones, el conservador reaccionario que además es poderoso, no puede soportar la idea de que su mundo petrificado pueda cambiar,  entonces, su miedo se hace tan grande que va más allá del desprecio, más allá del odio, del rencor, de la envidia o el egoísmo, y recurre a la violencia directa y salvaje. Lo hemos visto muchas veces a lo largo de la historia del siglo pasado, con repetidos golpes militares contra gobiernos democráticos que avanzaban importantes reformas sociales y estructurales. En España especialmente, el Golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923, el de Sanjurjo en el 32, el de Franco en el 36 y el de Tejero en el 81; en hispanoamérica hubo incluso más, aunque no tantos en el mismo país (Brasil en el 64, Bolivia en el 71, el de Chile contra Salvador Allende en el 73, Uruguay también en el 73, o Argentina en el 76, por citar algunos). Sí, también hubo un golpe en Cuba en sentido contrario, el de Fidel Castro y el Ché Guevara, debe ser la excepción que confirma la regla.  
 
Pero aún voy un poco más allá, para mostrar hasta dónde es capaz de llegar este odio ancestral, más allá del conflicto armado propiamente dicho, incluso cuando ya han ganado. Como sucedió aquí en Canarias, donde no hubo Guerra Civil. Aquí no hubo republicanos armados combatiendo contra el bando franquista, y sin embargo hay estudios que hablan de unos cinco mil rojos o sospechosos asesinados en los años inmediatamente posteriores al 36, por puro odio. Con Lorca pasó lo mismo. El poeta no empuñó nunca un fusil, no fue a la guerra, no quería matar a nadie, pero lo mataron igualmente, a sangre fría, porque era homosexual, y poeta, y era capaz de contarlo de la manera más hermosa. 
 
Entonces llega cuando uno se pregunta cómo es posible que en el año 2026 estemos repitiendo los mismos patrones de odio guerracivilismo que en el 36. ¿Qué demonios pasa con este odio ancestral, que no hay forma de que se marche? Y me da por pensar en lo que pasó en el 75 y los años que siguieron en la mal llamada Transición Española. Entiendo que buena parte de la sociedad española, cansada de tanto odio, le dijo a todos estos odiadores profesionales que ya estaba bien con 40 años, y ya tocaba moderarse un poco. Y se moderaron, sí. Aceptaron algunos cambios, a regañadientes. Pero su odio no se fue. Por eso, cada cierto tiempo vuelve, renovado y reformulado. 
 
En 2026 su odio se presenta disfrazado de una especie de defensa de los valores de España, de sus fronteras, de su tradiciones, de una supuesta unidad indisoluble, nada nuevo por otra parte. Y de repente vienen arreones como este de la vivienda, con tantos jóvenes gritando en las calles, y sus argumentos patrióticos se vuelven ridículos, y hasta patéticos. Su rey entonces aparece desnudo, y todo el mundo lo ve. Eso los irrita enormemente, y llega la violencia. Y más que vendrá, creanme. Porque en muchos lugares el odio sigue venciendo todavía hoy. En Tenerife por ejemplo: aquí los odiadores campan a sus anchas, por las instituciones, en las televisiones públicas, en las radios, y también amenazando con palizas a jóvenes de 20 años que son lo mejorcito de nuestra sociedad y solo piden por tener un futuro. En serio, saber de todo esto me rompe por dentro de la tristeza. Pero también siento orgullo, y ese orgullo le abre paso a la esperanza. 
 
Porque hay algo que los odiadores no han entendido todavía. Ya lo dijo Unamuno en el 36: "Venceréis, pero no convenceréis". Y de eso se trata. El amor es más fuerte que el odio y al final prevalece, porque estaba antes. El amor es original, el recién nacido no odia, el odio, en cambio, hay que enseñarlo. Esa es nuestra victoria. A Lorca lo mataron, a Miguel Hernández también, y sin embargo permanecen, universales. Por eso, aunque nos venzan esta vez, frente al odio siempre habrá alguien dispuesto a cuidar, frente al miedo alguien dispuesto a acercarse, frente al egoísmo siempre alguien compartirá, y frente a quienes quieren levantar muros, siempre habrá otros empeñados en derribarlos. Siempre, siempre.
 
Acabando ya, a todos esos conservadores reaccionarios que abundan hoy regando odio por todas partes, solo me queda decirles una cosa: prueben. Prueben a ampliar su círculo de afectos. Intenten que les quepa todo el mundo. No tengan miedo al diferente. En serio, se puede. Se puede querer a los españoles y también a los extranjeros, y a los homosexuales, a los inmigrantes, a los pobres, a los ateos, a las feministas, a los animales, a los árboles y hasta a los que todavía no han nacido. Prueben y verán, si al final lo logran se van a sentir mejor, y de paso nos ahorrarán mucho sufrimiento a todos y todas. 
 
Eloy Cuadra, escritor y activista social. 
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