En tan solo un instante me convertí en un ilegal

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Hace unos días perdí la cartera. En ella tenía los documentos que hoy se han convertido en imprescindibles para andar por la vida: el Documento Nacional de Identidad, el Permiso de Circulación, la Tarjeta del Banco, la Tarjeta Sanitaria…
 
En realidad no sé si fue una pérdida o que alguien la sustrajo de mi coche mientras lo dejé aparcado en la puerta de mi casa tres minutos, con los cristales a medio cerrar. En tan solo tres minutos pasé de ser un ciudadano legal a convertirme en uno ilegal, porque en tan solo tres minutos uno puede sentir cómo te puede cambiar la vida. 
 
Y comenzó un vía crucis: registré el coche no sé cuántas veces pensando que, posiblemente, se me había caído; repasé mentalmente los pasos que había dado desde que llegué a mi casa y las acciones que había realizado. Una y otra vez volvía al coche, miraba de nuevo donde había mirado muchas veces antes, iba de un lado a otro como el que ha perdido la conciencia, sin creer que en tan poco tiempo toda tu estabilidad emocional se fuera al traste. Una y otra vez, como los criminales, volvía al lugar del crimen, pero el objeto de mi búsqueda había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. 
 
Después de muchas idas y venidas, de muchos nervios, de tanto desasosiego, acepté la pérdida de mi cartera como el que acepta el diagnóstico de una enfermedad. Y empecé con el tratamiento: bloquear la tarjeta del banco; ir a la comisaría de policía a preguntar si alguien, por casualidad, la había dejado allí; denunciar la pérdida en la comisaría de la guardia civil más próxima a mi domicilio; aguantar que me atendieran, que me pareció interminable, para obtener una copia de la denuncia; llamar para solicitar cita previa del DNI… 
 
Todo el tiempo que estuve haciendo estas gestiones no pude apartar de mi mente el sentimiento de culpa que me embargaba. Parecía que había cometido una falta, una negligencia de enorme trascendencia, un crimen imprudente. Y la sensación de que ya estaba pagando por ello, de que me habían condenado a pasar este calvario.
 
Después, ya mucho más calmado, aceptando mi condena y mis sobresaltos, me dio por pensar en aquellos que tratan de llegar a un nuevo país y que consiguen entrar ilegalmente. Que no poseen ningún documento legal que los avalen, que tienen que vivir escondidos, ocultándose de todo y de todos, pasando las miserias más inimaginables, porque ser ilegal es no ser nadie, no pertenecer a ningún país, a ninguna comunidad. Es ser y estar marginado, no ser querido por nadie, estar de sobra en todos lados. 
 
Ser ilegal es ser un solitario que no tiene padre ni madre, ni hermanos, ni tan siquiera un amigo. Es buscarte la vida como sea, sin el amparo de nadie y sin la compasión de los otros. Es ser un paria, un desalmado, un proscrito que no ha pasado la prueba para ser admitido como un ser humano.
 
Y no puedo dejar de pensar en esos otros, en cómo se sentirán, en qué solos estarán estos que eufemísticamente llamamos unos “sin papeles”, aquellos que viven con miedo a ser detenidos por la policía o a recibir una orden de expulsión en cualquier momento. Cómo se sentirán al ver a un agente uniformado, cómo se buscarán la vida, sintiéndose unos fantasmas por no poseer un simple documento que les acredite como miembros de pleno derecho de una sociedad, sentirse acogidos, aceptados. Poder hacer las cuestiones rutinarias que hace todos los días cualquier ciudadano. No poder hablar con los otros porque el idioma se lo impide o por miedo a que en cualquier momento puedan ser denunciados. Vivir encerrados en sí mismos como si fueran una isla.
 
En eso pensaba yo estos días que llevo indocumentado. Tengo la sensación de no ser nadie, de no pertenecer a nada, pues ningún documento lo certifica. Me siento desprotegido, marginado, apartado. Es una sensación terrible, un mal sueño del que quisiera despertar cuanto antes. Estar fuera del sistema es no ser nadie, no encuentro una expresión más acertada para definir esta situación en la que llevo setenta y dos horas. Me pregunto cómo será sentirse así casi toda la vida. Porque mi historia marginal terminará en una o dos semanas. En diez o doce días volveré a existir oficialmente para los demás. 
 
Un documento oficial certificará que yo soy quien soy: un ciudadano canario de pleno derecho, que podrá circular a la luz del día, que no tendrá que esconderse de nadie, que no sentirá miedo al ver a unos guardias, que tendrá acceso gratuito a una sanidad pública y a unas prestaciones sociales, que perteneceré a una comunidad que habla mi idioma, que seré miembro de una familia, que podré votar y ejercer todos mis derechos. 
 
Y mientras mis dedos pulsan las letras del teclado de mi ordenador convirtiendo en palabras las ideas que surgen espontáneamente en mi mente me siento tranquilo y seguro, en casa, con los míos. Un fuerte sentimiento de pertenencia me invade, pero no puedo dejar de pensar en aquellos que en estos momentos están viviendo una vida miserable por no tener un simple documento que les acredite como ciudadanos. 
 
Y pienso también en todos aquellos que fueron perseguidos  y acorralados, encerrados y tratados como animales a lo largo de la historia por no poseer un papel oficial que avalara su nacionalidad, que los identificara frente a los otros, que les sirviera de protección, que les librara del hambre y que los devolviera a la vida. En eso pienso en estos instantes y no puedo apartarlos de mi mente.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.8

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.