Sobre libros y su atesoramiento

Josefa Molina

[Img #10531]Me encanta comprar libros. Lo reconozco. No sé cuánto dinero podré gastar cada mes a la adquisición de nuevas lecturas. Me produce hasta un cierto desazón hacer cuentas y calcular cuánto me puedo gastar en la adquisición de estos contenedores de conocimiento. Pero intuyo que no es poco.

 

Y sí, vale que si compro es porque me puedo permitir ser una visitante habitual a mis librerías de referencia en las que, incluso, me permito bromear si no tienen tarjetas vip para clientas como yo.

 

Porque comprar libros también es consumir pero mientras otras personas prefieren ir al cine o cenar en restaurantes caros, yo prefiero situarme en un rincón de lectura y poner mis posaderas en mi cómodo sillón para entregarme al placer solitario de la lectura.

 

Durante las semanas de verano, que no de vacaciones dado que, en mi caso, he continuado cumpliendo con mi jornada laboral, he logrado leerme seis novelas, lo que demuestra que he contado con más tiempo para leer una vez que he cumplido con el trabajo que sostiene mi nevera y mi casa. Pero también pone en evidencia mi fascinación por los libros y sus historias.

 

Y eso que estábamos en verano, y que también me he permitido un pequeño viaje familiar durante el cual, por cierto, no le leído nada. Leer requiere de tiempo y sosiego. Y no siempre se cuenta con las dos cosas aunque siempre se puede leer de forma previa a la conciliación del sueño, aunque sean dos o tres páginas de esa novela que te reclama desde la mesilla de noche de tu dormitorio.

 

A veces he pensado que sufro de esa hermosa enfermedad, al menos para mí hermosa, que es la bibliomanía, un trastorno obsesivo-compulsivo que me lleva a adquirir y acumular libros. Aunque en mi caso, siempre necesarios puestos que, todos los que compro, los compro con la firme intención de leerlos, así pasen uno o dos años. De hecho, este pasado agosto comencé la lectura de La biblioteca de la medianoche, bestseller del periodista y escritor británico Matt Haig, que había estado esperando por mis ojos desde su compra hacía un año, según atestiguó el ticket de compra con membrete de la librería.

 

Así pues no estoy aquejada de la enfermedad que los japoneses denominan tsundoku, que afecta a aquellas personas que compran los libros sin intención de leerlos.

 

Lo cual no impide que mi casa tome cada vez más una mayor forma de biblioteca, con estanterías ocupando el salón principal de la vivienda así como varias estancias más, entre ellas, mi pequeño escritorio, el de mi pareja y nuestro dormitorio. Cualquier sitio es fantástico para colocar nuestros apreciados libros. Calculo que, entre ambos, tenemos de tener unos 2000 libros en casa. Lo cual tampoco me impide que siga comprando un nuevo libro si la ocasión lo merece.

 

Cierto que no sé qué pasará cuando fallezca y mis hijos no tengan ni idea qué hacer con tantos kilos de papel que un día fueron sueños, historias, aventuras, reflexiones, pensamientos... de otras personas y de mí misma. Pero lo que sí tengo claro es que quiero envejecer rodeada de todas esas personas que decidieron que tenían algo que contar al mundo y lo pusieron en negro sobre blanco.

 

Se me puede decir que ‘vaya pérdida de dinero’, pero se equivocarían: para mí, comprar un libro que sé que me voy a leer, nunca es un gasto. Es una inversión en mi formación personal e intelectual.

 

Por eso no deja de asombrarme cuando alguien se queja por el precio de un libro. ¿15 euros por 200 páginas cuando puedo pagar 20 por 500? Comprar al peso nunca ha sido mi estilo.

 

Yo compro lo que sé que me va a gustar. O al menos, lo intuyo después de leer reseñas y críticas. Después, al leerlo, ya crearé mi propia opinión al respecto y si veo que no merece tanto ocupar un puesto en mi librería personal, pues el citado volumen viajará a los bancos, las calles y bibliotecas en los que pueda reposar hasta que otra persona se lo lleve a casa. El bookcrossing, o el compartir libros, es una estupenda opción para darle una segunda, tercera y cuarta vida a las historias, poemas, ensayos que nos narran los libros.

 

Tampoco me deja de asombrar aquellas personas que pretendan que les regales tu última publicación, sobre todo, si pensamos que de cada obra vendida, la persona que la ha creado, o sea la escritora o escritor, se lleva solo el 10 por ciento. Es decir, de 10 euros que puede ser el precio de venta, quien escribe, se lleva 1 euro. La mayor parte del coste de un libro se lo lleva la cadena de distribución y el margen de beneficio de las librerías. Las editoriales y, sobre todo, las personas que escriben, están en el escalafón de rédito de facturar más bajo. Vamos, en el submundo.

 

Eso si has tenido suerte y tienes editorial que te avale, porque las personas que optan por la autoedición, lo tienen todavía mucho más oscuro, además de tener que invertir una cantidad importante de euros por la impresión de un número determinado de libros a los que tal vez no logren dar nunca salida.

 

Deben de entender entonces que me irrite bastante cuando me dicen que estoy ganando dinero publicando libros o que mi editorial se estará poniendo las botas. Ni una cosa ni la otra. Les cuento un secreto: sólo ganan dinero con la venta de sus libros los grandes bestsellers por el derecho de propiedad intelectual, pero tampoco eso resulta gratuito para las escritoras y escritores, ya que tienen que realizar giras, ir a festivales, asistir a ferias y mientras están ahí, no están escribiendo, que es lo que les gustaría estar haciendo.

 

Por eso, me irrito sobremanera cuando determinados influencers se meten a escritores. Aunque aquí la apuesta editorial no es de ellos sino de la editorial de turno que, desdeñando la calidad literaria de la obra, fija su interés en el número de seguidores potencialmente compradores, o sea, consumidores. El libro, recuerden, no deja de ser un artículo de consumo.

 

Ya aquello del aura intelectual y conocimiento del sujeto que escribe está en entredicho, y mucho más en el mundo de las redes sociales donde todo el mundo se autodenomina poeta por publicar algunas frases más o menos afortunadas en instagram.

 

Hace unas semanas pude ver un documental sobre la escritora Siri Hustvedt. El documental, además de acercarme a la vida de la autora y su relación como pareja intelectual con el también escritor Paul Auster, me corroboró en la idea de que un escritor tiene que estar rodeado de libros. La casa que compartían -Auster falleció en 2024 de cáncer- en Brooklyn, Nueva York, estaba repleta de estanterías llenas de libros. Y debe de ser así. Los libros son la herramienta de trabajo de escritor.

 

Un buen escritor es, necesariamente, un buen lector. Que luego lo que escriba llegue al público o no esa es otra cuestión, que muchas veces ni siquiera depende de la calidad de lo escrito, sino que depende de otras circunstancias como pueden ser el apoyo de una editorial de renombre y prestigio o si es el momento en el que creas su obra se acerca al momento social y cultural del mundo que le toca vivir al escritor, como le pasó a Franz Kafka, cuya obra no fue valorada hasta ser reconocida y difundida por los surrealistas en los años veinte del siglo pasado.

 

Solo tenemos una vida y esta resulta del todo insuficiente para leer tantos libros como se publican, pero el ejercicio de leer te hace afinar el criterio de búsqueda de nuevas temáticas que saben que pueden acercarse a tus gustos como persona lectora.

 

En todo caso, hay libros para todo tipo de personas lectoras, como hay personas lectoras para todo tipo de libros. Lo importe es leer, movilizar las neuronas y acercarnos al cultivo de la imaginación y del conocimiento.

 

Para un mundo donde no tener libros en tu salón se considera un acto de distinción y la estulticia casi un elemento de orgullo, cuando no es más que el camino rápido para el asesinato en primer grado del pensamiento crítico y el conocimiento, leer se convierte en un acto de resistencia. Así que leamos.

 

Resistamos frente a tanta estupidez.

 

(Por cierto, les animo a compartir esos libros que ya no quieren mantener en casa. Pueden donarlos a las bibliotecas o bien, dejarlo en algún banco o plaza. Yo lo hago en Gáldar bajo la etiqueta #compartelibrosGáldar. Así de sencillo).

 

Josefa Molina

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