Eulalio J. Sosa GuillénAquel desconocido me lo contó una noche lluviosa en la barra del Pool 8, refugiándose tras el sexto gin-tonic.
—Añadí a sus honorarios una gratificación de cien euros y los deposité sobre la mesilla de noche. Antes de abandonar la habitación le pregunté por su verdadero nombre y escuché a mi espalda: “Imani”.
» Mientras bajaba las escaleras para alcanzar la calle, pensé que nunca había sentido tanto placer con una mujer, y menos con una meretriz. La chiquilla poseía en la entrepierna el ardoroso calor de la sabana y el ímpetu de una manada de ñus. Rugía como una leona herida.
Al día siguiente, tomando un café, me acordé del beodo presuntuoso. Pero a la semana, concretamente el Domingo de Ramos, en el Retiro, vi a la joven suajili del brazo con el fulano del Pool 8. Empujaban un cochecito de bebé.
Eulalio J. Sosa Guillén





























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