
Dicen que en algún lugar secreto del Palacio Presidencial existe una sala llena de botones. Uno sirve para llamar al personal, otro para activar reuniones de emergencia, otro para pedir café; y luego, el botón del presidente. Uno enorme, dorado y con luces LED que ocupa casi media habitación.
Un día, durante una de las muchas e inútiles conferencias, un periodista preguntó para qué servía:
—Para recordarme a mí mismo que soy el presidente más chachi del planeta —respondió.
Resultó que no hacía nada más allá de impresionar por su enorme tamaño.
Cada mañana, la rutina del presidente comenzaba igual: lo despertaban, le abrían las cortinas y le acercaban el espejo para que se mirara antes de levantarse.
—Buenos días, señor presidente.
—Gracias, presidente.
Después, sentado a la gran mesa de salón con patas de oro, repasaba los periódicos y si alguno hablaba bien de él lo enseñaba a todo el mundo a través de sus redes sociales; pero si hablaba mal...
—¡Bomba!
Y asunto resuelto.
Una mañana, uno de sus muchos asesores llegó al palacio preocupado.
—Señor, las bolsas están cayendo.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Cuando vuelvan a subir parecerá que ha sido gracias a mí.
Otro día ordenó que cerraran la Biblioteca del Estado solo para él y se acercó a la sección de mapas. Tras más de media hora observando un mapa mundi actual preguntó:
—¿Quién ha puesto aquí tantos países?
Nadie respondió pues, como de costumbre, todos pensaron que se trataba de una pregunta trampa.
En una cumbre internacional todos los asistentes esperaban un discurso solemne, sin embargo, el presidente se levantó, los miró y dijo:
—Tengo un plan excelente. Uno que será fantástico. El mejor plan de la historia de todos los planes.
Todos aplaudieron, pese a que nadie entendió nada y, aun así, todos prefirieron no preguntar. Mientras tanto, el peluquero presente en la sala llevaba años intentando descubrir qué comía el presidente que le hacía tener tanto pelo. Mira que usaba secadores potentes, laca en cantidades industriales, pegamentos de uso aeronáutico en lugar de gominas e, incluso, simulaciones de túneles de viento antes de dar una conferencia para comprobar que no se saliera ningún pelo y, pese a todo, parecía que la calvicie le huía. Hasta la agencia espacial nacional pidió estudiar el fenómeno y concluyó que, en lugar de cabello, tenía nanofibras conformando una estructura arquitectónica de último diseño.
Cuando por fin terminó su mandato, alguien preguntó qué era lo que más echaría de menos. Muchos pensaron que respondería el despacho presidencial, el famoso botón gigante, el avión oficial o los grandes actos a los que asistía. Pero no.
—Las cámaras —respondió.
Y es que, al fin y al cabo, para él el mundo siempre había sido un gigantesco plató de televisión donde, estaba absolutamente convencido, nunca existía la palabra «corten».
Olga Valiente





























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