León XIV en Francia: para que el mundo tenga vida
Después de cuatro días siguiendo a León XIV por Francia, desde París hasta Lourdes y Metz, creo que esa pregunta ha ido apareciendo una y otra vez, bajo formas diferentes: ¿qué significa realmente estar vivos?
El lema de este viaje «Para que el mundo tenga vida» terminó siendo mucho más que una frase.
En la UNESCO, León XIV comenzó por el hombre. Por esa pregunta que parece sencilla y que, sin embargo, nuestra época parece haber olvidado: ¿qué significa ser humano? Habló de dignidad, de cultura, de educación, de tecnología y de inteligencia artificial, pero detrás de todos esos asuntos había una preocupación fundamental: que el progreso no termine reduciendo a la persona a aquello que produce, consume o puede hacer.
Una civilización puede avanzar extraordinariamente en sus capacidades y, al mismo tiempo, perder de vista para qué quiere avanzar.
Por eso fue significativo que, inmediatamente después de la UNESCO, el Papa entrara en Notre-Dame. Una catedral que ardió y que volvió a levantarse.
León XIV vio en su reconstrucción algo más que una hazaña arquitectónica. Vio un símbolo de lo que puede ocurrir cuando una sociedad es capaz de trabajar unida. Lo que parecía perdido puede renacer. Lo destruido puede reconstruirse. Y la esperanza no es ingenuidad: puede convertirse en una obra concreta cuando muchos deciden poner sus capacidades al servicio de algo que los supera.
Pero también lanzó un mensaje a la Iglesia francesa: una comunidad cristiana no puede convertirse en un refugio donde esconderse del mundo. Una catedral tiene puertas. Y una Iglesia que quiera anunciar la vida tiene que mantener las suyas abiertas.
Después llegó la Plaza de la Concordia, allí la pregunta se volvió íntima. Ante una multitud inmensa, León XIV habló de la sed del corazón. De ese vacío que permanece incluso cuando conseguimos aquello que creíamos que nos haría felices. De la búsqueda permanente de una plenitud que ninguna posesión, ningún placer inmediato y ningún éxito terminan de proporcionar.
«El que tenga sed, que venga a mí y beba», recordó. Y entonces el Papa llevó la reflexión de la humanidad a cada persona: ¿de qué tenemos sed? ¿Qué estamos buscando realmente?
Hasta aquí, París.
Pero Lourdes hizo algo distinto. En Lourdes ya no estaba solamente la persona que busca la felicidad. Estaba la persona herida. El enfermo. El anciano. El que sufre. El que llega con una silla de ruedas, unas muletas, una lágrima o una historia que no se ve.
Y allí León XIV pronunció quizá una de las claves más fuertes de todo el viaje: la fragilidad no es algo que deba esconderse.
En Lourdes, dijo, nadie debe ser rechazado por su debilidad. La enfermedad, el sufrimiento y la vejez no disminuyen la dignidad de una persona. Al contrario: allí donde el mundo puede sentirse tentado a considerar una vida menos valiosa porque es frágil, Lourdes proclama que esa vida merece ser acogida, acompañada y amada.
Y aquí el mensaje de León XIV se hizo más exigente. Porque no pidió solamente que cambiemos el mundo. Pidió que cambiemos nosotros.
Habló de conversión. Y tuvo el valor de decir que esa conversión alcanza también a la propia Iglesia: reconocer sus heridas, sus infidelidades y sus errores para poder ser sanada.
Es una palabra incómoda, pero profundamente coherente con el resto del viaje. Porque no se puede hablar de esperanza sin reconocer aquello que necesita ser reparado. No se puede hablar de vida sin mirar de frente al sufrimiento. No se puede hablar de fraternidad sin aceptar que necesitamos al otro. Y no se puede pedir al mundo que se convierta sin empezar por uno mismo.
Por eso me parece que el viaje de León XIV puede leerse como un movimiento que va del hombre a la comunidad, de la comunidad a la persona herida y de la persona herida a la esperanza.
UNESCO: la dignidad humana.
Notre-Dame: la capacidad de reconstruir juntos.
Concordia: la sed de sentido.
Lourdes: la fragilidad acogida.
Y finalmente Metz: Europa llamada a recordar que la paz no se construye desde la fuerza de unos contra otros, sino desde la capacidad de encontrarse, dialogar, reconciliarse y construir comunidad. Allí, al hablar de las raíces de Europa, León volvió a insistir en la persona, la paz, la unidad y el encuentro con el otro.
Visto desde el final, todo el viaje parece entonces una sola conversación. Una conversación sobre la vida. Pero no sobre una vida entendida simplemente como supervivencia, bienestar o éxito. Una vida que tiene dignidad. Una vida que necesita de los demás. Una vida que puede reconstruirse después del incendio. Una vida que tiene sed. Una vida que enferma y envejece. Una vida que necesita pedir perdón y empezar de nuevo. Una vida que, precisamente porque es frágil, merece ser protegida. Y una vida que solo alcanza su plenitud cuando se convierte también en don para los demás.
Quizá por eso la imagen que me llevo de estos días no sea únicamente la de un Papa rodeado de multitudes. Es la de un hombre que ha querido hablar de la vida desde lugares muy distintos: desde una institución internacional, desde una catedral recién reconstruida, desde una plaza llena de gente, desde una gruta donde millones han llevado sus sufrimientos y, finalmente, desde una ciudad fronteriza que recuerda a Europa su vocación de paz.
Y hay algo profundamente francés en todo ello. Francia ha mostrado a León XIV sus luces y también sus heridas. La grandeza de su cultura, la fuerza de su historia, la secularización, la diversidad, la fragilidad social, la memoria de sus conflictos y la esperanza de una Europa que necesita volver a encontrarse.
El Papa no se ha limitado a decirle a Francia que conserve su pasado. Le ha pedido que vuelva a encontrar un futuro. Y quizá esa sea la verdadera conclusión de este viaje.
No basta con reconstruir Notre-Dame, hay que reconstruir vínculos. No basta con proteger monumentos, hay que proteger personas. No basta con desarrollar nuevas tecnologías, hay que preguntarse qué clase de humanidad queremos construir con ellas. No basta con hablar de paz, hay que aprender a reconciliarnos. Y no basta con defender la vida en abstracto, hay que ser capaces de mirar a los ojos al que sufre y decirle: tu vida importa.
La última noche en Lourdes, mientras miles de personas caminaban con una pequeña luz en la mano, León XIV habló de una esperanza que no abandona nunca. Y quizá esa imagen explique mejor que cualquier discurso lo que quiso dejar en Francia: una luz pequeña, vulnerable, que cada persona lleva consigo, pero que cuando se junta con otras puede iluminar una multitud. Quizá ahí esté la respuesta a la pregunta que atravesó todo el viaje.
¿Qué significa estar vivos?
Significa recibir la vida como un don, defenderla cuando es frágil, reconstruirla cuando ha sido herida, compartirla con los demás y caminar hacia el futuro sin perder la esperanza. León XIV llegó a Francia hablando de humanidad. Se fue hablando de conversión, de paz y de esperanza. Y entre una cosa y otra dejó una convicción: el futuro no se construye solamente con lo que somos capaces de hacer, sino con aquello que estamos dispuestos a amar, proteger, reparar y entregar.
Quizá por eso, al terminar estos cuatro días, la frase del viaje adquiere todo su sentido: para que el mundo tenga vida.
Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes






























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