
Lo primero que Juan González Melián pone sobre la mesa no son las carpetas. Son tres recortes de periódico. Están tan amarillos que el papel tiene la suavidad de la tela, doblados tantas veces por la misma raya que en algunos pliegues la tinta se ha rendido. Los alisa con la palma de la mano, despacio, como quien alisa una camisa.
Detrás de esos recortes, Juan guarda otra memoria, más física: la de acarrear agua con ganchos desde el estanque más cercano para amasar la mezcla, un sábado cualquiera, mientras arriba, en el andamio, otros iban sellando el techo habitación por habitación, no de una vez. Él tenía catorce o quince años la primera vez que ayudó de verdad, aunque el primer techo que vio sellar, en 1959, fue el de su propia casa.
"Lee esto", dice. "Esto lo escribieron unos niños".
Es una carta al director firmada por un curso de octavo de EGB del colegio de Casa Pastores. Los chavales enumeran, con la solemnidad de quien tiene doce años y ya ha aprendido que nadie le escucha, los problemas del barrio: asfaltado de las calles, escuelas, guarderías, terminar las obras del polideportivo, centros recreativos para jóvenes y para viejos, el agua, la luz, una iglesia. Y cierran con una posdata que Juan lee en voz alta, despacio, como si fuera un verso: "Por favor, publiquen esta carta cuanto antes".
"Esos niños tienen hoy cincuenta y tantos años", dice Juan. "Pero fíjate lo que pedían. Asfalto. Agua. Luz. Eso era este barrio".
Desde la ventana entreabierta nos llega el embate del calor de este verano. Hay un café que se le va enfriando porque no para de hablar, y dos carpetas más que esperan su turno detrás de los recortes. Juan tiene el pelo entrecano y una memoria que asusta: nombres, fechas, cifras, todo guardado detrás de una calma que no es indiferencia, sino el poso de un hombre que cargó cañas con trece años que estudio por Radio Ecca y se sacó el Certificado de Estudios Primarios en un cuartel del Sáhara, a miles de kilómetros de esta cocina donde ahora lo cuenta.
Casa Pastores es un barrio del municipio de Santa Lucía de Tirajana, en el sureste de Gran Canaria. Durante décadas, Santa Lucía formó parte, junto a Agüimes e Ingenio, de lo que la prensa y la memoria popular de la isla decidieron en llamar, sin ninguna delicadeza, el triángulo de la miseria. No es una etiqueta retórica ni un recurso literario: es el nombre con el que se conocía entonces a la zona donde Juan González Melián creció, y el punto de partida real de todo lo que sigue.
![[Img #43881]](https://infonortedigital.com/upload/images/09_2026/5879_02.jpg)
Juan González Melián en su casa de Casa Pastores
Un nombre que se impuso solo
Casa Pastores está metida en un sitio que parece pensado para la incomodidad. Sardina por el este, Vecindario por el oeste, el Barranco del Polvo al norte, el de Tirajana al sur. Un cuadrilátero que los de arriba reclamaban y los de abajo también. "Los de Sardina decían que éramos de Sardina. Los de Vecindario, que éramos suyos. Y nosotros procurábamos llevarnos bien con todos y aprovecharnos de esa indecisión", dice Juan, con una sonrisa que se le intuye en la voz.
Oficialmente aquello se llamaba El Estanco, por el Estanque Blanco. Pero la gente empezó a decir Casa de los Pastores, porque eso era lo que veía: pastores con sus cabras, buscando hierba nueva. Y así se quedó, aunque hubo un cura de Sardina que quiso rebautizarlo como Barrio del Corazón de Jesús. "No le hizo caso nadie", dice Juan. Todos los intentos de ponerle nombre desde fuera fracasaron. El conjunto del barrio tenía localizaciones como: La Isla Perdida, La Soledad, El Muro, La Acequia arriba, La Acequia abajo. Hasta mediados de los ochenta no se fijó definitivamente el nombre de Casa Pastores.
Antes de las casas
A principios de los cincuenta, cuando las primeras manos levantaron paredes aquí, aquello no era un barrio: era un descampado entre dos pueblos que no lo querían. Los primeros fueron Pepito Pérez y los hermanos Antonio y Manuel Guedes, pastores que bajaron de Cazadores. Detrás llegaron otros Guedes, de Los Guaniles, arrastrados por la trashumancia. Luego Pepito Santana, Rufinito Cruz, Manolito Rivero, Juanito Pérez, los hermanos Sánchez.
El barrio fue creciendo al socaire del pastoreo, de los cultivos de tomate y algodón, de los almacenes de empaquetado. Pero antes de fabricar sus casas, muchos vivieron en cuevas y cuarterías de piedra en la montaña de Majada Ciega, o en la finca de Yeoward. No es una metáfora: es gente criando hijos entre piedras, esperando el día de tener algo mejor.
Once bocas y una cuartería
La familia de Juan llegó a finales de 1953. Se instalaron en unas cuarterías del pago de La Soledad para plantar tomateros en una finca de los Monzón. Venían de las faldas del Roque Aguayro, adonde se habían trasladado en 1949 desde Lomo Magullo de Telde.
"Los Monzón ofrecieron algo mejor que lo que teníamos en el Roque y mi padre no lo dudó", dice Juan. "Así era. Uno no se planteaba las cosas. Iba".
Eran once: los padres, una tía, ocho hermanos. Luego nacieron tres más, hasta ser catorce bocas. "Como en todas las familias de aparceros, la mayor parte del día la pasábamos en los cultivos. Cada uno hacía lo que podía según la edad y las fuerzas".
En 1957, su padre compró un terreno a trescientos metros de la cuartería. Con la ayuda de un albañil y el trabajo de los hermanos mayores, levantó una casa de dos habitaciones y un zaguán. Se terminó en 1959. "Y para allá que nos fuimos todos. Ahí empezó la relación de mi familia con Casa Pastores".
Cuando el Sur llamó
El gran estirón llegó entre finales de los sesenta y primeros de los ochenta. El sur de la isla se llenó de grúas: hoteles, apartamentos, complejos turísticos. Y la gente que vino de casi toda la isla, del centro, del norte, muchísima de Tirajana y de Artenara, y de otras islas como Fuerteventura y Lanzarote, se plantó aquí porque el alquiler era posible y el trabajo quedaba cerca. Hoy ya hay vecinos de muchas nacionalidades.
La autoconstrucción fue la clave. No había dinero para contratistas. Los vecinos se hacían sus casas los fines de semana. Y aquí Juan deja el café, que ya está frío, y se queda mirando un punto fijo de la pared:
"Las juntas para echar los techos. Eso no se olvida. Veinte, treinta personas un sábado. Los baldes de mezcla pasando de mano en mano, y nosotros acarreando agua con ganchos desde el estanque para amasar. Así se fabricó este barrio. No con créditos. Con eso".
El techo no se sellaba de golpe, de una punta a otra, sino habitación por habitación, y siempre en verano, cuando había garantía de que no iba a llover. Antes había que colocar los refuerzos de madera bajo las vigas, porque de elementos metálicos no había ni que hablar. Si la casa quedaba lejos de donde se estaba trabajando, la mujer del dueño, alguna cuñada, traían la comida en calderos: sancocho, sobre todo, o lo que hubiera, hasta un bocadillo para cada uno cuando no daba para más. Y bebida: agua, cerveza, y sobre todo ron, "para limpiar el gaznate", que decía la gente entonces. Vino no se usaba en aquella época. "Se hacía un rato de tertulia allí, diciendo tonterías, algún chiste, y ahí se conocía un poco más a los vecinos", recuerda Juan. Él calcula que participó en unas quince o veinte techadas entre aquellos primeros años y 1972, cuando se fue a la mili al Sáhara y ya no volvió a coincidir con ninguna.
![[Img #43882]](https://infonortedigital.com/upload/images/09_2026/6019_03.jpg)
Construcción de la biblioteca, 1975.
A principios de los cincuenta había unos trescientos habitantes entre El Estanco y los núcleos dispersos. En 1960, mil seiscientos cincuenta. En 1975, dos mil trescientos. En 1992, dos mil seiscientos. Hoy, según el cálculo que hace el propio Juan, rondan los dos mil ochocientos cincuenta. Juan recita las cifras sin mirar ningún papel, y en este caso la memoria no anda sola: un tercer recorte que conserva, un artículo titulado "Los vecinos de Casa Pastores quieren una farmacia", firmado por la Junta Directiva de la Asociación de Vecinos, cifra la población del barrio en unos 2.600 habitantes, coincidiendo con el dato que Juan sitúa hacia 1992.
A partir de los ochenta, con la democracia, llegó la mejora de todos los servicios: agua, luz, teléfono, alcantarillado, aceras, espacios educativos, deportivos, culturales. "Hasta un museo tenemos ahora", dice Juan. "El del pastoreo”. Un homenaje a los primeros que vinieron con las ovejas y cabras". Y también la Quesería Buen Pastor, que gana certámenes regionales, nacionales e internacionales de catas de queso.
Sin nada
En los sesenta y setenta no había prácticamente nada. La mayoría de las casas carecían de agua de abasto, luz eléctrica, alcantarillado, aceras, asfalto. No había alumbrado público, ni correo, ni cabina de teléfono, los niños jugaban en la calle y en medio de los cultivos. Imaginar un lugar de ocio era una utopía, dice Juan.
El grupo escolar se puso en marcha el curso 1961-62 con dos aulas, una para niñas y otra para niños. En una de esas aulas se dijeron las primeras misas del barrio. Los puntos de encuentro eran las tiendas, los bares y la barbería.
![[Img #43884]](https://infonortedigital.com/upload/images/09_2026/7238_04.jpg)
1972, visita del Obispo a Casa Pastores.
"Estaba la tienda de Candidita, la de Bartolo, la de Pepito Santana, y la de Manuel Martel, que era tienda y bar al mismo tiempo. Y el bar de Manolito Rivero, que luego llevaron Agustín y más tarde Cesáreo Verde. Casi todos en la carretera general, hoy Rubén Darío. Y Miguel Castro, Miguel, el barbero, primero en una habitación alquilada y luego en una casa suya en lo que hoy es C/ Bandama", recuerda Juan.
"En las tiendas y en la barbería se veían los vecinos. Los bares solo los frecuentaban los hombres: copas, dominó, zanga, julepe, trata, envite. Y mientras tanto, nosotros, los niños, jugábamos a la pelota en la calle o en el patio del colegio, al escondite en los solares en obras o en los cultivos cercanos. En verano íbamos a buscar nidos de pájaros moros y calandros, que los hacían en el suelo de los cultivos abandonados".
Algunos se escapaban a la montaña a sacar leche de tabaiba dulce para hacerse chicle, y ahí había que saber distinguir: la dulce tenía la leche más gruesa, el tronco más oscuro y grueso, las ramas más verdes y abundantes; la amarga se conocía por ser más clara y de ramas más escasas. Cortaban la piel con una lajita fina un fin de semana, y volvían al siguiente a recoger la leche ya medio seca, la lavaban un poco con algo de agua, y se la metían en la boca directamente. "Sabía bastante bien", dice Juan. "A lo mejor había gente que tenía chicle casi para toda la semana, porque se amasaba, se masticaba, se guardaba y luego se sacaba otra vez. Era una cosa especial".
Y cuando aquellos niños crecieron un poco, hicieron lo que hacen los que no tienen nada: lo escribieron. Ahí está el primer recorte, la carta de octavo de EGB, que arranca dejando claro de quién dependía el barrio, "pertenece al Ayuntamiento de Santa Lucía", y que la Asociación de Vecinos había hecho todo lo posible sin que el consistorio les dedicara tiempo.
La acequia y el estanque
Dos problemas envenenaban el día a día. La acequia cortaba la calle e impedía el desarrollo normal de la vida: los niños tenían que dar un rodeo enorme para ir o venir del colegio, y algunos, impacientes, saltaban el muro, con el peligro que suponía. Lo mismo les pasaba a los vecinos que iban o venían del trabajo. Hubo problemas de mosquitos y salubridad, y una lucha prolongada contra la empresa Los Betancores, con el ayuntamiento implicado y hasta el jefe provincial de Sanidad, hasta que se consiguió derribar la acequia en 1976. Cambió toda la dinámica, dice Juan, y la sensación de alejamiento que se sentía.
El Estanque Blanco era otro asunto: un depósito inmenso de agua, de gran profundidad, sin vallar, fácil de acceder. Juan recuerda que hubo suicidios en ese estanque y que los padres del barrio vivían con una preocupación constante. Se consiguió primero una valla y finalmente se techó. Hoy es un depósito municipal que nadie mira dos veces.
Clarita
Antes del grupo escolar con sus dos aulas, hubo una mujer llamada Clarita Santana. En su casa, con su marido Juan Sánchez Méndez al lado, daba clases a los niños del barrio: leer, escribir, las cuatro reglas, que era a lo que menos aspiraban, dice Juan. Los que podían iban a estudiar a Sardina, a la escuela de don Fermín. Los demás, con Clarita, que enseñaba solidariamente, sin cobrar, porque alguien tenía que hacerlo.
Hoy, la Asociación de Padres del colegio Casa Pastores, con veinticuatro unidades, lleva el nombre de Clarita Santana.
![[Img #43885]](https://infonortedigital.com/upload/images/09_2026/2417_05.jpg)
Aula de niños, 1961.
De unos villancicos a cinco concejales
A finales de los sesenta, un grupo de jóvenes se juntó para ensayar villancicos de cara a la misa de Navidad. De ahí pasaron al libro-fórum, después al teatro, y alquilaron una habitación en la calle principal, hoy Buen Pastor, para montar un teleclub, "que era lo que se permitía en ese momento para poder hacer reuniones con más de tres personas", dice Juan, con el tono de quien constata una barbaridad.
El grupo de teatro salió por el municipio, por Telde, por Las Palmas, y fue conociendo las inquietudes de otros colectivos. Nació la Asociación de Vecinos: clases de apoyo escolar, mecanografía para jóvenes, educación de adultos, y ayuda con la declaración de la renta a quien no podía pagar un gestor. La asociación se fue moviendo en casas y garajes hasta que a principios de los ochenta consiguió su propio local, junto a la plaza, la iglesia y la biblioteca. De ese tronco salieron un grupo folclórico, un equipo de luchas, un equipo de fútbol, un grupo de teatro y el Colectivo Juvenil que terminaría dando forma al Belén Viviente. Todo ese tiempo, el barrio no dejó de reivindicar lo que le faltaba, en su lucha por unas condiciones dignas.
Y llegó un momento en que el barrio pesó tanto que empezó a estorbar. El segundo recorte que conserva Juan lo documenta: la Asociación de Cabezas de Familia de Vecindario había acusado en el Diario de Las Palmas, un lunes 4 de abril de 1976, a las asociaciones de la zona de costa de Santa Lucía de estar creadas y controladas por los concejales. La Junta Directiva de la Asociación de Vecinos de Casa Pastores respondió en el mismo periódico con una nota de repulsa que defendía su "total autonomía e independencia de todo partido político", exigía pruebas en una asamblea general, y devolvía la acusación advirtiendo que quien de verdad provocaba división entre vecinos y barrios era, precisamente, la asociación acusadora.
"El barrio que no querían, ahora molestaba", dice Juan, con una risa corta. "Ahí te das cuenta de que existes. Cuando te atacan, es que ya eres alguien".
Con la llegada de la democracia y las primeras elecciones libres, muchos grupos políticos fueron tomando nota de aquel movimiento. En la legislatura de 1995 a 1999, de los veintiún concejales electos en el municipio de Santa Lucía, cinco eran del barrio de Casa Pastores. Tres en el gobierno, dos en la oposición, en una población global de treinta y un mil habitantes.
"Un barrio que veinte años antes no tenía ni agua corriente, ni luz, ni teléfono, ponía cinco ediles en el ayuntamiento", dice Juan.
Él fue uno de ellos: concejal liberado desde 1991 hasta 2003, tres legislaturas. Así que, de cargar cañas en los cultivos con trece a sentarse en un pleno municipal con 36 años.
Décadas más tarde, Santa Lucía de Tirajana dejaría atrás la etiqueta de aquel triángulo de la miseria para convertirse en referencia de igualdad social y desarrollo en la isla. El asociacionismo temprano de barrios como Casa Pastores, con su Asociación de Vecinos, su teleclub y sus cinco concejales salidos de la nada, tuvo mucho que ver en ese cambio de rumbo.
El Belén
En 1982, el cura don Francisco González impulsó un Belén Viviente dentro de la iglesia, con la colaboración de los vecinos. En 1989 se sacó a la plaza como obra teatral, con unas sesenta personas, y aquella celebración anual se fue convirtiendo en algo que aglutinaba a casi todo el barrio. La Coordinadora Juvenil asumía la organización: después del verano, a primeros de septiembre, se hacían las primeras convocatorias, y a mediados de octubre empezaban los montajes, los repartos de papeles, los ensayos semanales. Para el 24 y el 25 de diciembre, doscientas sesenta personas entre coordinación y actores, ante dos mil quinientos espectadores en dos funciones. Todo el año de trabajo para dos noches.
"No era un espectáculo", dice Juan. "Era un trabajo comunitario".
El último Auto de Navidad fue el 24 de diciembre de 2018. Cuatro años de silencio, hasta que en 2022 un grupo de vecinos volvió a moverse y se puso de nuevo en escena, hasta El pasado diciembre de 2025. El futuro ya se verá.
Los clubes
El Club de Luchas Unión Pastores nació en 1976, en un solar de Paco Marrero junto al Estanque Blanco, con Manuel Guedes como primer presidente. Compitió hasta 1990 y llegó a ser campeón insular con luchadores como el Pollo de Puerto Cruz, Santiago Rodríguez "el Majorero" y Loreto IV.
El Club de Fútbol Casa Pastores se fundó en 1979, cuando un grupo de amigos decidió juntar a los chicos del barrio repartidos en distintos equipos de la zona. Debutó en Segunda Regional la temporada 79-80, jugando en el campo de Las Palmitas y entrenando en el patio del colegio. Hubo un parón entre 1984 y 1990, y después llegó el crecimiento, hasta nueve equipos, hasta que en 2003 se inauguró el Campo de La Madera y el club se asentó. Hoy tiene equipos en Primera Regional, Primera Juvenil, Infantil Preferente y ha tenido un femenino en Primera Categoría Nacional. De este Club han salido jugadores de su cantera que compitieron en División de Honor Juvenil, en Tercera e incluso en Segunda División Nacional.
Veinticinco pesetas
La vida laboral de Juan es un catálogo de la España que fue. Desde pequeño, los tomateros de sus padres como aparceros. Al dejar la escuela, un trabajo en unos invernaderos de pimientos con Ojeda en el Barranco de Balos. "Ganaba veinticinco pesetas semanales", dice, "y era una importante entrada para la familia". No hay ironía en su voz, solo memoria.
Con trece años, en 1965, empezó a trabajar con Verdugo Acedo: veranos cargando cañas y armando tierra hasta los semilleros de tomates, el resto del año segando alfalfa o con la máquina de sulfatar a la espalda. Tres años después cambió el campo por el oficio: entró de aprendiz de fontanero en la construcción del Hotel Beverly Park, se hizo oficial allí mismo y siguió hasta 1977. Le siguió un paréntesis inesperado, tres años de dependiente en una tienda de ropa en San Fernando de Maspalomas, antes de volver a la fontanería en 1980. Once años después el oficio dio paso a la política: concejal liberado desde 1991 hasta 2003. Cuando el pleno se acabó, la vida laboral siguió su curso sin pausa: un año de comercial en Maquinarias Paco, la vuelta al ayuntamiento como colaborador hasta el verano de 2006, y en 2007 el salto a una empresa de trabajos medioambientales, donde estuvo hasta 2012. Cerró su vida laboral, ya cerca de la jubilación, en una empresa de gestión de residuos.
Fue a la escuela por primera vez con ocho años, al grupo escolar del Cruce de Sardina. Un solo curso. Al siguiente, al colegio nuevo de Casa Pastores, curso 61-62. Dos años, hasta que los tomateros no esperaron más y la familia necesitó sus manos. A partir de ahí, Radio ECCA, clases nocturnas, lo que se podía. En el servicio militar en el Sáhara, el Certificado de Estudios Primarios. En 1989 aprobó el acceso a la universidad para mayores de veinticinco años por la Facultad de Derecho, y estando en el paro, facilitó ponerse a estudiar, cursó hasta tercero y algunas asignaturas sueltas, hasta que en 1991 le ofrecieron ser concejal y el tiempo se le acabó. Lo cuenta sin lamentarse, con la misma serenidad con que cuenta el tiempo que hizo aquel año.
Lo que queda
Juan recoge los recortes. Los dobla por las mismas rayas por donde ya estaban doblados, esas rayas que le han dado tantas vueltas al papel que se ha vuelto blando. Los guarda encima de las carpetas, como si fueran lo más importante que tiene. Y para él lo son. Porque no son solo recortes: son la prueba de que un barrio que no existía para nadie aprendió a escribir su propio nombre en un periódico, a exigir una farmacia, a defenderse cuando lo acusaron, a pedir, aunque fuera con la letra de un niño de doce años, que alguien los publicara y los escuchara.
Casa Pastores no es un lugar en un mapa. Es Juan González Melián, y los que fueron como él: los que no tenían nada y se lo fabricaron todo, un sábado tras otro, con las manos grises de cemento y un trago de ron cuando por fin se sellaba el techo.
Juan Vega Romero
Nota: Esta crónica reconstruye la memoria de Juan González Melián, de setenta y cuatro años, vecino de Casa Pastores desde 1953, a partir de su testimonio oral, de los apuntes que él mismo redactó sobre la historia del barrio y el trabajo de campo del autor del artículo.





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.121