Los colegios no pueden seguir afrontando el calor con persianas bajadas

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]En el Norte de Gran Canaria las grandes cuestiones casi siempre terminan adquiriendo un rostro cercano. Los episodios de temperaturas extremas que han obligado a suspender o adaptar clases en distintos municipios de gran canaria vuelve a demostrarlo. No estamos ante una noticia aislada ni ante un asunto reservado a especialistas. Lo que se decida alrededor de este tema afectará a alumnado, familias, docentes, personal de comedor, transporte escolar y equipos directivos. Por eso conviene detenerse antes de que la actualidad avance y el debate quede sustituido por otro titular. Mi punto de partida es claro: la adaptación climática de los centros debe dejar de depender de soluciones improvisadas cada vez que llega una alerta.

 

La primera obligación consiste en nombrar bien el problema. Cuando se habla de los episodios de temperaturas extremas que han obligado a suspender o adaptar clases en distintos municipios de Gran Canaria, suele destacarse la novedad, la cifra o el anuncio institucional. Sin embargo, la realidad se entiende mejor al observar edificios mal ventilados, patios sin sombra y diferencias entre centros para afrontar la misma emergencia. Son elementos menos cómodos, porque obligan a revisar responsabilidades y a reconocer que no existe una solución inmediata. Pero ocultarlos solo aplaza el conflicto y encarece la respuesta futura.

 

La experiencia de los centros del norte y las medianías, donde el clima también está cambiando recuerda que una política pública no funciona igual en todos los lugares. La distancia, la dispersión, los costes y el tamaño de los servicios modifican cualquier propuesta. Aplicar una fórmula diseñada para otro contexto puede producir buenas estadísticas y malos resultados. La planificación debe empezar preguntando cómo viven las personas afectadas, qué barreras encuentran y qué recursos existen realmente cerca de ellas.

 

También importa la dimensión económica. Cada medida necesita presupuesto, personal y continuidad. Financiar una inauguración y olvidar el mantenimiento es una forma cara de improvisación. En este ámbito, auditorías térmicas, sombra vegetal, aislamiento, ventilación, agua, protocolos claros y obras priorizadas por riesgo no deberían figurar como una colección de promesas, sino como un programa coordinado, con responsables identificados y fechas públicas. El dinero empleado debe evaluarse por la mejora que genera, no por la facilidad con la que puede anunciarse.

 

Entre alumnado, familias, docentes, personal de comedor, transporte escolar y equipos directivos existen intereses distintos y, en ocasiones, enfrentados. Escuchar a todos no significa conceder a cada parte exactamente lo que solicita. Significa evitar que quienes tienen menos capacidad de presión queden fuera de la decisión. Las reuniones deben producir actas, respuestas y modificaciones visibles. Si la participación termina cuando se apagan los micrófonos, deja de ser una herramienta democrática y se convierte en una ceremonia.

 

Hay además una responsabilidad institucional que no puede diluirse entre departamentos. Edificios mal ventilados, patios sin sombra y diferencias entre centros para afrontar la misma emergencia suelen sobrevivir porque cada organismo atiende una parte y nadie responde por el resultado completo. La ciudadanía no debería recorrer oficinas para descubrir qué administración es competente. Coordinar implica compartir información, fijar un interlocutor y resolver los vacíos antes de que se transformen en años de espera.

 

La tecnología puede ayudar, pero no sustituye la voluntad política ni el conocimiento profesional. Una aplicación, una plataforma de datos o un trámite digital son útiles si simplifican la vida. Se convierten en una barrera cuando trasladan trabajo al ciudadano o excluyen a quien no domina una pantalla. Cualquier innovación relacionada con los episodios de temperaturas extremas que han obligado a suspender o adaptar clases en distintos municipios de Gran Canaria debería ofrecer atención humana, protección de datos y una evaluación que compruebe su utilidad real.

 

La comunicación pública merece una revisión semejante. Los mensajes triunfalistas generan desconfianza cuando la experiencia cotidiana no cambia. Explicar dificultades, reconocer retrasos y publicar indicadores no debilita a una institución; demuestra respeto. Los medios también debemos regresar a los asuntos después del anuncio, preguntar qué se ejecutó y ofrecer espacio a las voces directamente afectadas, sin convertir su malestar en espectáculo.

 

La educación puede consolidar una respuesta duradera. Comprender el alcance de los episodios de temperaturas extremas que han obligado a suspender o adaptar clases en distintos municipios de Gran Canaria permite que colegios, asociaciones y familias participen con criterio. No se trata de llenar agendas con charlas, sino de relacionar el aprendizaje con problemas reales, fomentar pensamiento crítico y ofrecer herramientas para actuar. Cuando una comunidad entiende por qué se adopta una medida, puede cuidarla, exigirla y corregirla.

 

No debemos aceptar que edificios mal ventilados, patios sin sombra y diferencias entre centros para afrontar la misma emergencia sean daños inevitables del progreso. Muchas veces esa resignación protege decisiones cómodas y desplaza el coste hacia quienes menos pueden defenderse. El desarrollo verdadero reduce vulnerabilidades, reparte oportunidades y conserva recursos para el futuro. Si una iniciativa mejora un indicador mientras empeora la vida de un grupo silencioso, necesita ser revisada, aunque resulte legal o rentable.

 

Una hoja de ruta creíble comenzaría por auditorías térmicas, sombra vegetal, aislamiento, ventilación, agua, protocolos claros y obras priorizadas por riesgo. Cada línea requiere objetivos sencillos de comprobar. Cuántas personas acceden, cuánto tiempo esperan, qué territorios quedan cubiertos, qué coste se evita y qué grado de satisfacción existe son preguntas básicas. Publicar esas respuestas permitiría comparar, aprender y abandonar actuaciones que no funcionan. Evaluar no es buscar culpables; es impedir que el error se convierta en costumbre.

 

La perspectiva de quienes trabajan sobre el terreno resulta imprescindible. Profesionales y colectivos conocen fallos que no aparecen en una memoria administrativa. Escucharlos desde el diseño ahorra correcciones y evita normas imposibles de aplicar. Esa experiencia debe combinarse con investigación independiente, porque la cercanía por sí sola tampoco garantiza una visión completa. Evidencia y conocimiento local se necesitan mutuamente.

 

Existe igualmente una dimensión de justicia entre generaciones. Las decisiones relacionadas con los episodios de temperaturas extremas que han obligado a suspender o adaptar clases en distintos municipios de Gran Canaria no terminan cuando concluye un presupuesto anual. Pueden condicionar recursos, empleo, salud y territorio durante décadas. Quienes hoy no participan en el debate recibirán sus consecuencias. Por eso la urgencia no debe utilizarse para eliminar controles ni la prudencia para aplazar indefinidamente las medidas. Gobernar pensando en el futuro significa actuar ahora, pero hacerlo con datos, garantías y capacidad de rectificación.

 

También debemos observar la calidad del empleo que se crea alrededor de este asunto. No sería coherente defender escuelas seguras que mantengan la actividad sin poner en peligro la salud mediante contratos precarios, externalizaciones sin control o profesionales desbordados. Toda política necesita personas capaces de ejecutarla, con formación, estabilidad y medios. Cuando se recorta en esas condiciones, la factura aparece en forma de rotación, errores y atención deficiente. La dignidad laboral no es un elemento secundario del servicio: forma parte directa de su calidad y de su continuidad.

 

Otro riesgo consiste en medir el éxito solo mediante cifras agregadas. Un promedio puede mejorar mientras determinados barrios, edades o grupos quedan rezagados. En los centros del norte y las medianías, donde el clima también está cambiando necesitamos datos desglosados y mapas que permitan localizar las brechas. Esa información debe proteger la privacidad, pero también permitir una rendición de cuentas seria. Lo que no se analiza termina dependiendo de impresiones, y las impresiones suelen favorecer a quienes ya disponen de mayor visibilidad pública.

 

Finalmente, el debate requiere menos ruido y más memoria. Cada cierto tiempo reaparecen propuestas presentadas como nuevas aunque ya fueron anunciadas, probadas o abandonadas. Conservar evaluaciones, publicar antecedentes y explicar qué se aprendió impediría comenzar siempre desde cero. La continuidad administrativa es tan importante como la creatividad política. Innovar no consiste en cambiar el nombre de una medida, sino en mejorarla a partir de la experiencia y demostrar que responde mejor a edificios mal ventilados, patios sin sombra y diferencias entre centros para afrontar la misma emergencia.

 

Conviene además pensar más allá de una legislatura. Alcanzar escuelas seguras que mantengan la actividad sin poner en peligro la salud exige continuidad, presupuestos previsibles y acuerdos capaces de sobrevivir a un cambio político. Cada gobierno puede introducir prioridades, pero no deberíamos reiniciar servicios esenciales cada cuatro años. La estabilidad no significa inmovilismo: significa conservar lo que funciona y modificar con transparencia aquello que no cumple sus objetivos.

 

La ciudadanía posee también responsabilidades. Reclamar derechos es compatible con cuidar recursos, respetar normas y participar sin convertir al adversario en enemigo. Sin embargo, esa corresponsabilidad no debe utilizarse para descargar sobre las familias obligaciones públicas. La comunidad acompaña y vigila; las administraciones garantizan, regulan y financian. Confundir ambos papeles termina premiando la desigualdad y el voluntarismo.

 

En definitiva, los colegios no pueden seguir afrontando el calor con persianas bajadas no es solo una frase para abrir una discusión. Es una invitación a decidir qué modelo queremos construir en los centros del norte y las medianías, donde el clima también está cambiando. Podemos continuar reaccionando cuando el problema ya es evidente o actuar con previsión, información y justicia. Yo elijo lo segundo. Porque escuelas seguras que mantengan la actividad sin poner en peligro la salud no debería ser una aspiración remota, sino el criterio con el que evaluemos desde hoy cada anuncio, cada presupuesto y cada resultado.

 
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