Cuando el odio se instala entre nosotros

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Cuando el odio se instala entre nosotros hasta tus hermanos y tus seres más queridos parecen tus enemigos. Sabemos por experiencia que es muy fácil pasar del amor al odio. Es una delgadísima línea que existe entre ambos. Son vecinos tan próximos que a veces no sabes dónde termina el territorio del amor y dónde empieza el de la aversión. La frontera que los separa es tan difusa que la cruzamos una y otra vez sin apenas reparar en ello. Y cuando consigues tomar conciencia de que la has cruzado es harto complicado, por no decir imposible, volver de nuevo, porque enormes barreras invisibles te lo impiden. Nadie más que tú las ve, pero estás plenamente convencido de que eso es así. 
 
Como por arte de magia, cualquier relación desaparece y un abismo ancho y profundo nos impide el retorno, quedando atrapados para siempre y a merced de las tormentas que se generan. Y el paisaje que se vislumbra es desolador y pierdes la esperanza de que algún día puedas volver a territorio amigo. Tendrás la impresión, casi la certeza, de que estarás instalado hasta el final de tus días en un permanente exilio. Esto ocurre cuando hablamos del odio entre familiares y amigos muy cercanos. ¿Qué pasa cuando son otros los que, de manera consciente, comienzan a azuzar una y otra a través de los medios de comunicación para que pongamos nuestra atención en gente de otras nacionalidades que entran en nuestro territorio, haciéndonos ver que son nuestros enemigos?
 
Hace ya tiempo que una corriente de aire malsano recorre los territorios de medio mundo y, como un Atila moderno, ha hollado la tierra por donde ha pasado, impidiendo salir la hierba de la razón. Esta nociva corriente ha cruzado todas las fronteras y ha terminado por instalarse también en territorio europeo. Y como un caballo desbocado recurre Europa de norte a sur sin que nadie logre detenerlo.
 
Afirman los expertos que el odio es un sentimiento tan común como el amor, aunque, mientras el amor es un deseo de posesión, el odio es un deseo de destrucción, que corroe el alma y que se puede generar de manera espontánea o inducida.
 
Se dice que odiamos a quien imaginamos que nos puede dañar, que lo que más caracteriza al odio es su deseo de destruir, pues construye una reacción defensiva frente a la realidad ajena, percibida como hostil. Aprendemos a rechazar, repudiar  y a excluir todo aquello que nos disgusta, nos repugna o nos causa dolor, todo aquello que consideramos una amenaza. 
 
Se argumenta que el odio, cuando es alentado por sentimientos racistas, religiosos o nacionalistas, es un odio atávico. De hecho, he leído que aprendemos a odiar en los libros de texto a los enemigos de la patria, cualquiera que estos sean.
 
Hace tan solo unos días, mientras esperaba mi turno para quitarme la arena de los pies en las duchas de mi hermosa y ventosa playa, se me acercó un conocido y sin apenas mediar un saludo me soltó a la cara: “estos moros de mierda nos van a invadir, ya verás”. Buscaba mi aquiescencia. No le di pie. Y allí lo dejé rumiando su cólera, que no era tan grande como la de Aquiles, pero se notaba que era producto de esa propagación, de esa continua insistencia por parte de algunos de fomentar el odio hacia el inmigrante, de ese continuo hostigamiento en las redes sociales. 
 
Los canarios hemos sido siempre un pueblo acostumbrado a recibir a gente diversa. Hemos experimentado en carne propia la inmigración, pues no en vano hemos cruzado los mares buscando un lugar donde saciar el hambre y asegurar el pan de nuestros hijos. Hemos aprendido a convivir en paz con gente de muchas nacionalidades. Por eso resulta muy llamativo lo que está ocurriendo hoy día. No termino de entenderlo. Y me pregunto qué ha pasado para que veamos en el otro (que por cierto, siempre es un desarrapado, un pobre entre los pobres) un enemigo por el simple hecho de oírlo hablar en otro idioma o tener un color de piel diferente. Cómo es posible que nos hayamos dejado arrastrar por el discurso del odio, permitiendo que la convivencia salte por los aires. 
 
Es posible que la explicación pueda estar en el papel que han venido jugando unos agitadores interesados en crear malestar con discursos xenófobos, haciendo ver que los otros son los enemigos a batir; los que, dicen, vienen a quitarnos el trabajo; a violar a nuestras mujeres; a robar nuestras pertenencias; a asesinar a nuestra gente; a sembrar el terror entre los nuestros; a aprovecharse de nuestro sistema del bienestar…
 
Es entonces cuando caemos en la cuenta de que tal discurso ha calado con fuerza. Lo malo es que algunos partidos políticos sacarán rédito electoral de ello. Lo demás es secundario. Y así vamos hundiéndonos cada vez más en un abismo del que va a ser muy difícil salir.
 
Sin embargo, cuando logramos ponernos en lugar de nuestro semejante sometido al dolor y a su destino, el odio se desvanece al damos cuenta de que nos vemos reflejado ante su imagen.
 
En la “Iliada”, uno de los dos grandes poemas épicos de la antigua Grecia atribuido a Homero, se narra la cólera de Aquiles y los acontecimientos ocurridos en el décimo año de la guerra de Troya. Seguramente, la muerte de Héctor a manos de Aquiles, sea lo más destacado del poema. Pero la escena más conmovedora de todo el relato es, sin duda, la que se produce entre el padre de Héctor y Aquiles, cuando el primero logra entrar a escondidas en el campamento griego para suplicarle a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo para darle digna sepultura y honrar su memoria; es lo más grandioso que se pueda leer porque nos conmueve el alma. Tanto es así, que Aquiles, una vez calmada su cólera, termina cediendo y, juntos, lloran la muerte del joven Héctor, porque ha sido capaz de ponerse en lugar del otro, ha sentido el dolor ajeno como propio y el gran odio que sentía se desvanece. Ojalá seamos capaces de ponernos siempre en el lugar del otro.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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