Salinas de Fuencaliente. Daniel MeliánHay paisajes que parecen contar su propia historia, las Salinas de Fuencaliente son uno de ellos, con el blanco de la sal sobre el negro de la tierra volcánica y el azul del Atlántico como fondo.
Desde 1967, este rincón del sur de La Palma mantiene una explotación dedicada a la producción artesanal de sal marina. El agua del océano entra en las salinas y va pasando por distintos cocederos y pequeños tajos. El sol y el viento hacen el resto, evaporando poco a poco el agua hasta que aparecen los cristales de sal, que después se recogen de forma manual.
El resultado es un paisaje que cambia constantemente con la luz, entre charcas blancas, tonos rosados, piedra negra y mar abierto. La explotación salinera forma parte de la propia imagen del lugar y de una manera de trabajar que se ha mantenido durante generaciones.
La fuerza de la tierra también está presente. En 1971, la colada del Teneguía quedó a escasos 200 metros de arrasar las salinas. El volcán pasó cerca, muy cerca, pero las salinas permanecieron.
Quizá ahí esté una de las claves de este paisaje. El mar aporta el agua, el sol y el viento permiten obtener la sal y el volcán recuerda que todo cuanto vemos nació del fuego.
Las Salinas de Fuencaliente son mucho más que unas charcas junto al océano. Son un paisaje vivo, trabajado y marcado por la propia naturaleza de La Palma, donde el mar y el volcán llevan décadas compartiendo el mismo espacio.
Moisés Rodríguez Gutiérrez
Imagen: Daniel Melián































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