Mucho hablar de inclusión, pero ¿qué pasa cuando llega la hora de demostrarla?

Moisés Rodríguez Gutiérrez

[Img #40837]Hay situaciones que cuesta creer que sigan ocurriendo hoy en día y esta es una de ellas. Hace unos días me compartieron el caso de un menor de 12 años que, según relata su familia, habría sido rechazado por un equipo de fútbol base después de que se pusiera sobre la mesa su condición y, lo que me parece todavía más difícil de entender, esa cuestión se abordara delante del propio niño, algo que me llevó a pensar que no podía quedarme de brazos cruzados porque hay situaciones que, independientemente de quién las protagonice, merecen ser contadas y puestas sobre la mesa.

 

No comparto esto por buscar protagonismo ni porque pretenda convertir este caso en una batalla personal, lo hago porque durante demasiados años hemos hablado de inclusión, de igualdad, de respeto y de la importancia del deporte para nuestros niños y, sin embargo, seguimos encontrándonos con situaciones que nos recuerdan que todavía queda camino por recorrer. Un niño va a un campo de fútbol para jugar, para aprender, para hacer amigos, para compartir con otros niños y, sobre todo, para disfrutar, no para que una circunstancia personal termine convirtiéndose en una etiqueta que pueda hacerle sentir diferente o menos válido que los demás.

 

Por supuesto que un club tiene derecho a tomar decisiones deportivas y nadie puede pretender que todos los niños tengan que formar parte de todos los equipos, el fútbol tiene sus criterios, sus entrenadores y sus decisiones, pero una cosa es tomar una decisión deportiva y otra muy distinta es la manera en la que se comunica, especialmente cuando delante tenemos a un menor que probablemente no tiene las herramientas de un adulto para entender por qué está ocurriendo algo así.

 

Los adultos no siempre somos conscientes de lo que pueden significar nuestras palabras para un niño y lo que para nosotros puede ser una conversación más o una decisión dentro de un equipo, para él puede convertirse en una pregunta que le acompañe durante mucho tiempo, preguntándose por qué él no, qué tiene de diferente o por qué los demás sí pueden seguir jugando y él no. Detrás de cada ficha deportiva hay un niño, detrás de cada entrenamiento hay una familia y detrás de cada partido hay muchas horas de esfuerzo, ilusión y ganas de seguir creciendo, algo que no deberíamos olvidar nunca.

 

Por eso me parece importante que este caso se conozca, aunque también considero necesario que se escuchen todas las partes y que el club pueda explicar qué ocurrió realmente, cuáles fueron los motivos de la decisión y cómo se produjo aquella conversación. No se trata de juzgar a nadie sin escuchar su versión, sino de poner sobre la mesa una situación que una familia considera injusta y que, como sociedad, nos debería hacer reflexionar.

 

El deporte base no debería servir únicamente para formar futbolistas, también forma personas, enseña a compartir, a respetar, a perder, a ganar, a trabajar en equipo y a convivir con niños diferentes a nosotros. Ahí está precisamente una de sus mayores riquezas y por eso creo que la inclusión no puede ser simplemente una palabra bonita que utilizamos cuando queda bien, sino algo que debe demostrarse en el día a día, también cuando las circunstancias no son las más sencillas.

 

Comparto este caso porque creo que la única manera de frenar este tipo de situaciones que deberían estar superadas es visibilizándolas y señalándolas cuando consideramos que algo no se ha hecho bien. Mirar hacia otro lado siempre resulta mucho más cómodo, pero también es la manera más fácil de conseguir que determinadas cosas sigan ocurriendo.

 

Ojalá este niño pueda seguir jugando, disfrutando del fútbol, compartiendo con sus compañeros y creciendo como cualquier otro niño de su edad, ojalá también que quienes tienen responsabilidades dentro del deporte base entiendan que detrás de cada decisión hay personas y, en este caso, hay un menor que simplemente quiere jugar al fútbol. Espero sinceramente que este caso sirva para reflexionar y, sobre todo, que no volvamos a encontrarnos con una situación parecida, porque hay cosas que cuesta creer que sigan ocurriendo hoy en día y precisamente por eso no deberíamos acostumbrarnos a ellas.

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