
Llega un momento en la vida, normalmente cuando ya tenemos más de una cana o empezamos a contar los años que nos quedan para jubilarnos, en el que solemos hacernos la misma pregunta una y otra vez: «¿En qué momento pasó todo tan rápido?»
Juraría que hasta ayer mismo era solo una niña si no fuera por la cantidad de responsabilidades que pesan sobre mi espalda. Sigo acordándome de cómo me impacientaba ante la idea de tener por fin dieciocho años, de las ganas que tenía de acabar la universidad, de lo nerviosa que estaba ante mi primer contrato de trabajo, de lo mucho que ahorré para comprar mi primer coche... Y, a partir de ahí, todo era trabajar para ganar más dinero y poder comprar más cosas o esperar a tener una mayor estabilidad para poder vivir más tranquila.
Siempre había una meta más allá de la siguiente y, mientras tanto, la vida iba pasando.
Cada día nos levantamos temprano para acudir a un trabajo en el que muchas veces ni siquiera nos sentimos realizados; miramos el reloj deseando que llegue el viernes para salir o descansar; esperamos con ansias la llegada del verano para viajar y, sin darnos cuenta, ya tenemos la mente puesta en las fiestas navideñas. Vivimos siempre pensando en «después», en el «más adelante», en el «para cuando tenga más tiempo».
Pero el tiempo nunca llega y, cuando lo hace, se pasa volando. Porque cuando por fin creemos haber alcanzado aquello por lo que tanto habíamos luchado, aparece otra obligación, otro objetivo, otra responsabilidad que requiere toda nuestra atención. Y así, poco a poco y sin darnos cuenta, nos convertimos en expertos en sobrevivir.
Nos preocupamos por responder a un mensaje que nos acaba de llegar o dar un like a la foto de nuestro amigo y, sin embargo, tardamos cinco meses en llamar a nuestros padres por falta de tiempo. Contestamos rápidamente a la llamada de nuestro jefe —pese a estar de vacaciones—, pero dejamos de jugar con nuestros hijos porque estamos cansados. Sabemos a cuánto está la gasolina o cómo se presenta el panorama político del país, pero no recordamos la última vez que subimos a la cumbre a disfrutar del atardecer.
Discutimos por tonterías; competimos por cosas que dentro de unos años no tendrán la menor importancia; nos enfadamos porque alguien nos adelanta por la carretera mientras la vida, silenciosa, nos adelanta a todos.
Y un día sucede. Así, sin previo aviso.
Un asiento vacío en la mesa durante la cena de Navidad. Dejamos de recibir su mensaje de buenos días. La voz que siempre tuvimos al lado deja de responder. Ya nadie nos coge de la mano. Y es entonces cuando comprendemos que el tiempo nunca se detuvo a esperarnos.
Las arrugas que de repente un día aparecieron llevaban años asomando; nuestros hijos, que antes nos necesitaban para atarse los cordones o nos pedían un abrazo al dormir, hoy apenas tienen tiempo para visitarnos; nuestros padres, aquellos que antes nos parecían invencibles, empiezan a caminar despacio. Y mientras tanto nosotros seguimos dejando todo para la semana que viene, para cuando acabemos el trabajo, para cuando tengamos vacaciones o estemos más tranquilos.
Qué mentiras más bonitas nos contamos si en el fondo sabemos que la vida no es así, que no empieza cuando dejamos de trabajar, ni cuando paguemos la hipoteca o adelgacemos unos cuantos kilos. Al contrario, la vida está en aquel café que compartimos con un amigo, en aquella conversación que dejamos interrumpir por culpa del teléfono, en los minutos que tardamos en visitar a aquel familiar y en la sonrisa de quienes alegramos con nuestra presencia. La vida está en la risa de los amigos, los abrazos de nuestros hijos, los atardeceres que disfrutamos.
Nos pasamos media existencia haciendo planes para un futuro que nadie nos promete y la otra media arrepintiéndonos de ello, y olvidamos el único lugar seguro en el que todo sucede: el presente.
Quizá ese es el mayor error del ser humano: creer que siempre habrá tiempo para todo. Pero el reloj no para y tampoco hace promesas. Solo sigue avanzando.
Tal vez, cuando nos llegue el momento, dejemos de lamentarnos por todo aquello que no hicimos y empecemos a recordar todas las veces en las que la felicidad pasó a nuestro lado disfrazada de momento cotidiano y aun así estábamos demasiado ocupados para darnos cuenta. Así, con un poco de suerte, aprendamos a parar y lo hagamos mejor en nuestra siguiente vida.




























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