Gáldar: el gran estadista del bombillo

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]En Gáldar ha aparecido una nueva categoría de dirigente público: el gran estadista del bombillo. Camina con gravedad institucional, contempla el horizonte con gesto de prócer y parece cargar sobre sus hombros el destino completo del municipio. Quien lo observa podría pensar que acaba de regresar de negociar un tratado internacional, resolver una crisis energética o diseñar el futuro económico de Canarias. Gran alumno adelantado del Señor que va a los Goya. Después se descubre que la gran misión de Estado consistía en comprobar si llegaba la corriente a un puesto del mercado municipal.

 

No debe menospreciarse la tarea. Conseguir que un enchufe funcione tiene su mérito, especialmente en un Ayuntamiento donde cualquier actuación cotidiana puede transformarse en acontecimiento histórico mediante una nota de prensa, tres fotografías y un generoso lanzamiento de purpurina. Lo verdaderamente cómico comienza cuando quien vigila el enchufe adopta la solemnidad del ministro que acaba de conectar dos continentes mediante un cable submarino.

 

Hay responsabilidades públicas que exigen estudiar grandes presupuestos, diseñar políticas sociales, planificar el territorio o afrontar problemas complejos. Otras consisten en procurar que se enciendan los bombillos, que las tuberías no pierdan agua y que los comerciantes puedan conectar una nevera sin dejar a oscuras medio mercado. Todas son necesarias, pero conviene conocer la escala de cada una antes de pasearse por el pueblo como si se presidiera el Consejo Europeo.

 

Cambiar un bombillo no convierte a nadie en Thomas Edison. Apretar la tuerca de una tubería tampoco eleva automáticamente a la categoría de ingeniero hidráulico. Y conseguir que llegue electricidad a un puesto de verduras no merece una estatua ecuestre en la plaza de Santiago. Es gestión municipal básica, de esa que debe realizarse sin trompetas, alfombras ni relatos heroicos.

 

Pero el ayuntamiento de la purpurina posee una capacidad extraordinaria para revestir de epopeya cualquier tarea doméstica. Allí donde una persona sensata ve mantenimiento, la maquinaria propagandística descubre una transformación histórica. Si se enciende una farola, Gáldar avanza hacia el futuro. Si se aprieta una llave de paso, comienza una revolución hídrica. Si funciona un enchufe en La Recova, el comercio local entra triunfalmente en el siglo XXI.

 

En ese ambiente es comprensible que algunos terminen confundidos. Después de verse repetidamente en las fotografías, cualquiera puede llegar a pensar que su rostro forma parte del patrimonio municipal. Tras leer suficientes notas de prensa sobre sus propias hazañas, incluso podría convencerse de que el agua sale del grifo gracias a su intervención personal y que el sol espera su autorización para alumbrar Gáldar cada mañana.

 

De ahí nacen ciertas poses. El pecho se infla, el paso se vuelve ceremonial y el saludo comienza a administrarse como si fuera una audiencia real. Ya no parece un representante temporal encargado de resolver pequeñas necesidades cotidianas, sino el custodio supremo del bombillo público, el guardián de la tuerca municipal y el protector oficial del enchufe galdense.

 

La realidad, sin embargo, es bastante menos majestuosa. Cuando se retiran el membrete, las fotografías y la protección de una mayoría absoluta, solo queda una persona a la que se le ha encargado que algunas cosas elementales funcionen. No decide sobre la paz mundial, no dirige la política económica del Estado y tampoco comanda una flota. Debe procurar que haya luz, que no se desperdicie agua y que los puestos del mercado tengan corriente. Importante, sí; imperial, no.

 

Por eso sería saludable rebajar varios grados la solemnidad. Menos expresión de hombre de Estado y más comprobación del cuadro eléctrico. Menos pose de autoridad y más llave inglesa. Menos sensación de estar gobernando un reino y más atención a la tubería que pierde. La humildad también forma parte del servicio público, especialmente cuando la épica diaria cabe en una caja de herramientas.

 

Nadie discute que los bombillos deban encenderse, las tuercas estén bien apretadas y la corriente llegue correctamente al mercado municipal. Lo discutible es que estas tareas se desempeñen con la pompa de quien acaba de inaugurar el canal de Panamá. El mérito de lo cotidiano consiste precisamente en resolverlo con eficacia, no en disfrazarlo de acontecimiento histórico para alimentar un ego que consume más energía que todas las farolas del municipio juntas.

 

Además, en el pueblo nos conocemos todos. Aquí un cargo no borra la memoria, una fotografía no concede linaje y un despacho municipal no convierte a nadie en nobleza. Por mucha purpurina que se esparza sobre el personaje, debajo continúa estando el mismo vecino de siempre, solo que ahora lleva una carpeta bajo el brazo y cree que es un cetro.

 

Así que tranquilidad, excelencia. Gáldar no espera una encíclica, una cumbre internacional ni un discurso a la nación. Basta con poner el bombillo, apretar la tuerca y comprobar que llegue la corriente. Cuando termine, puede regresar a palacio, también conocido como el Ayuntamiento, donde probablemente ya estén preparando una nota de prensa para comunicar al mundo que el enchufe funciona.

 

Y si algún día necesita un título acorde con tanta grandeza, tampoco hará falta acudir a la Corona. En Gáldar ya puede ser proclamado Su Excelencia, primer marqués del bombillo, conde de la llave inglesa, duque del puesto con corriente y gran caballero de la Orden Suprema de las Seis Farolas. Eso sí: sin tratamiento de alteza, que en el pueblo nos conocemos todos y, por mucha purpurina que brille en las calles, la nobleza todavía no se consigue apretando tuercas.

 

Guayarmina Guanarteme

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