Con motivo de la 30 Cita de la Poesía en Berlín
Hubo un tiempo en el que la poesía hecha en las islas -y la literatura en general de producción isleña-, debía de salir fuera de las islas y encontrar receptores -en forma de padrinos, en masculino, por supuesto- para que se pudiera rozar, digo rozar porque llegar a formar parte de la 'cúspide' literaria era mucho más costoso y complicado, las puertas del olimpo poético de su momento.
Hubo quien salió de tierras canarias para afincarse en la metrópolis con el vano intento de ser reconocido en algún momento como poeta o escritor, no ya canario, que eso era poco menos que un insulto, sino como poeta español. Es más, universal, si procedía y sobre todo, si era auspiciado por sus congéneres literarios.
Hubo quien dudó de su valía como escritor de relatos y versos, y quien también, una vez subido al carruaje dorado del parnaso, renegó de sus orígenes, rehuyó e incluso se permitió denigrar a cualquiera que osara -¡cómo se atreve!- a aspirar algún día a escribir poesía como los grandes, que para eso son los que están en el parnaso, claro. Y no me estoy refiriendo a los siglos pasados, precisamente...
Hay quien hoy en día, en pleno siglo XXI, piensa que poesía es lo que escribe él o su exclusivo círculo de escribientes de versos. Y asientan sus posaderas sobre la 'verdad absoluta de la creación poética', si es que esa cosa tan fútil como poca definida existe o es posible (que ya les digo que mantengo serias dudas al respecto), y utilizan cualquier excusa para relacionarse con ningún otro 'cultivador del verso', sentando cátedra sobre lo que es o no un poema.
Concibo la creación literaria como un ejercicio de crecimiento por supuesto personal pero también colectivo. Y esa colectividad creadora surge de dos cosas: primero de la libertad de cada uno para crear de una manera o otra, con mayor o menor calidad, atendiendo más a los cánones o más alejados de ellos, pero siempre cuidando con cariño de lo que escribe y cómo lo escribe, y teniendo algo que contar mediante los versos. Y segundo, del aprendizaje que supone conocer otras voces, escuchar qué tienen que decir, dejando espacio a la ilustración y a la experiencia que otras personas tienen cuando utilizan la palabra para crear. De una forma u otra, siempre una recibe lecciones, no dogmáticas, sino compartidas, que luego ejercita para crecer en su propia manifestación como creadora.
Se trata de alimentarse de otras voces, no de vampirizarlas evidentemente, sino de escucharlas y retomar ideas para crear tus propias historias en forma de relatos o de poemas. Sumar, compartir, porque pensar que solo lo que tú escribes es único y exclusivo es una falacia. Todos bebemos de todo, y todos creamos a partir de eso. Los temas se agotaron con los clásicos griegos, aunque no así la forma en que cada persona lo pone sobre el papel. Ahí está el destello, el brillo, la luz personal que pueda aportarle cada uno y cada una.
De ese compartir colectivo fue un estupendo ejemplo la 30 Cita de la Poesía Alemania-España-Latinoamérica, celebrada en la ciudad de Berlín y alrededores del 5 al 12 de septiembre. El evento auspiciado hace más de treinta años por el poeta peruano residente en Bernau (Alemania), José Pablo Quevedo, cuenta con el apoyo del poeta alemán Jürgen Polanski y en la organización de Marina Polanski, así como el equipo de traducción conformado por Bárbara Quevedo y Margit Streblow, ya que se publicó una antología con poemas traducidos al alemán y castellano con textos de los participantes.
Además, se realizó un emotivo homenaje al poeta alemán Ulrich Grasnick, referente de la poesía alemana contemporánea, así como se contó con la presencia de una delegación de ocho poetas procedentes de las Islas Canarias (Antonio Arroyo Silva, Isabel Expósito, Mercedes Minguela, Roberto Toledo Palliser, Fermín Higuera, Milagrosa Salgado, María Gutiérrez y Josefa Molina), quienes estuvieron acompañados por el cronista oficial de Gáldar y director insular de Patrimonio, Juan Sebastián López García.
Podría contarles anécdotas e interesantes momentos, como la recepción al grupo de poetas participantes por parte del director del Instituto Cervantes en Berlín, Ignacio Martínez-Castignani, con el que compartimos una reunión de más de hora y media en la que hablamos de poesía contemporánea, de creación y del mundo editorial, así como de las muchas intensas y divertidas situaciones vividas durante los seis días del encuentro, el tercero al que tengo el placer de asistir.
Pero si algo debo subrayar es el nivel poético desplegado tanto por los poetas procedentes de Canarias, como de la Península y de los distintos países de Latinoamérica, que se trasladaron a la Cita, así como del colectivo de poetas alemanes e hispanos afincados en Berlín.
Tanto es así que desde luego el parnaso no tendría nada que objetar sobre los poemas compartidos con el público por los treinta poetas participantes.
He insistido muchas veces en que no soy crítica literaria ni filóloga ni pretendo serlo, pero eso no me excluye de mi capacidad para conocer y descubrir cuando un texto o un poema está bien o mal escrito, cuando arranca un 'ohhh' en la sala, cuando llega o no al público que lo escucha, que es realmente el objetivo de toda persona que escribe, porque publicar poemarios que nunca serán abiertos ni leídos ni saboreados por unos ojos que se emocionan con su lectura, qué quiere que les diga, para mí no siente sentido ni objeto ninguno.
De nada me sirve ganar un premio o publicar diez libros si nadie los lee. Eso es así por mucho que algunas personas quieran rellenar sus currículos literarios de premios y más premios. Qué conste: el premio sitúa, por supuesto que sí, pero creo que lo que mejor sitúa es la honestidad personal y la generosidad hacia las otras personas que escriben, sobre todo si esas personas están aprendiendo a hacerlo. La soberbia es muy fea. Y no ayuda a crecer como persona. Que al final, les recuerdo, es a lo que todas y todos deberíamos aspirar.
Tal vez sea una conformista, que va a ser que no, pero tengo muy clara mi posición sobre lo que busco en este mundo de egos rancios que encierra el ámbito de la creación literaria y del artisteo. Y no es otra cosa que aprender con los demás. Aprender de ellas y de ellos.
Y me siento pletórica cuando descubro que un poema de otra persona me ha emocionado hasta la médula. Habrán otros de esa misma persona que tal vez no lo hayan hecho, pero me basta con ese único poema para saber qué tenía algo que contar y que, además, lo ha contado fantásticamente bien. ¿Quién soy yo o tú o el otro para decir lo contrario? Cada uno es libre de crearse -y hasta creerse- en un parnaso único, residencia exclusiva de unos pocos, los elegidos (en masculino porque suele serlo) de la poesía y permitirse mirar incluso a los demás con el desprecio que, les recuerdo, no define a los demás, sino a ellos mismos.
Por mi parte, prefiero vivir, sentir, disfrutar y actuar en los espacios compartidos. Enriquecerme con la variedad, los matices, las temáticas de sus voces. Que no solo no es poco, sino que es inmensamente más fructífero y valioso a todos los niveles que la retroalimentación endogámica de unos pocos.
Así que sigamos compartiendo y disfrutando porque, al final, será el tiempo y el público lector quien ponga a cada uno en su lugar.
Josefa Molina





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.78