
El hombre de pasos cortos ha sido visto y reencontrado. Y para mí que está distinto y distante. A veces da la sensación como de no querer hablar. En fin, sus razones tendrá. No seré yo el que le lleve la contraria.
Cuando el otro día me abordó para hablar del césped recién cortado y lo que sentía, no pude por menos que atender su petición de ser escuchado. Debe ser que lo necesita. De ahí su ataque: frontal y directo. Luego siguió su camino al acabar de hablar. Y fue testigo la Avenida de Visvique o de La Charca, como la llama Juan Sosa, de sus elucubraciones que iba recitando mientras se alejaba. O eso me pareció. Entonces me acordé de Margarito, que había fallado en su pronóstico. De lo cual me alegré. Sin embargo, nunca se lo reproché ni le indiqué lo contrario. Bastante había hecho el investigador con haberse pateado casi toda La Goleta y el Lomo de San Pedro. Y eso no lo hace nadie ya. Así que enmudecí y actué como si no hubiera sucedido. Más tarde me contó el ínclito Margarito que había supuesto las cosas y que nunca más volvería a ocurrir. “Debe ser la caló” me dijo a principios de agosto, donde nos habíamos convertido en la temperatura más alta de todo el país y la panza de burro había desaparecido desde tempranas horas. Cuando quise darme cuenta, había tomado el caso de nuevo: lo dejé hacer y nunca llegué a decir ni “esta boca es mía y a ti te encontré en la calle”. Creo que el silencio fue mucho más elocuente.
Margarito no solo entendió, sino que comprendió perfectamente: debía ponerse las pilas y emprender de nuevo el camino andado erróneamente. Para ello se sirvió de antiguas decisiones que alumbraron todavía más la investigación. Ahora que el hombre de pasos cortos ha desaparecido de nuevo, nos preguntamos si no es una simple estrategia, donde dejar sentado que todo es pura elaboración o una sencilla puesta en escena. Para cuando comprendió que Margarito señalaba a los repetidores de señales de internet como únicos causantes de los asesinatos cometidos en la tranquila ciudad, no solo era tarde, sino que llevaban el sello de lo misterioso y único: los verdaderos incitadores. Jamás lo hubiese imaginado, pero tanta tecnología sobrevenida resultaba, cuando menos, contraproducente y parecía remar contracorriente. Así que actuó en consecuencia y a favor de la dirección: dispuesto se mostraba a aguantar carros y carretones por mantener aquella idea. No solo fue considerado un adelantado a su tiempo, sino que, además, su prestigio subió como la espuma y parecía aguantar hasta que la espuma se desvaneciera como las líquidas pompas de jabón. Pero cuando eso se produjo, ya nadie recordaba su desliz inicial. Ni la policía local deambulaba por caminos controvertidos.
Margarito mantuvo el tipo y por eso aquella tarde de sábado lo empleó en ir de rebajas a un centro comercial: allí caminaría y viendo y viendo y viendo y tocando y tocando y tocando puso la tarde a sus pies.
Juan FERRERA GIL



























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