Patadas a la pelota y exuberancia léxica
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En el año 2030 España (Gran Canaria…) será sede del Mundial de Fútbol. Con la experiencia adquirida y el interés ciudadano, nadie pone en duda que el acontecimiento bloqueará a medio mundo como sucedió este año. Pero hechos pasados deben servir de aprendizaje y lecciones, pues sucesos de tales trascendencias tienen también su lado carnal, lo cual invita a curiosos apuntes relacionados con nuestra lengua.
(Por cierto: cuando tal actividad deportiva empezó a coger fuerza en España, la purista RAE sugirió infructuosamente la sustitución del anglicismo football por el neologismo balompié a la manera de balonvolea -inglés, volleyball-. Pero los hablantes españolizaron la voz, enriquecieron nuestro idioma y así figura en el Diccionario la palabra, “fútbol”. Y cuando sus protagonistas son mujeres, tal actividad deportiva recibe el nombre de “fútbol femenino”, curiosa distinción frente al practicado por hombres. ¿Existe el fútbol femenino como actividad acto diferente al masculino? ¿O tal vez la única diferencia es el género físico de sus protagonistas?)
Y como (siglo XIX) fue juego reservado para el varón, se barajaron términos masculinos (”balón, esférico, cuero”) referidos a lo que el Diccionario define como ‘pelota grande’, sustantivo gramaticalmente femenino. ¿Por qué? Quizás se imponía la identificación sexo – género gramatical en una sociedad tan rigurosamente machista y lingüísticamente confundida (¿qué características varoniles tiene el sustantivo “trauma”? ¿Qué rasgos de mujer encontramos en “mano”?). No obstante, hay una variante curiosa en “pelota”: su novena acepción la registra el Diccionario (RAE) como vulgarismo (‘testículo’), es decir, uso barriobajero, chabacano, verdulero, tosco… (¿Por que vulgarismo? ¿Cuántos millones de hispanohablantes la usan con tal significado como en “¡Hay que tener pelotas!”?)
Sucede también con obras literarias. A pesar de que fue considerada por algunos puristas como ordinaria, zafia y grosera, la novela Izas, rabizas y colipoterras. Drama con acompañamiento de cachondeo y dolor de corazón lleva la firma de Camilo José Cela, premio nobel (l989) de literatura. ¿Vulgar escritor o, acaso, novelista respetuoso con la espléndida riqueza de la lengua española en tal apartado popular? (Oyose decir, ¡oh Satán!, que pese a “vulgares” contenidos logró pasar la censura franquista, pues le unía gran amistad con Manuel Fraga, a la sazón -1964- ministro de Información y Turismo, de quien dependían la pureza ideológica y moral de las publicaciones. ¡El fundador de Alianza Popular ---> Partido Popular! ¡Que baje Dios y lo vea!)
Y aunque el Diccionario no registra el término colipoterra, sí da los significados de las “vulgares” palabras anteriores. Así, en el habla de germanía (‘jerga de ladrones y rufianes’) tienen otras referencias: la primera remite a ‘prostituta’; la segunda, a ‘ramera muy despreciable’. Y desfilan por las páginas de Cela construcciones como “chais, prostitutas preñadas, vulpejas, zorras”... en exacta coincidencia con tal actividad mercantil.
Además, en el glosario español el campo lingüístico referido a la profesional es amplísimo (¿por qué, angelical lector?): “Puta, furcia, ramera, meretriz, cortesana, buscona, fulana, coima, pelandusca, mesalina, pupila, hetaira, pendón”… Y se usa para referirse a ‘mujeres de costumbres disolutas, concubinas o damiselas’ delimitadas por su trajín comercial, S.A. o S.L.
Si añadimos a este popular (que no vulgar) listado los términos celanos, concluiremos que en lo referente a placeres carnales comprados el campo resulta muy variado y pormenorizado. Es más: incluso algunas locuciones tienen sus orígenes en el tema de la prostitución. Así, “Irse de picos pardos” es ‘irse de putas’, pues las del siglo XVII (por cierto, comercializadas por los municipios) vestían obligatoriamente con faldas pardas marcadas con picos.
Pues bien. Muy poco, por más que se denuncie día tras día, ha cambiado la tradición explotadora. Leí por aquellas fechas que durante el Mundial de Fútbol celebrado en Alemania (2006) cuarenta mil mujeres de tales profesiones y variedades (con todos mis respetos) fueron movilizadas (¡vergonzante trata de seres humanos en el corazón europeo!) para satisfacer convulsiones eróticas, desarretos y desenfrenos apasionados de miles de visitantes (¡incluso llegaron refuerzos!). Así, según oficiales cálculos matemáticos, los apoyos arribados desde el exterior complementaron a las profesionales nativas, acaso nada o poco instruidas en otras visiones.
Yo no sé si para tales menesteres los germanys solicitaron ayuda al también nobel Mario Vargas Llosa. Este, en su novela Pantaleón y las visitadoras (1973), creó un personaje perfectamente alemán: el capitán Pantaleón Pantoja. Instructor nato, sentido matemático del orden, capacidad ejecutiva... son elementos que el Ejército peruano estimó como óptimos para que organizara prestaciones sexuales a los soldados. Su aislamiento en la selva les aceleraba el desenfreno erótico y había creado muchos problemas a las autoridades de la región... (y a las monas). Así, el capitán Pantoja ideará el “Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines”, con ampliación posterior: Marina, Ejército del Aire. Los resultados, obviamente, satisfactorios para todos, jefes y personal de tropa pues, en estas cosas de lo otro, somos todos igualitos.
¡En fin! El deporte de machos, en su concepción más irracional, es cuestión de pelotas y pelotas. (Los catalanes reclamaron 200 000 condones para los JJ OO de 1992. Londres protestó por las restricciones: en dos semanas los deportistas fundieron los 250 000 entregados, Olimpiada de 2012…)
Todo lo expuesto podría, patriota lector, servir como advertencia: en 2030 el Mundial llegará a Gran Canaria. Así, ¿no sería imprescindible levantar un inmenso muro de pureza para evitar las convulsiones llevadas a Londres, Barcelona...? ¿Osará algún listillo revitalizar el estratégico y profiláctico puesto de Manolito el Cambullonero en el Mercado del Puerto, años sesenta-setenta?
Tales comportamientos pueden ocasionar problemas de orden público. Así, si pierde el equipo de algunos ejercientes, ¿les devolverían los euros gastados en el bono 2X1 porque ya no pueden justificar ante la pareja su continuidad en la isla? ¿O los obligarán –como en los viajes con descuentos- a su empleo para no perder lo invertido, por más que tal consumo consuma a jóvenes y mayores a causa de las precipitaciones antes del vuelo retornador?
Otros recurrirán al interés turístico y económico para justificar: los usuarios podrán perder en el fútbol pero, sin duda, regresarían satisfechos y pletóricos, enriquecidos en las papas con mojo, el saber, anatomía, variedades étnicas... Hábiles simbiosis, mercantilizadas combinaciones, tradicional estrategia española (caminemos por ciertos lugares urbanos) que aunaría, como en Naciones Unidas, a todas las razas.
Pero… ¡eso sí!: ¿se percata usted, lector, del extraordinario caudal léxico, palabras españolas (y canarismos como “jervores”, “déjate dil”...) que engrosarán la sabiduría del choni y se expandirán por doquier, incluso por el antiguo Imperio español donde una vez dominaron?
Y todo, por pelotas futboleras o diccionariales. (Por cierto: ¡234,8 millones de euros la remodelación del Estadio de Gran Canaria! ¿De qué servicios prioritarios salen?)
Nicolás Guerra Aguiar




























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