![[Img #43467]](https://infonortedigital.com/upload/images/09_2026/9064_0b6f7c8c-648e-4f2c-9445-e76ab3094440.jpeg)
Creo que a mucha gente le ocurre que oyendo una canción antigua, viendo una foto familiar, incluso un perfume olvidado, de repente evoque el momento vivido con todo lujo de detalles dejando soltar una lagrimilla y un suspiro. A mí me ocurre este efecto proustiano con la vista cuando observo el cuadro que pinté hace tiempo y que ilustra el siguiente relato:
La hoguera de san Juan.
En casa, esta víspera de San Juan desde temprano hay alboroto, las niñas están con mucho misterio en la cocina y, fuera, mis hijos varones se afanan amontonado leña, hierba seca y cuanto arretranco viejo encuentran para la hoguera que harán arder esta tarde en la trasera de la casa. Desean que sea la más grande, la más hermosa de los alrededores y para ello no dudan en preguntar a los vecinos si tienen cosas para quemar. Uno les dio aquella silla coja y carcomida, otro el colchón viejo que asoma, una mujer un saco lleno de camisas secas de piñas de millo, que ellos desparraman sobre el montón para que luzca más. De lejos los vi como arrastraban victoriosos sus trofeos por el camino de tierra, levantando una polvareda impresionante, llegando a casa cubiertos de tierra, incluso con mocos que no tienen tiempo de limpiarse porque ya habrá tiempo luego, en la marea. Por lo pronto, tienen otro ritual pendiente: ensartar en una verguilla las papas y las piñas que tienen preparadas para asar en las brasas.
Después de la Oración, cuyas campanadas de la iglesia se oyen hasta esta costa, nos reunimos todos cerca de la hoguera. Me acerqué al sitio provista de un termo con chocolate calentito para todos y, las niñas, incapaces de esperar a mañana, aparecen con la tarta, un tanto chuchurrúa, que hicieron con aquellos galletones que se chupan el café con leche en un pis pas. Me siento orgullosa y enternecida por sus esfuerzos reposteros, ya irán aprendiendo…
La tarde va declinado y ya se huele a humo y se distingue por los alrededores el resplandor de algunas hogueras. El cielo está oscureciendo y la mar sigue con su incansable y familiar rumor que siempre nos envuelve y nos arrulla.
Todos, callados, miramos con admiración la formidable montaña de objetos inútiles que pronto se convertirá en la más grandiosa hoguera, orgullo de nuestra prole: “su hoguera”, que arderá en esta noche mágica. Su padre es el encargado de prenderla, que procederá con todo el ceremonial que se merece.
De repente, mi hija, la más pequeña, estalla en llanto al descubrir entre el montón el carrito sin ruedas de su muñeca que aún usaba para jugar. Y yo, la tabla de planchar que no encontraba. También observé, casi oculto, aquel perdido y emperretado suéter que alguien regaló a una de mis hijas y echaba de menos. Miré a las caras de mis hijos varones y sólo vi inocencia en ellos, de repente dije en voz alta: ¡fuera lo viejo y viva lo nuevo!
Disfrutamos de una noche de San Juan inolvidable. cantando canciones, contando cuentos de brujas y comiendo aquellos humildes manjares como si fueran los más exquisitos del mundo.
Yo gozaba viéndoles sus caritas tiznadas, pero temiendo a la vez que, seguramente al día siguiente tendría que cambiar las sábanas, por aquello de que si haces fuego por la noche te meas en la cama, pero no me importaba porque tanto su padre como yo, ya intuíamos que disfrutar los momentos de la infancia de nuestros cinco hijos sería de los mayores tesoros que recordaremos, porque cuando menos te lo esperas ya son mayores…
Juana Moreno Molina
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