Microrrelatos. De pequeña quería ser un pez

Una historia de transformación y autodescubrimiento que desafía los límites entre lo cotidiano y lo fantástico.

Olga Valiente Miércoles, 16 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

No una princesa, ni una astronauta, ni una de aquellas cantantes juveniles que aparecían en la tele vestidas con lentejuelas y sonriendo como si la vida fuera maravillosa.

 

Yo solo quería ser un pez de colores.

 

Mi madre decía que era porque había nacido cerca del mar. Mi padre, en cambio, aseguraba que todos anhelamos ser aquello que fuimos en otra vida, algo que al llegar a esta olvidamos.

 

—Tú debiste de ser una vieja sardina —se reía mi madre.

 

Pero a mi padre nunca le hacía gracia. Él siempre me miraba con aquellos ojos suyos, pequeños y oscuros, pero sabios, y decía:

 

—No. Ella era algo mucho más grande.

 

Nunca supe a qué se refería... hasta que cumplí los cuarenta.

 

La mañana de mi cumpleaños me desperté, fui al baño y descubrí una escama en mi hombro izquierdo. Era pequeñita y azul brillante. Al principio pensé que era purpurina procedente de algunos de los disfraces que habíamos usado el día anterior en la fiesta de cumpleaños de mi sobrina; de esa que, por más que te bañes, parece quedarse pegada al cuerpo hasta el día de tu jubilación. Pero cuando intenté quitarla noté que formaba parte de mi propia piel. Estuve un buen rato frente al espejo mirándola con curiosidad, después hice lo que haría cualquier adulto en mi situación: irme a trabajar.

 

Para qué engañarnos, los adultos somos siempre así; da igual que nieve o relampaguee, nos duelan las pestañas o se abra una grieta en mitad del cielo de la que salga Dios para contarnos de qué va la vida: acabamos mirando el reloj y pensando en que no es el momento porque llegamos tarde a trabajar.

 

Así que, pese al gran hallazgo de la mañana, ahí estaba yo, sentada frente al ordenador a las ocho de la mañana en punto, respondiendo correos a las y cinco, enfadada con el resto de los compañeros a las y media y, tres horas después, olvidándome por completo de la escama de mi hombro. Porque el mundo, nos guste o no, sigue girando.

 

A las tres de la tarde volví a casa y, nada más poner un pie en la entrada, el espejo de pared me mostró siete escamas más. Por la noche, ya tenía veinte. Una semana después, tuve que ponerme camisetas de manga larga para salir porque todo mi hombro izquierdo brillaba bajo la luz. Asustada, decidí ir al médico que, después de freírme a preguntas para las que no tenía respuesta, me pidió medio millón de análisis y un sinfín de pruebas que consultó en Gemini y con un segundo médico. Y también con un tercero y un cuarto.

 

Al final, todos estaban boquiabiertos.

 

—No sabemos qué es.

—¿Es grave?

—No lo sabemos.

—¿Voy a morir?

 

Se miraron entre ellos.

 

—Técnicamente, todos vamos a morir algún día.

 

Decidí no volver.

 

Las escamas continuaron extendiéndose por los hombros hasta adueñarse de mi espalda y cubrirme también las piernas. Lo peor de todo —y lo más extraño— es que yo ya no tenía miedo, más bien al contrario. Cuantas más escamas aparecían, mejor me sentía y mejor respiraba y, cuando llenaron por completo mi pecho, empecé a soñar cada noche con el océano.

 

Me veía a mí misma descendiendo a las profundidades y saludando a cada criatura con la que me cruzaba, algunas nunca vistas. Las había grises y brillantes, pero también transparentes o de colores vivos. Y entre todas ellas, había una criatura que siempre aparecía, en cada uno de mis sueños: una sirena. Solía esperarme junto a una grieta situada en el fondo.

 

—Todavía no te toca —me decía.

—¿Todavía no me toca qué?

—Todavía recuerdas demasiado.

—¿Qué tengo que olvidar?

 

Ella me observaba.

 

—Todo lo que crees que eres.

 

Después despertaba.

 

Y así, pasaron los meses. Poco a poco dejé de utilizar vestidos para evitar exponer mi escamosa piel. Dejé de ir a la playa y empecé a buscar trabajos nocturnos que sustituyeran al que ahora tenía. Me daba mucho miedo que me vieran, lo cual resultaba irónico teniendo en cuenta que había pasado cuarenta años de mi vida disfrutando de ser diferente a las demás. Nunca conté nada en casa, hasta que una tarde falleció mi padre. Tenía setenta y seis años. Lo encontré dormido en su cama. Bajo su almohada había una fotografía donde aparecíamos los dos en la playa. Yo tendría seis años y estaba en la orilla.

 

En la parte de atrás de la fotografía había una inscripción:

 

«Vuelve al lugar donde comenzaste solo cuando estés preparada»

 

Aquella misma noche volví a esa playa. Estaba completamente vacía. Me quité la ropa y me metí en el agua. Cuando mi cuello quedó cubierto, sentí algo extraño; una sensación de reconocimiento se coló debajo de cada una de mis escamas. Me sumergí entera y respiré. El agua entró en mis pulmones como si fuera el mismo aire que, segundos antes, respiraba en la superficie.

 

Descendí varios metros. No sabía por qué ni sabía a dónde, pero mi cuerpo y mi mente reconocían el camino. Llegué hasta la grieta y la sirena estaba allí.

 

—Ahora sí —dijo.

—¿Ahora sí qué?

—Ahora puedes elegir.

—¿Elegir entre qué?

 

Ella comenzó a nadar a mi alrededor.

 

—Puedes regresar a la casa terrenal que ya conoces o seguir nadando.

—¿Hasta dónde?

—Nadie lo sabe.

—¿Y qué hay allí?

—Nadie lo sabe.

—No parece una elección muy segura.

 

La sirena pareció sonreír.

 

—La seguridad es una obsesión de los humanos.

 

Permanecí en silencio.

 

—¿Por qué me está pasando esto?

—Porque lo pediste.

—¿Cuándo?

—Cada día de tu vida.

 

Negué con la cabeza.

 

—Yo nunca pedí convertirme en sirena.

—No con palabras y no en sirena, pero tu alma anhelaba la vida de pez que una vez vivió y que todavía recordaba.

 

Entonces me acordé de todas las veces que había deseado escapar, de todas las mañanas que había mirado el reloj esperando a que pasaran las horas, de todas las veces que había dicho «algún día».

 

La sirena tenía razón.

 

Llevaba toda la vida pidiendo escapar.

 

—¿Qué ocurrirá si regreso?

—Volverás a ser humana.

—¿Y las escamas?

—Desaparecerán.

—¿Y si sigo nadando?

—Nunca podrás volver.

 

Pensé durante mucho tiempo.

 

Después ascendí.

 

Cuando salí del agua estaba amaneciendo. Me senté desnuda en la arena y vi cómo las escamas empezaban a desaparecer. Cuando salió el sol, volví a ser humana, pero me sentía diferente.

 

El lunes fui a trabajar y presenté la renuncia. Vendí mi casa y me dediqué a viajar y a escribir. Me enamoré y me desenamoré. Perdí a muchas personas por el camino y encontré otras. Cometí errores y aprendí de ellos.

 

¡Me sentía más viva que nunca!

 

Han pasado treinta años desde aquella noche. Ayer regresé a la misma playa y entré en el agua. Al salir, una pequeña escama apareció en mi hombro izquierdo.

 

Sonreí.

 

Esta vez no intenté arrancarla porque entendí a lo que se refería mi padre cuando decía que todos habíamos sido alguien en otra vida, mucho antes de llegar a esta.

 

Yo todavía no tengo claro lo que fui, pero sigo soñando con el océano, con la grieta y con la sirena y, cada vez que la veo, le hago la misma pregunta:

 

—¿Todavía no?

 

Y ella responde:

 

—Todavía estás viviendo.

 

Entonces me despierto, miro el reloj y sonrío recordando todas aquellas veces en las que quise ser pez para escapar de mi vida hasta que comprendí que lo único que tenía que hacer era dejar de huir.

 

Olga Valiente

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