Haz un gran favor y tendrás un justo castigo

Esteban G. Santana Cabrera

[Img #41017]Hay frases que, por sencillas que parezcan, esconden sabiduría popular. Son frases que no necesitan largas explicaciones porque el día a día termina dándoles sentido. Una de ellas, que quienes me conocen saben que llevo grabada a fuego, me la enseñó hace muchos años mi buen amigo y compañero de profesión, Carmelo Afonso: «Haz un gran favor y tendrás un justo castigo».

Esta afirmación que puede parecer pesimista o incluso injusta, sin embargo, basta con observar la realidad para comprender que la frase no pretende desanimarnos a ayudar a los demás, sino advertirnos de una condición muy humana: cuando un favor extraordinario se convierte en costumbre, deja de percibirse como un gesto generoso para transformarse en una obligación. Y cuando un día no podemos o no queremos repetirlo, aparece la decepción, la crítica o el reproche. Y a la vez, si un día hacemos algo por ayudar a los demás saltándonos las “reglas del juego”, aunque no lo hagamos con malas intenciones, incluso con buenas, se te puede “virar la tortilla” y puedes salir “quemado”.
 

Esta reflexión puede trasladarse prácticamente a todos los ámbitos de nuestra vida. En la familia ocurre con frecuencia. Los padres, movidos por el amor incondicional hacia sus hijos, intentan facilitarles el camino, resolverles los problemas o evitarles frustraciones. Sin embargo, cuando todo se les da hecho, el esfuerzo deja de valorarse y la ayuda acaba siendo interpretada como un derecho adquirido. Y voy más allá, el día que se pone un límite, quienes siempre recibieron apoyo pueden sentir que se les está fallando. Quizá una de las mayores enseñanzas que podemos ofrecer a nuestros hijos sea precisamente ayudarles pero sin hacérselo, acompañarles sin impedir que aprendan a caminar solos.
 

En el ámbito educativo esta realidad resulta especialmente evidente. Los docentes solemos ir mucho más allá de lo que marca nuestro horario o nuestras obligaciones. Dedicamos muchas horas fuera de nuestro horario laboral, buscamos recursos, atendemos a las familias, escuchamos problemas personales y procuramos que ningún alumno quede atrás. Lo hacemos porque creemos en nuestra profesión y porque entendemos la educación como una vocación. Sin embargo, en muchas ocasiones ese esfuerzo adicional pasa inadvertido, mientras que un pequeño error o la imposibilidad de atender una nueva petición recibe todas las críticas. Lo extraordinario se normaliza con rapidez; la ausencia, en cambio, se magnifica.
 

También sucede entre compañeros de trabajo. Quien siempre está dispuesto a resolver problemas, cubrir ausencias o asumir responsabilidades termina siendo, muchas veces, la primera persona a la que se recurre una y otra vez. El riesgo aparece cuando esa disponibilidad permanente genera expectativas imposibles de mantener. Entonces, el reconocimiento desaparece y el agradecimiento deja paso a la exigencia y a la crítica.
 

Y qué decir del ámbito social o político. La memoria colectiva suele ser muy corta. Grandes decisiones, importantes sacrificios o años de entrega quedan fácilmente eclipsados por un único error o por una decisión impopular. Parece que la gratitud tiene menos recorrido que la crítica.
 

En este punto nos convendría recordar a Séneca. En su tratado De beneficiis, el filósofo afirmaba que quien hace un favor no debe convertirlo en una moneda de cambio ni esperar una recompensa proporcional, porque el verdadero beneficio encuentra su satisfacción en el propio acto de hacer el bien. Sin embargo, también advertía de que la ingratitud es uno de los defectos más frecuentes del ser humano. El favor deja de apreciarse cuando se convierte en costumbre y, entonces, quien siempre dio termina siendo juzgado no por todo lo que hizo, sino por aquello que un día dejó de hacer. Es una enseñanza que, dos mil años después, continúa teniendo una sorprendente actualidad.
 

Quizá la mejor interpretación de aquella frase que me enseñó mi amigo Carmelo Afonso sea entender que los favores no deben hacerse esperando reconocimiento. Y que pensemos que a veces hacer un favor en cualquier ámbito de la vida, puede no ser lo mejor, y se te puede volver en contra. La recompensa de obrar bien no siempre llega en forma de agradecimiento, muchas veces reside simplemente en la tranquilidad de haber actuado conforme a nuestros principios. Porque, al final, quien ayuda por convicción nunca pierde, aunque en ocasiones se reciba ese "justo castigo" del que habla la frase.

 

Esteban Gabriel Santana Cabrera 

Maestro de Primaria 

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