La Aldea de San Nicolas, donde todavía manda la romería y no el espectáculo
Allá por 2007 fui por primera vez a la Romería de San Nicolás de Tolentino. Han pasado casi veinte años y todavía recuerdo la impresión que me produjo descubrir una romería que se celebraba en la tarde del día de su Santo Patrón. Aquello ya me llamaba poderosamente la atención, sobre todo al compararla con otras fiestas patronales donde parece que el objetivo principal es buscar artistas de renombre, llenar escenarios y conseguir una gran afluencia de público. La Aldea apostaba, y sigue apostando, por algo que para mí tiene mucho más valor: la solidaridad, la tradición y la participación de sus vecinos.
Celebrar la romería el propio día de San Nicolás de Tolentino le da una relevancia especial. No es un acto más dentro de un programa de fiestas, sino una celebración directamente vinculada al patrón, en la que los aldeanos y aldeanas salen a la calle para rendirle homenaje con sus ofrendas, su música y sus bailes. Por encima de todo, conserva ese carácter popular que debería ser la esencia de cualquier romería.
Durante estas dos décadas he podido comprobar cómo la celebración ha evolucionado y ganado popularidad entre quienes recorren las islas buscando nuestras tradiciones. Sin embargo, ha sabido conservar algo fundamental: sigue siendo cercana, familiar y participativa.
Más de una treintena de carretas llegaron este año hasta los pies de San Nicolás de Tolentino procedentes de barrios, asociaciones culturales, empresas y colectivos. Muchas van acompañadas por grupos de amigos, parrandas y grupos de baile que se incorporan de manera espontánea a la comitiva. Esa espontaneidad es una de las cosas que la hacen especial. Aquí todavía hay espacio para que alguien saque un instrumento, para que una parranda se forme alrededor de una carreta o para que quienes están viendo pasar la comitiva terminen formando parte de ella.
Las carretas merecen también una mención especial. Muchas se convierten en auténticas muestras de imaginación y creatividad, con alegorías relacionadas con la canariedad, nuestras costumbres, nuestra cultura, el mundo rural y nuestras tradiciones. Detrás de ellas hay muchas horas de trabajo y dedicación y, además de transportar los alimentos de la ofrenda, cuentan parte de lo que somos y de dónde venimos.
Mi vinculación con esta romería comenzó de una manera casual, a través de esa última carreta que tradicionalmente cierra la comitiva. En aquellos primeros años tuve la oportunidad de formar parte de la parranda “Siempre los mismos”, que reúne a un buen número de parranderos y parranderas y que, con su particular popurrí dedicado a La Aldea, consigue poner a bailar a prácticamente todo el que se encuentra alrededor. Quién no ha cantado alguna vez junto a ellos Soy aldeano, señor o Vamos a la playa, canciones que se han convertido casi en parte de la banda sonora de esta celebración.
También hay otro aspecto que merece ser puesto en valor: la forma en la que muchos aldeanos y aldeanas viven la tradición a través de su vestimenta. Especialmente las chicas jóvenes participan con indumentarias sencillas, adecuadas y muy bien portadas, alejadas de ese exhibicionismo carnal que, lamentablemente, empieza a hacerse demasiado habitual en algunas celebraciones que pretenden llamarse tradicionales. Aquí encontramos, en muchos casos, elegancia, respeto y un verdadero interés por mantener una imagen vinculada a nuestras costumbres.
Los hombres tampoco se quedan atrás y son muchos los que optan por vestimentas sencillas y tradicionales. Evidentemente, siempre puede aparecer alguna cosa extraña, como ocurre en cualquier romería, pero creo que precisamente por eso hay que destacar lo bueno y no permitir que unas pocas excepciones oculten una realidad mucho más positiva.
Tal vez uno de los secretos de la Romería de San Nicolás esté en que quienes la viven siguen sintiéndola como algo propio. No parece una celebración pensada para convertirse en un espectáculo televisivo ni existe una obsesión por batir récords de asistencia, traer multitudes desde cualquier punto de la isla o convertirla en un escaparate para el visitante. Los verdaderos protagonistas siguen siendo los aldeanos y aldeanas, que disfrutan de su fiesta en familia, con sus vecinos y con quienes llegan desde fuera para compartirla con respeto.
Eso es algo que deberíamos aprender a valorar. Cuando una romería empieza a diseñarse pensando más en la cantidad que en la calidad, cuando importa más cuánta gente conseguimos traer que cómo conservamos nuestras costumbres, corremos el riesgo de convertir una fiesta tradicional en un espectáculo donde quienes la han mantenido viva dejan de ser protagonistas.
Por eso, cuando uno mira hacia La Aldea, no puede evitar pensar que por aquí también deberían tomar nota. A ver si aprendemos a dejar de obsesionarnos tanto con llenar mesas y convocar a gente que viene únicamente a participar en la fiesta sin conocer ni respetar aquello que se está celebrando, y empezamos a confiar mucho más en nuestros propios vecinos, en las parrandas, en los grupos de baile, en las carretas y en quienes llevan años manteniendo vivas nuestras costumbres. Una romería no es mejor porque reúna a miles de personas, sino cuando quienes participan en ella saben por qué están allí.
Allá por 2012 tuve también la oportunidad de implicarme en la organización del primer Baile de Taifas. Digo «hicimos» porque estuve directamente involucrado en aquella iniciativa. En aquella primera edición participaron la Parranda Gáldar Lo Nuestro y la Parranda Pal Porrón, de Lanzarote, demostrando que para hacer grande una fiesta no siempre hacen falta grandes escenarios ni nombres mediáticos. Muchas veces basta con reunir a quienes aman nuestra música, nuestras costumbres y nuestra manera de entender la fiesta.
Casi veinte años después de aquella primera romería sigo encontrando en San Nicolás muchas de las cosas que espero encontrar cuando escucho hablar de una romería: solidaridad, música, baile, convivencia, creatividad y participación. La gente prepara sus carretas, representa nuestra canariedad, se viste para la ocasión, canta, baila y acompaña a su Santo Patrón sin necesidad de que nadie tenga que explicarle cómo hacerlo.
La Aldea no parece querer demostrarle nada a nadie. Simplemente celebra su romería y permite que quienes llegan desde fuera puedan disfrutarla, pero sin dejar que sean ellos quienes marquen el rumbo de la fiesta. En tiempos en los que muchas celebraciones parecen empeñadas en parecerse unas a otras, conservar ese carácter tiene un enorme valor.
Una romería puede crecer, hacerse conocida y recibir visitantes sin necesidad de dejar atrás sus raíces. Puede convertirse en un referente sin perder su esencia y abrirse a quienes vienen de fuera sin desplazar a quienes llevan años manteniéndola viva.
Después de casi veinte años sigo pensando lo mismo que aquella primera vez que llegué a La Aldea: hay romerías que se organizan para que la gente vaya a verlas y hay otras que se celebran porque quienes las viven necesitan sentirlas como suyas. La de San Nicolás de Tolentino sigue estando mucho más cerca de las segundas.
Una tradición no se conserva llenándola de gente, sino cuando una generación es capaz de entregársela a la siguiente sin arrancarle aquello que la hace reconocible. La Aldea ha sabido hacerlo, permitiendo que su romería crezca y reciba visitantes sin dejar de poner en el centro a quienes la viven.
Por eso merece ser mirada con atención. No para copiarla, sino para entender que una fiesta no necesita ser más grande, más multitudinaria o más mediática para ser importante. También puede serlo cuando consigue que quienes participan en ella sigan sintiéndola como algo propio.
Después de tantos años, cuando termina la romería y se apagan los últimos sonidos de las parrandas, no queda solamente una cifra de asistentes ni una imagen para recordar. Queda la memoria de quienes estuvieron, el trabajo de quienes prepararon sus carretas, las voces de quienes cantaron y los pasos de quienes bailaron.
Hay romerías que pasan por un municipio y otras que terminan formando parte de su historia. La de San Nicolás de Tolentino es de estas últimas. Ha sabido abrirse sin desdibujarse, evolucionar sin renunciar a sus raíces y seguir siendo una fiesta que sus protagonistas sienten como suya.
Una fiesta puede tener miles de espectadores, pero cuando consigue conservar ese sentimiento de pertenencia, tiene algo que ninguna cifra puede medir: tiene alma.
Moisés Rodríguez Gutiérrez




























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