
El Charco no es solo agua y tierra acumulada en la cuenca del barranco: es la memoria de mis padres y mis abuelos, la misma piel que ha vestido de ilusión a varias generaciones bajo el sol ardiente de La Aldea.
Mientras el resto del mundo avanza hacia lo efímero y la prisa, para nosotros el tiempo se detiene en cada salpicadura, en cada empujón, en cada abrazo.
Sentí de nuevo el peso del barro envolviéndome, denso y cálido, sujetándome a la tierra como si quisiera recordarme de dónde vengo. A mi alrededor, la multitud en auténtico jolgorio, en una mezcla de risas, cantos, sombreros de paja y cestas de mimbre que no dan tregua al disfrute colectivo.
Vi a un anciano avanzar a mi lado con el agua hasta la cintura, con las manos curtidas por el duro trabajo, buscando, con su cesta de mimbre, en el fondo, la preciada lisa con la misma devoción que cuando era un muchacho; también vi a un niño tropezar para, tras hundirse en las turbias aguas del charco, volver a levantarse entre carcajadas, manchado de orgullo e identidad.
La bandera nacional canaria ondeaba entre el gentío como faro de nuestra identidad. Comprendí entonces que meterte en este charco no es un simple festejo ni un juego de septiembre: es nuestra trinchera para defender nuestra cultura y la libertad.
Yo, Nicolás, me meto aquí cada año porque es un acto de resistencia humilde y ruidoso que me sirve para gritarle al futuro que hay raíces que no se secan, que la herencia de un pueblo no se vende ni se olvida mientras una sola mano siga buscando en la marea atlántica de nuestra historia.



























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