La tecnología debe llegar al campo sin dejar atrás al agricultor
El proyecto AGALDAT puede convertir a Gáldar en un referente de agricultura inteligente si la innovación se traduce en ahorro, rentabilidad y continuidad generacional
Cuando se habla de inteligencia artificial, digitalización o análisis masivo de datos, muchas personas imaginan oficinas, ordenadores, grandes empresas tecnológicas o ciudades llenas de sensores. Pocas veces pensamos en una platanera, una comunidad de regantes o un agricultor observando la humedad de la tierra.
Sin embargo, una de las aplicaciones más útiles de la tecnología puede encontrarse precisamente en el campo.
El Ayuntamiento de Gáldar ha conseguido una subvención de 3,2 millones de euros para desarrollar AGALDAT, un proyecto destinado a la transformación digital sostenible del sector platanero. La iniciativa, financiada mediante el programa RedCyTI y fondos europeos FEDER, pretende utilizar sensores, estaciones meteorológicas, una plataforma central de datos e inteligencia artificial para optimizar el riego.
Las previsiones apuntan a un ahorro de agua de entre el 40 % y el 60 %. En una primera fase se trabajará sobre ocho explotaciones piloto, pertenecientes a las cooperativas Llanos de Sardina y Costa Caleta, seleccionadas por sus diferentes tamaños y altitudes. El proyecto fue presentado a comienzos de septiembre.
La propuesta merece ser valorada porque dirige la innovación hacia uno de los sectores que más necesita adaptarse. El campo canario soporta el encarecimiento del agua, la energía, los fertilizantes y el transporte. También se enfrenta a la competencia exterior, a la incertidumbre de las políticas agrarias y a unas condiciones climáticas cada vez más difíciles.
No obstante, la tecnología no puede presentarse como una solución mágica. Instalar sensores y crear una plataforma digital no garantiza automáticamente la supervivencia del sector. El resultado dependerá de que las herramientas sean útiles, accesibles y estén diseñadas escuchando a quienes trabajan diariamente en las fincas.
Un agricultor no necesita que alguien le explique desde un despacho cómo funciona su tierra. Conoce los cambios del viento, la humedad, los ritmos de las plantas y las dificultades de cada temporada. La tecnología debe complementar ese conocimiento acumulado, no sustituirlo ni despreciarlo.
El proyecto puede ayudar a anticipar las necesidades hídricas de las plataneras y evitar riegos innecesarios. También puede coordinar la demanda de los cultivos con la producción y el almacenamiento de agua procedente de las desaladoras. Si funciona correctamente, reducirá costes y mejorará la capacidad de planificación.
Pero la digitalización también plantea preguntas. ¿Quién será propietario de los datos generados? ¿Qué ocurrirá cuando finalice la financiación europea? ¿Quién asumirá el mantenimiento de los sensores y las plataformas? ¿Recibirán formación suficiente los agricultores? ¿Podrán beneficiarse las pequeñas explotaciones o quedará la innovación concentrada en quienes poseen más recursos?
Estas cuestiones deben resolverse desde el principio. No tendría sentido desarrollar un proyecto tecnológicamente avanzado que, después de varios años, resulte demasiado caro de mantener o difícil de utilizar.
La innovación pública debe medirse por su capacidad para mejorar la vida real. En este caso, tendrá éxito si permite reducir la factura del agua, mantener explotaciones abiertas, aumentar la rentabilidad y atraer a nuevas generaciones hacia el sector primario.
Uno de los mayores problemas del campo canario es el relevo generacional. Muchos jóvenes perciben la agricultura como una actividad sacrificada, inestable y con escaso reconocimiento. Modernizar las explotaciones puede hacerlas más atractivas, pero será necesario acompañar la tecnología con formación, acceso a la tierra, financiación y precios justos.
También debemos recordar que defender el plátano no consiste solamente en proteger un producto comercial. Alrededor de su cultivo existe empleo, paisaje, conocimiento y tejido cooperativo. Si desaparecen las fincas, no perdemos únicamente toneladas de producción: también cambia el territorio y aumenta nuestra dependencia exterior.
La pandemia demostró la importancia de contar con una economía diversificada. Los municipios que conservaban actividad agrícola pudieron resistir mejor determinados impactos que aquellos completamente dependientes del turismo. Esa enseñanza no debería olvidarse ahora.
Gáldar tiene la oportunidad de demostrar que la inteligencia artificial también puede ponerse al servicio de la tierra. No para sustituir las manos del agricultor, sino para ayudarle a tomar decisiones, reducir gastos y enfrentarse a un futuro cada vez más incierto.
Será necesario publicar resultados, explicar los avances y reconocer los errores. Si el ahorro anunciado no se cumple, habrá que saber por qué. Si una tecnología funciona, debería facilitarse su extensión a otras explotaciones y cultivos.
El futuro del campo canario no puede depender únicamente de subvenciones temporales ni de discursos sobre sostenibilidad. Necesita rentabilidad, agua, formación, reconocimiento social y políticas continuadas.
La verdadera inteligencia no estará dentro de un ordenador. Estará en conseguir que la innovación tecnológica dialogue con el conocimiento de quienes llevan toda una vida cultivando la tierra. Porque digitalizar el campo solo tendrá sentido si, al terminar el proceso, todavía quedan agricultores que puedan vivir dignamente de él.
Vidal Bolaños Betancort


























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