¿Por qué seguimos separándonos por edades?

Abraham Ramos Viera

[Img #42597]Hay algo bastante natural en que, a lo largo de nuestra vida, tendamos a relacionarnos especialmente con personas de una edad parecida a la nuestra. Compartimos preocupaciones, intereses, momentos vitales, recuerdos y hasta una forma determinada de hablar. Cada generación va construyendo también sus propios códigos, esas canciones, expresiones, vivencias o acontecimientos que muchas veces no necesitamos explicar demasiado entre quienes los hemos vivido.
 
Y está bien que sea así. En cada etapa de nuestra vida tenemos preocupaciones diferentes y también una forma distinta de mirar el mundo. Tiene incluso una explicación bastante sencilla desde la psicología y desde cómo vamos evolucionando: un niño, un adolescente, una persona adulta o una persona mayor no están viviendo el mismo momento, ni tienen las mismas necesidades, ni observan necesariamente las cosas desde el mismo lugar.
 
Lo que me parece interesante es lo que ocurre cuando salimos de esos espacios de iguales y somos capaces de crear otros en los que se encuentran personas de diferentes generaciones.
 
Durante los años en los que formé parte de la Asociación Vecinal El Labrador de San Isidro pusimos en marcha una actividad que recuerdo con muchísimo cariño. La llamábamos Juegos en Familia y se realizaba los martes. La idea, en realidad, era bastante sencilla. Preparábamos diferentes espacios con juegos de acceso libre, mezclando cosas más nuevas con otras mucho más tradicionales. Había parchís, dominó, Hundir la flota, Scalextric, tenis de mesa, juegos tradicionales… y la gente podía acercarse, cambiar de juego, sentarse con quien quisiera y compartir aquel rato.
 
Y allí ocurrían cosas absolutamente maravillosas.
 
Podías ver a una persona muy mayor jugando al parchís con un niño pequeño y, mientras avanzaban las fichas, aparecía una conversación entre dos personas que probablemente, en cualquier otro contexto, ni siquiera habrían tenido la oportunidad de conocerse. Padres y madres competían con sus hijos en el Scalextric, otras personas enseñaban a los más pequeños a tirar el trompo y, de repente, un mismo espacio estaba lleno de personas de edades muy diferentes compartiendo las mismas reglas y disfrutando juntas.
 
Recuerdo especialmente lo que ocurría con el tenis de mesa. Algunos vecinos de más de setenta años habían pasado largas tardes de su juventud jugando al ping-pong en el desaparecido Teleclub de San Isidro. Cuando volvían a ponerse delante de una mesa muchos años después, los más jóvenes, chicos de catorce o quince años, se sorprendían de la habilidad que todavía conservaban. Ellos llegaban con esa seguridad que muchas veces nos da la fortaleza física de la juventud y descubrían, unas cuantas pelotas después, que la experiencia también cuenta. Y mucho.
 
Aquello tenía algo bonito porque algunos prejuicios se iban cayendo sin que nadie diera una charla sobre ellos. El adolescente dejaba de ver únicamente a “una persona mayor” y encontraba delante a alguien capaz de ganarle con facilidad. Y esa persona mayor también dejaba de tener enfrente simplemente a “un adolescente”. Durante un rato eran dos personas jugando, compitiendo, riéndose y compartiendo algo.
 
Con el tiempo me he dado cuenta de que todas aquellas relaciones surgían de forma espontánea, pero no surgían por casualidad. Habíamos diseñado el espacio para facilitar que ocurrieran. Los juegos eran diferentes, las edades se mezclaban, nadie tenía asignado con quién debía estar y las condiciones estaban pensadas para que el encuentro fuese sencillo, seguro y natural. Después nosotros casi desaparecíamos y eran las personas las que hacían el resto.
 
Creo que ahí hay una reflexión que merece la pena hacer. Muchas veces organizamos nuestra sociedad en compartimentos: actividades para la infancia, actividades para jóvenes, actividades para mayores. Y evidentemente hay momentos en los que eso es necesario y tiene todo el sentido. Pero nuestra vida real no funciona así. Vivimos en familias, en barrios y en comunidades en las que convivimos permanentemente personas de edades muy diferentes.
 
Quizá también nuestras actividades, nuestros proyectos comunitarios y nuestras propias políticas deberían incorporar más esa mirada transversal. No para eliminar los espacios específicos de cada etapa de la vida, sino para crear también lugares en los que esas etapas puedan encontrarse.
 
Porque además el aprendizaje no va en una única dirección. No son solo las personas mayores enseñando a las más jóvenes. Un niño puede hacernos volver a mirar durante un rato el mundo con la curiosidad con la que alguna vez lo miramos nosotros. Un adolescente puede enseñarnos otra forma de entender las relaciones, la tecnología o incluso el lenguaje. Una persona adulta aporta unas experiencias y una persona mayor otras. Todos enseñamos algo y todos tenemos algo que aprender.
 
La vida, al final, es un continuo. Todos hemos sido niños y, si tenemos la suerte suficiente, iremos atravesando muchas otras etapas. Y quizá por eso no tenga demasiado sentido construir siempre habitaciones separadas para cada edad y dejar tan pocas puertas abiertas entre unas y otras.
 
Yo he tenido la oportunidad de comprobar lo que ocurre cuando esas puertas se abren. Cuando se crea un entorno de respeto, de seguridad y de diálogo, el encuentro entre generaciones no solo es posible, sino que aparece con una enorme naturalidad. Y con él llegan la conversación, la empatía, el aprendizaje y algo que para mí es fundamental: sentir que, independientemente del momento de la vida en el que estemos, seguimos siendo útiles y seguimos teniendo algo que aportar al conjunto.
 
Por eso creo que merece la pena crear más espacios así. Espacios donde no importe tanto la edad de quien tenemos delante, sino lo que podemos compartir con esa persona.
 
A veces solo hace falta una mesa de ping-pong, un parchís o un Scalextric para descubrir que entre generaciones aparentemente muy distintas hay bastante más en común de lo que pensábamos.
 
Abraham Ramos Viera
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