De la prehistoria a la edad de los metales

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Ya deben saber, pues lo he repetido en un par de ocasiones, que en cierta ocasión, mi psiquiatra, al verme más p`allá que p`acá, me recomendó que escribiera algunos hechos históricos en clave de humor como terapia para evadirme del desasosiego, la tristeza y ansiedad que causan en mí los acontecimientos presentes y que alteran mi vida cotidiana. No sé si les dije que él no es partidario de mandar medicamentos, a no ser que sea un caso extremo. Y yo, por lo visto, aún no he llegado a eso.
 
Lo que no saben es que no me resulta fácil seguir sus recomendaciones, pero me lleno de paciencia y trato de no pensar en ello sumergiéndome en lo acaecido en el pasado con una mirada diferente. Y así se me pasan las horas y los días empeñado en buscarle el lado simpático de nuestros antepasados. Lo bueno de todo ello es que no les tengo que dar explicaciones.
 
Durante miles de años, los hombres y mujeres del Paleolítico vivieron en cuevas y se dedicaron a la caza y a la recolección de frutos. Luego se dieron cuenta de que no podían seguir el rastro de tanto animal durante kilómetros y kilómetros para regresar a la pequeña comunidad, por lo que se hicieron nómadas. Y se establecían aquí o allí en función de si había más o menos caza, construyendo pequeñas chozas que abandonaban al poco tiempo. 
 
De alguna manera vivían estresados porque los animales no les dejaban tiempo para descansar. Y si querían comer, tenían que correr tras estos como verdaderos corderitos. Esto fue así hasta que, cansados de tanto correr, un día se plantaron y decidieron calmar sus pulsaciones. El hecho coincidió con la domesticación de los animales, pues habían adquirido cierta experiencia domesticando a sus salvajes retoños. 
 
Desde ese día se hicieron sedentarios y, como ya dijimos en otro momento, fue lo peor que les pudo pasar, porque de pronto se vieron metidos en casa sin poder llevar a cabo todas las escapadas que querían, lejos de ellas, haciendo asaderos al calor del fuego y de algunas hienas amigas. Las escapadas las recordarían toda la vida. Por ello, cuando se sentían melancólicos, ahogaban sus penas en litros de cerveza de cebada. Por lo que la afición al alcohol no es nueva. Desde los primeros tiempos las penas se calmaban bebiendo. Esto es un hecho contrastado, no me lo he inventado yo.
 
La Historia nos cuenta (o si no lo cuenta al menos lo intuimos) que los varones se supieron vengar de sus mujeres, pues cuando se establecieron en poblados se pasaban la vida en las tabernas, mientras ellas se dedicaban a la agricultura, a las artes culinarias y a domesticar a sus hijos, labor harto complicada.
Y vivieron felices, ebrios y contentos hasta que otro hecho capital vino a sacarlos de su zona de confort: el descubrimiento de los metales. Este asunto lo trastocó todo, porque se volvieron locos por conseguir tan preciados minerales, hasta el punto de volverlas locas a ellas, y estas, a su vez, los volvieron más locos a ellos. Y ahí seguimos hoy en un sinvivir. Por lo que de aquellos polvos, estos lodos.
 
Dicen los entendidos en la materia que el descubrimiento del oro y del cobre marcó el fin del Neolítico y el inicio de la Edad de los Metales. Primero sirvieron de adornos, pero descontentos con ello, porque les pesaba llevarlos, decidieron fundirlos, a ver qué pasaba, convirtiéndolos en armas y herramientas. Lo malo, lo terrible para la Humanidad fue que revolucionó la tecnología y se expandió tanto el comercio que cambió para siempre la estructura social.
 
Desde ese momento hasta hoy, queridos y queridas lectores, no hemos tenido un instante de sosiego, pues todo el mundo trata de hacerse rico como puede. Diríamos que la fiebre del oro continúa hasta nuestros días.
 
Ustedes lo tomarán a broma, pero la metalurgia junto con el dominio del fuego, hicieron que surgieran inventos como la rueda, el arado y la vela que potenciaron el transporte, de todo lo cual no solo se han beneficiado algunos sátrapas a lo largo de la historia, sino que aún hoy lo siguen utilizando nuestros innombrables “amigos” en la actual guerra del petróleo. 
 
No tengo que recordarles que el descubrimiento de los metales produjo una mayor especialización del trabajo, por lo que surgieron por doquier herreros y artesanos. También provocó el auge del comercio y la aparición de los centros urbanos. Y no quiero insistir en ello, pero es mi deber recordarles que, desde aquellos tiempos hasta hoy, empeñados en la búsqueda de tan viles metales, somos cada vez más infelices. Lo cual es una desgracia tremenda. ¡Con lo bien que lo pasaban nuestros antepasados corriendo tras los animales! ¡Menos mal que, miles de años después, los griegos y romanos convirtieron aquellas cacerías en carreras cuyo objetivo era conseguir una corona de laurel y el aplauso y reconocimiento de sus conciudadanos! 
 
Sin embargo, hoy todo se ha pervertido. Hasta tal punto esto es así que, por ejemplo, muchos de nosotros pagamos para que nos permitan participar en algunas de las innumerables carreras que se celebran cada dos por tres, organizadas por unos listos que han descubierto otra manera de hacerse de oro. El paso del tiempo, que todo lo transforma…
 
En fin, les dejo porque temo quedarme atrás en la carrera de mi particular fiebre del oro. Voy raudo a sellar mi bonoloto a ver si de una puñetera vez me hago rico, que es a lo que hemos venido a este mundo. Al menos eso es lo que oigo a todos los que me rodean, sin distinción de raza, género, creencia o condición.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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