En busca de un nuevo ocaso, sin prisas, simplemente dejando que el tiempo avance al ritmo de la luz y contemplando cómo el Sol se acerca poco a poco al horizonte sobre el Atlántico.
Allí estaba, una vez más, despidiéndose del día con su habitual luminosidad, atravesando la línea del horizonte hasta desaparecer de nuestra vista, dejando paso a la noche.
Un instante que, aunque se repite cada día, nunca deja de ser diferente.
Porque el Sol se va… pero mañana volverá.
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