
Mamá murió un martes. Al día siguiente, llamé a su móvil solo para oír el buzón de voz.
—Ahora no puedo atenderte…
Colgué antes del pitido.
El jueves, volví a hacer lo mismo. El viernes, también. Y así durante varios meses, sin decírselo a nadie. Sabía que no tenía sentido, pero, su voz, aunque fuera grabada, era lo único que me ayudaba a dormir. Hasta anoche.
Marqué su número, cerré los ojos y esperé, como siempre. Solo que esta vez el buzón no saltó. Alguien descolgó. Silencio. El tipo de silencio que se oye respirar. Después, mamá susurró:
—Mi niña, ya puedes dejar de llamarme.
Se me cortó la respiración.
—Mamá...
Quise decirle tantas cosas que no conseguí decir ninguna. La echaba muchísimo de menos. Todavía guardaba su taza favorita en el armario del café y, casi todas las noches, seguía poniendo su plato a la mesa.
—No sé cómo hacerlo sin ti —conseguí decir.
—Como lo has hecho hasta ahora —respondió—. Un día detrás de otro.
Cerré los ojos. Las lágrimas me corrían por las mejillas.
—Te quiero mamá.
La llamada terminó.
Desde aquella noche, nunca más volví a marcar. Aprendí a dormir sin necesitar volver a escucharla y borré su número de favoritos.
Jamás de mi memoria.
Olga Valiente


























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