
Hay tradiciones que el paso del tiempo no consigue borrar porque forman parte de la memoria de un pueblo. La Romería de Los Dolores es una de ellas. Cada mes de septiembre, miles de personas recorren los caminos de Lanzarote hasta Mancha Blanca para encontrarse con Nuestra Señora de Los Dolores, la Virgen de los Volcanes, en una celebración donde la fe, la música, la indumentaria tradicional, las ofrendas y el encuentro entre generaciones vuelven a darse la mano. Para entender el significado de esta romería hay que regresar casi tres siglos atrás, cuando Lanzarote vivió uno de los episodios más dramáticos de su historia y los volcanes cambiaron para siempre el paisaje y la vida de sus habitantes.
Entre 1730 y 1736, Lanzarote permaneció bajo la amenaza de unas erupciones que transformaron una parte importante de la isla. Las lavas avanzaron sobre campos, caminos y poblaciones, cubriendo tierras de cultivo, viviendas y otros elementos esenciales para la vida de los habitantes. La población contempló cómo desaparecía bajo el fuego buena parte del territorio del que dependía. En aquel escenario comenzó a crecer la devoción a Nuestra Señora de Los Dolores, una advocación que terminaría quedando unida para siempre a la historia volcánica de Lanzarote. El Gobierno de Canarias reconoce precisamente que los orígenes de la ermita y de esta devoción están directamente vinculados a las erupciones de 1730 a 1736.
Uno de los episodios fundamentales se sitúa en torno al 1 de abril de 1735. Cuando las lavas se aproximaban a la zona de Tajaste, los vecinos de Tinajo recurrieron a la Virgen y solicitaron su protección. El expediente histórico de la Ermita de Los Dolores recoge que la vecindad se reunió y firmó un oficio para solicitar que Nuestra Señora de Los Dolores fuese mediadora ante las erupciones. Como consecuencia de aquella petición se realizó una procesión desde la ermita de San Roque de Tinajo hasta Güiguan, en Mancha Blanca, llevando un cuadro de la Virgen que pertenecía a una familia de Tinajo.
La memoria popular conserva otro de los episodios más conocidos de esta historia. El 16 de abril de 1736, cuando las lavas continuaban avanzando, los vecinos colocaron una cruz de madera de tea frente a la corriente. Según la tradición, la lava terminó deteniéndose en aquel punto. La historia pasó de generación en generación y aquel lugar quedó unido para siempre a la devoción a la Virgen. La propia administración canaria reconoce el enclave como Sitio Histórico, precisamente por su vinculación con el lugar donde, según la tradición, se detuvieron las corrientes de lava de las erupciones de 1730 a 1736.
Más allá de la tradición religiosa, aquella relación entre la Virgen y los volcanes quedó profundamente arraigada en la sociedad lanzaroteña. La devoción fue creciendo y terminó dando origen a un santuario en Mancha Blanca. No existe documentación que permita fijar con exactitud el año de construcción de la primera ermita, aunque sí consta su existencia documental al menos desde finales del siglo XVIII. La tradición oral sitúa además en 1774 la aparición de la Virgen a la niña pastora Juana Rafaela, quien habría recibido el encargo de recordar a los vecinos la promesa realizada durante las erupciones.
La historia de Los Dolores tampoco quedó encerrada en el siglo XVIII. La devoción continuó creciendo y la celebración en torno a la Virgen fue adquiriendo nuevas formas. El 15 de septiembre quedó vinculado a la festividad de Nuestra Señora de Los Dolores y Mancha Blanca comenzó a convertirse en uno de los grandes lugares de encuentro de la isla. La peregrinación fue tomando progresivamente un carácter colectivo hasta convertirse en la romería que hoy forma parte de la identidad cultural de Lanzarote.
Conviene, sin embargo, no imaginar que la actual Romería de Los Dolores existió desde el principio tal y como se conoce hoy. Las formas de peregrinar fueron evolucionando con el paso del tiempo y las referencias documentales permiten comprobar que a mediados del siglo XX la celebración ya reunía a numerosos peregrinos. Memoria de Lanzarote conserva una reseña de la afluencia al santuario de Mancha Blanca con motivo de la Romería de Los Dolores de 1956, así como el programa de las fiestas de 1955 y una descripción de la romería y de otros actos religiosos celebrados en 1969.
Aquellos documentos permiten seguir la evolución de una celebración que ya ocupaba un lugar destacado en la vida de la isla. La romería fue adquiriendo poco a poco una personalidad propia y, junto a la dimensión religiosa, fueron tomando protagonismo elementos de la cultura popular lanzaroteña. Los peregrinos comenzaron a llegar vestidos con las prendas tradicionales, acompañados por timples, guitarras y otros instrumentos, mientras los carros y las parrandas se incorporaban a un camino que se convirtió también en espacio de convivencia.
El recorrido dejó de ser únicamente un desplazamiento hacia un santuario. Se convirtió en una manera de encontrarse, de compartir, de cantar y de mantener vivas unas costumbres que pasaban de padres a hijos. La romería fue creciendo como expresión de una comunidad que no solamente acudía a la Virgen para pedir o agradecer, sino que también aprovechaba el camino para reencontrarse con sus propias raíces.
La ofrenda ocupa un lugar esencial dentro de esa tradición. Los romeros llegan hasta Mancha Blanca llevando productos de la tierra como muestra de agradecimiento y devoción. Lo que se entrega representa también el trabajo de las familias y la generosidad de quienes participan en la celebración. La ofrenda convierte así la romería en algo que trasciende la propia ceremonia religiosa y recupera uno de los valores más antiguos de las celebraciones populares: compartir.
También el paisaje forma parte de la romería. Resulta imposible recorrer los caminos hacia Los Dolores sin tener presente la historia de los volcanes. La piedra negra, las cenizas, los conos volcánicos y las tierras que durante generaciones aprendieron a producir en condiciones difíciles forman parte del escenario natural de esta peregrinación. La Virgen de los Volcanes no es una advocación separada del paisaje, sino una figura profundamente ligada a la historia de quienes tuvieron que aprender a vivir sobre una tierra transformada por las erupciones.
Por eso la Romería de Los Dolores tiene una personalidad propia. No se trata solamente de llegar hasta una ermita. Cada septiembre, miles de personas vuelven a recorrer un camino que conecta el presente con aquella Lanzarote del siglo XVIII. Los mayores recuerdan cómo se hacía antes, los adultos transmiten sus costumbres y los más jóvenes comienzan a formar parte de una tradición que necesita ser conocida para poder continuar viva.
La romería también demuestra que conservar una tradición no significa convertirla en una pieza de museo. Las formas de participar han cambiado, el número de peregrinos ha aumentado y la celebración se ha adaptado a una sociedad diferente, pero sus elementos esenciales permanecen. La música tradicional, los trajes, los productos de la tierra, las ofrendas y, sobre todo, el camino hacia Mancha Blanca continúan dando sentido a una celebración que pertenece al conjunto de Lanzarote.
La historia de Los Dolores es, en definitiva, la historia de una comunidad que encontró en la fe una forma de enfrentarse a uno de los momentos más difíciles de su existencia y que convirtió aquella memoria en una tradición capaz de atravesar generaciones. Los volcanes cambiaron la isla, pero también dejaron una huella que terminó formando parte de su identidad. La devoción a la Virgen creció entre aquellas tierras negras y, con el paso del tiempo, encontró en la peregrinación una de sus formas más profundas de expresión.
Cada septiembre, los caminos vuelven a llenarse de romeros. Los timples acompañan los pasos, las parrandas ponen música al recorrido, los carros avanzan hacia Mancha Blanca y las ofrendas llegan hasta los pies de la Virgen. El paisaje permanece como testigo silencioso de una historia que comenzó hace casi trescientos años.
La Romería de Los Dolores no es solamente una celebración que se repite cada año. Es memoria, identidad y tradición. Es la unión de generaciones alrededor de una misma devoción y de un mismo territorio. Es el recuerdo de una Lanzarote marcada por los volcanes y de aquellos hombres y mujeres que, ante una tierra que parecía perderse bajo la lava, encontraron un motivo para creer, agradecer y seguir caminando.
Cada romero que llega hasta Mancha Blanca forma parte de una historia mucho más grande que la jornada de septiembre. Camina sobre la memoria de quienes lo hicieron antes, lleva consigo una parte de la tradición recibida y contribuye a transmitirla a quienes vendrán después. La lava pudo cambiar el paisaje de Lanzarote, pero no consiguió detener este camino.
Casi tres siglos después, la Romería de Los Dolores continúa avanzando por los caminos de la isla. La tradición sigue caminando.




























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