Imagen de archivo. (Foto: Ayuntamiento de Teror)La festividad de la Virgen del Pino no comienza al llegar a la Basílica. Empieza mucho antes, cuando las familias preparan el camino, recuperan antiguas promesas y vuelven a recorrer una ruta que une generaciones, municipios y recuerdos.
Hay caminos que no se recorren únicamente con los pies. Se caminan también con la memoria.
Cada septiembre, cuando Gran Canaria comienza a mirar hacia Teror, miles de personas preparan sus mochilas, buscan un calzado cómodo, organizan el recorrido y deciden desde qué punto comenzarán a andar. Algunos parten desde sus propios municipios. Otros se incorporan desde lugares como Tamaraceite, Arucas, Firgas, Valleseco o San Mateo. Hay quienes caminan durante horas y quienes solo pueden recorrer el último tramo.
Todos terminan avanzando hacia una misma plaza.
La peregrinación a la Virgen del Pino forma parte de esas tradiciones que no pueden explicarse únicamente mediante un programa oficial. Para comprenderla hay que haber visto las carreteras llenas de personas, escuchar las conversaciones durante la madrugada y observar cómo alguien que llega agotado parece recuperar las fuerzas cuando distingue las torres de la Basílica.
También hay que escuchar las historias familiares.
La madre que camina por una promesa relacionada con la salud de un hijo. El hombre que regresa a Teror para agradecer que superó una enfermedad. La familia que lleva décadas realizando el mismo recorrido. El joven que participa por primera vez sin tener todavía demasiado claro si lo mueve la fe, la tradición o el deseo de compartir el camino con sus amigos.
Cada peregrino lleva una razón diferente.
Algunos entrarán en la Basílica y rezarán en silencio. Otros dejarán una flor. Habrá quienes contemplen a la Virgen desde cierta distancia y recuerden a una madre o una abuela que ya no está. También acudirán personas que no se consideran creyentes, pero reconocen en la festividad una parte esencial de la memoria de Gran Canaria.
Eso es precisamente lo que hace grande al Pino: su capacidad para reunir sensibilidades diferentes alrededor de una tradición común.
La historia sitúa el origen de la devoción a finales del siglo XV. La tradición popular cuenta que la imagen apareció en lo alto de un gran pino en 1481, en el espacio donde con el paso de los siglos se consolidaría la Villa Mariana de Teror. Aquel árbol desapareció durante un temporal en 1684, pero la devoción ya había echado raíces mucho más profundas.
Teror fue creciendo alrededor de la Virgen, de las peregrinaciones y del encuentro de personas llegadas desde diferentes lugares. La coronación canónica de la imagen tuvo lugar en 1905 y en 1914 fue declarada patrona de la Diócesis de Canarias. La actual Basílica y todo su entorno histórico terminaron convirtiéndose en uno de los principales referentes religiosos, culturales y patrimoniales de Gran Canaria, según recoge la cronología histórica del Ayuntamiento de Teror.
Pero el Pino no vive únicamente dentro de los documentos históricos. Vive en las fotografías familiares, en las medallas heredadas, en las promesas pronunciadas en voz baja y en las personas que cada año dicen que no volverán a caminar porque la edad ya pesa, pero terminan buscando nuevamente la manera de llegar.
Este 2026 las fiestas poseen, además, una dimensión especial. La imagen de la Virgen descendió de su camarín el sábado 5 de septiembre para permanecer más cerca de quienes acuden a visitarla. Este domingo 6, la Basílica acoge la ofrenda poética, mientras Teror reúne agrupaciones de todas las islas en el Encuentro Folclórico de Gran Canaria.
El lunes 7 llegará uno de los momentos más esperados: la Romería-Ofrenda. Desde las 15:30 horas, las carretas y agrupaciones de los 21 municipios de Gran Canaria, acompañadas por representaciones de las ocho islas, recorrerán el trayecto desde el Castañero Gordo hasta la plaza. El martes 8 se celebrará el Día de Nuestra Señora del Pino, con la solemne eucaristía al mediodía y la procesión por las calles del casco a las 13:00 horas. El programa religioso continuará con el novenario hasta el 16 de septiembre, de acuerdo con la agenda oficial de las fiestas.
La Romería-Ofrenda, tal como la conocemos actualmente, comenzó en 1952 por iniciativa de Néstor Álamo y con el impulso del Cabildo de Gran Canaria, el Ayuntamiento de Teror y la Basílica. Desde entonces, cada municipio prepara una carreta, una representación folclórica y productos destinados tradicionalmente a una ofrenda solidaria.
Pero lo más importante no debería ser únicamente la belleza de las carretas o la calidad de las agrupaciones. La ofrenda tiene que conservar su sentido humano. Los productos entregados representan el esfuerzo del campo, el trabajo de las familias y la voluntad de compartir con quienes más lo necesitan.
Si perdiera esa dimensión, la Romería correría el riesgo de convertirse en un desfile de vestimentas tradicionales sin el significado que le dio origen.
El Pino también es una celebración de los oficios y costumbres de Canarias. En las carretas aparecen productos agrícolas, aperos, cestería, cerámica, labores artesanales y elementos representativos de cada municipio. La música y el baile muestran formas distintas de entender el folclore sin perder la raíz común.
Desde el norte de Gran Canaria, la vinculación con Teror es especialmente intensa. Arucas, Firgas, Moya, Guía, Gáldar, Agaete y los municipios de las medianías mantienen sus propios caminos, recuerdos y formas de participar. Cada carreta cuenta una parte de la isla y cada agrupación lleva hasta la plaza un fragmento de su municipio.
La peregrinación también necesita responsabilidad. La fe no protege automáticamente del cansancio, la deshidratación, una caída o un accidente. Caminar hacia Teror exige utilizar recorridos seguros, llevar agua, evitar el consumo excesivo de alcohol y respetar las indicaciones de los servicios de emergencia.
Para los días principales se ha preparado un dispositivo integrado por más de 600 profesionales de seguridad y emergencias. También se han establecido restricciones de tráfico y vigilancia en los senderos. La empresa Global prevé trasladar a unas 65.000 personas durante los días 7 y 8, con más de 200 guaguas preparadas para el momento de mayor demanda después de los fuegos artificiales, según la información ofrecida por Global y el Ayuntamiento de Teror.
Cuidar a los peregrinos también forma parte de la celebración. Detrás del dispositivo se encuentran policías, sanitarios, conductores, voluntarios, trabajadores municipales y profesionales de emergencias que pasarán muchas horas pendientes de los demás.
También están los vecinos de Teror, que ven cómo su municipio transforma completamente su ritmo durante varios días. Abren sus calles, soportan restricciones, atienden establecimientos y colaboran para recibir a miles de personas. Su esfuerzo no siempre aparece en las imágenes oficiales, pero resulta imprescindible.
El Pino es fe, música, baile, encuentro y celebración. También es olor a chorizo de Teror, pan, café de madrugada, puestos, voladores, campanas y conversaciones entre personas que quizá no vuelvan a coincidir hasta el año siguiente.
Pero, sobre todo, es memoria.
Cuando alguien llega a la plaza después de caminar durante horas, casi nunca llega solo. Aunque no pueda verlos, caminan a su lado quienes le enseñaron aquella tradición: los padres que lo llevaron de niño, los abuelos que hablaban de antiguas peregrinaciones y las personas ausentes a las que se sigue recordando delante de la Virgen.
Por eso los caminos hacia Teror nunca están completamente vacíos.
En ellos permanece la huella de quienes caminaron antes que nosotros y la promesa de quienes continuarán haciéndolo cuando ya no podamos acompañarlos.
Vidal Bolaños Betancort






























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