
Hay lugares que terminan formando parte de la memoria de un pueblo sin que nadie se lo proponga. Lugares que permanecen mientras las generaciones cambian, acompañando la vida cotidiana casi en silencio y guardando entre sus piedras una parte de todo aquello que han visto pasar. En Gáldar existe uno de esos rincones y está en el corazón de la Plaza de Santiago, donde la fuente lleva décadas formando parte del paisaje y de la vida de la ciudad.
Hubo un tiempo en que la plaza tenía su propio ritmo y la fuente era uno de los puntos alrededor de los que transcurría buena parte de aquella vida. Las tardes de domingo se llenaban de paseos y encuentros, alrededor de ella se mezclaban generaciones, unos caminaban, otros permanecían sentados y los más jóvenes buscaban cualquier ocasión para cruzar una mirada con quien despertaba su interés. Allí se hicieron amistades, comenzaron noviazgos, se compartieron confidencias y se dejaron pasar tardes enteras, porque entonces encontrarse con alguien no dependía de un teléfono móvil ni de un mensaje previo, muchas veces bastaba con acudir a la plaza.
También están los recuerdos propios, esos que no aparecen en ningún documento pero que son los que verdaderamente dan significado a un lugar. Antes de que existiera el parterre que hoy rodea la fuente, aquel bordillo formaba parte de la plaza y también de nuestra infancia. Allí nos sentábamos mis coetáneos y yo, compartiendo largas tardes, hablando de nuestras cosas, riendo, viendo pasar a la gente y dejando que el tiempo transcurriera con aquella tranquilidad que tenían aquellos años. Entonces aquel bordillo era simplemente nuestro lugar de encuentro, sin saber que con el paso del tiempo acabaría convirtiéndose en parte de nuestros recuerdos.
La fuente estaba allí antes de nosotros y continuaría allí después, como un hilo que une unas generaciones con otras. Cambiaron las personas, las costumbres y las formas de relacionarse, pero ella permaneció como una referencia de la plaza. También fue testigo de las fiestas, cuando la Plaza de Santiago se transformaba y, durante una época, la fuente quedaba integrada en la decoración y en los escenarios que se levantaban para aquellas celebraciones, formando parte de una imagen que hoy también pertenece a la memoria de quienes las vivieron.
No todo lo ocurrido alrededor de la fuente pertenece, sin embargo, a esa memoria amable. En las últimas décadas no ha sido un lugar destinado a recoger agua para el consumo ni mucho menos para bañarse, aunque algunos hayan decidido utilizarla de manera poco apropiada. Incluso hubo celebraciones después de algún logro deportivo en las que terminó convertida en un improvisado lugar de baño, una imagen que puede formar parte de la anécdota, pero que también invita a reflexionar sobre el respeto que merecen estos espacios. El contraste llegó a ser todavía mayor durante el último Mundial, cuando el poco civismo de algunos desaprensivos llevó a arrojar sillas dentro de la fuente, una imagen difícil de conciliar con todo lo que este rincón representa para la historia y la memoria de Gáldar.
A pesar de todo, allí continúa, resistiendo al paso del tiempo y a las transformaciones de la plaza. Sigue cumpliendo su función arquitectónica y continúa siendo uno de los elementos que definen la Plaza de Santiago, pero también cumple hoy una función mucho más sencilla y natural, servir de punto de agua para las aves que habitan y frecuentan este espacio. Después de tantas generaciones, la fuente sigue formando parte de la vida de la plaza.
Por eso, cuando uno vuelve a mirarla después de tantos años, ya no ve solamente piedra y agua. Aparecen aquellos domingos, las personas dando vueltas alrededor de ella, las conversaciones, las fiestas y también los recuerdos de una infancia en la que aquel bordillo era simplemente un lugar donde sentarse con los amigos y dejar pasar la tarde. Todo eso forma parte de la historia de un rincón que ha cambiado poco en su apariencia, pero que ha visto cambiar casi todo lo que ocurría a su alrededor.
Hoy la fuente continúa allí, en el mismo lugar, mientras unas generaciones se marchan y otras llegan, dejando sus propias historias alrededor de ella. Sigue viendo pasar la vida de Gáldar, en silencio, como lo ha hecho durante tantos años.
Moisés Rodríguez Gutiérrez
Imagen: Daniel Melián






























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