
Confieso que he leído a destiempo el cómic de Carlos Giménez, Paracuellos, Reservoir Books, Barcelona, 2025, en el que un grupo de niños vivían e imaginaban otro tiempo, otra historia marcada por las estrecheces de aquella España franquista, que algunos ahora parecen añorar sobremanera.
Y me ha dejado impresionado porque el artista ha reflejado lo que eran unos niños, sin trampa ni cartón, con sus aventuras cotidianas y tan llenas de sabor. No solo el caricaturista actúa como un niño chico, sino que su manera de ver y opinar se proyecta mucho más allá de su tiempo, al que ha superado ampliamente. No todos lo pueden decir. Por eso Carlos Giménez es como es: intratable e insuperable. Los niños que vivieron en los Hogares de Auxilio Social son los verdaderos protagonistas. Por eso dicen lo que dicen y hacen lo que hacen, en una España ya olvidada y felizmente superada. De momento.
Así que lo que dibuja Carlos Giménez es un retazo de historia que pretende quedarse con nosotros. En un futuro este libro que, por cierto, hay que leer apoyado en una mesa, es mucho más que un recopilatorio de relatos y será siempre considerado como imprescindible: se ha convertido en una declaración de intenciones del autor que persigue el quedarse con nosotros. Y para mí que el dibujante lo consigue. O ese es mi deseo.
Indudablemente, las historias contadas admiten el calificativo de cotidianas, fruto de que en aquellos años, donde el hambre reinaba por encima de todas cosas, las preocupaciones y motivaciones de los chiquillos eran las que eran. Para eso había venido el Movimiento Nacional, una especie de Inmovilismo Permanente que hacía de las suyas y no dejaba crecer nunca la hierba. No solo no hacía nada, sino que originaba una manera de actuar extraña y rara. Quizás por eso Carlos Giménez ha retratado fielmente a su generación de desamparados donde el TBO ocupaba un lugar relevante.
En cualquier caso, los dibujos de Carlos Giménez son mucho más que simples dibujos: son la constancia fiel de una peculiar manera de mirar, y opinar, en la que nada tiene el color por el que se mira. Tal vez por eso sus dibujos e historias son contadas en blanco y negro.
Este enorme libro, con un valor documental incalculable, vale la pena. Sí.
Juan FERRERA GIL





























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