Microrrelatos. Estanterías

Un recorrido nostálgico por la memoria, los objetos y el paso del tiempo en la vida cotidiana.

Fernando Tocino Viedma Lunes, 07 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:
Fernando TocinoFernando Tocino

A lo largo de los años, he tenido la suerte y el propósito de llenar las estanterías heredadas de mi familia, con libros, cómics, revistas varias y el flejote de libretas acumuladas y escritas reflejando mis sentires, opiniones, reflexiones y un vasto elenco de sensaciones sobre diferentes temáticas.

 

Cierto tiempo después entendí que las estanterías tenían un límite que soportar. Gritaban descosidas como un espía siendo torturado y deseoso de guardar sus secretos, pero a la vez queriendo acabar con la angustia de tanto y tan doloroso meneo.

 

Al calor de sus reivindicaciones, accedí a comprar nuevas compañeras de viaje que ayudaran a repartir el peso y la carga de tantas historias, paisajes, ideas, mundos y ficciones que se alojaban en las diferentes baldas, más de nueve, de ese mobiliario que empapelaba la mayoría de las paredes de mi chabolo.

 

Decidido y con ganas de solucionar esta paradoja, me puse manos a la obra en el armado de mis nuevas estanterías y el vaciado de ellas. La tarea se me antojaba tediosa y bostezante, pero necesaria para darles a mis libros y demás papiros, el soporte y el hogar que necesitaban para perpetuarse en el tiempo con la mejor calidad de vida posible. Les quedaba todavía una vida por delante, ya que mi deseo tenía el objetivo de ser cedidos y darlos en herencia para con mi gente querida - mis dos hijos y de seguro, alguien más. Tal importante misión requería de un trabajo pausado, limpio y escrupuloso como quien transporta los cofres y relicarios listos para ser aireados en los lugares de culto y remembranza.

 

Tocaba descargar en flejotes de 3 o 4 libros, todas las baldas de las repisas y apilarlos en el suelo a modo de rascacielos de Manhattan. Pasadas varias horas, más de nueve, mi salón recreaba la maqueta de La Cité de Paris. Alturas, grosores, colores, revestimientos, cercanía de torres, pasillos estrechos entre ellas. Era como tener una gran ciudad en miniatura dentro del salón del “chossso”. Estuve a punto de ¡shiaaaa!, de sacar mis cajas de zapatos (marca botas del Gallo) que guardaba como el tesoro de Golum, la friolera cantidad de 30 cochitos de la marca Matchbox: grúas, camiones, motos, hormigoneras, guaguas, coches de policía, coches de carreras, etc. Faltó un “chinguío” para ponerme a jugar y colocar mis cardúmenes de cuatro ruedas en los diferentes pasillos que se crearon al amontonar mis libros. Deseaba colocar e imitar, los ruiditos (shiannnnnn) y las escandaleras de mis autos en voz alta y, arrodillarme para así tener una mejor perspectiva de la planificación urbanística de mi pequeña ciudad. Pero no. Volví a lo mío, si bien me quedé con una magua del carajo. No le hice caso al pibito que todavía llevo dentro.

 

Una vez desmontadas todas las estanterías, las enrredinas y las julagas de pelo pululaban por todo el salón, chocando entre ellas y rendidas a merced de las corrientes de la brisa de los alisios que entraban por las rendijas de mis ventanas. Debo reconocer que el Far West y Lee Van Cleef se me asomaron a mi pensamiento, y otra vez, a punto de sacar mis cartucheras y mi poncho de Pancho Villa, pero mi caballo se lo habían llevado los Pawnies o los Cherokees. No recuerdo bien quiénes fueron. ¡Vamos, Los Indios!

 

Hacía la tira de años que no veía las paredes de mi “sweet home” al desnudo. Curioso comprobar como el paso de los años van debilitando y atenuando, la viveza y el brillo de los caniplás de colores de mis muros. Muros, marcados con cicatrices de las sombras y rozamientos dejados por las estructuras de los muebles, casi dejándolas ver como un fotograma en negativo, más bien diría, una radiografía que al trasluz deja ver los esqueletos y las estructura de todo. Noté similitudes y comparaciones claras con nuestras vidas con sus luces y sombras, sus cicatrices. El paso del tiempo nos quita brillo y luz a modo de desgaste, y las radiografías nos recuerdan los achaques y los cientos de huesos que crecieron y que menguaron. Platón y su mito aletearon mis lóbulos encuevados. Vidas llenas como roperos y traseras de muebles descoloridos y flonflis. Paradoja de lo que vemos y lo que no vemos, si bien forman parte de la unidad. (Por cierto, a ver si la izquierda de este país se pone las pilas)

 

En mi “planning” ordenado y detallado, tenía todos los pasos a seguir para acometer semejante traslado vital, barrer el espacio desalojado por el “furniture” - ¡Ni mopa ni mopo!-dije al más puro estilo de lenguaje inclusivo que utilizaría mi querida viejita Lola y la abuela de mis hijos, Merceditas de Schamann.

 

Balde, fregona, agüita dulce del chorro o de la llave y un tanganazo de “VIM o AJAX fregasuelos” para atufar las dependencias con fragancias de pino canario, tilo, vinático, brezo, faya, y toda la laurisilva entera de la Macaronesia. Ya la brisa se encargaría de orear y secar el piso en las condiciones acordadas por la Asamblea de Viejitas del mundo. La brisa nos endulzaba el carácter y nos atemperaba nuestra manera de percibir nuestro entorno y manera de sentir e incluso de relacionarnos. Eso lo aprendí del libro “Natura y Cultura” que mi profesora de Biología en Bachiller (Universidad Laboral), mi admirada y querida Loreto, nos mandó a leer y a interiorizar hasta la médula espinal. Con el tiempo recibí el mismo consejo desde la Filosofía, mi apreciado profesor Miguel Ángel Robayna, si bien implementó su bibliografía con algo de Frank Fannon y José A. Alemán Hdez, “Canarias hoy” (año 77). Ossss!!!!, nunca olvidaré su famosa frase - “muchos hombres solo tienen semen en el cerebro”. Empecé a intuir, con el paso de los años, cosas importantes.

 

La piba de “La Casa de las Pinturas” me comió la bola sin tino con el tochazo de colores de su catálago. - ¡isuuus, vemaría! Yo solo quería repintar y adecentar mis paredes con “rojo inglés” o en su defecto, un “terracota rojizo” recordando los terruños y laderas de Firgas y sus montañas. Aprendí que hay cinco mil rojos, todos con sus apellidos. Apellidos tales como “Rojo tamil, granadina, encarnado flojo, magenta, rojo taponazo de un balón de fútbol en tol careto o “rojo del grano o totufo que te salió como daño colateral de los pajotes que te hiciste el último mes”. La mistura de colores y sus matices también nos definía como personas- pensé. Al fin y al cabo, el arco iris y sus entrelíneas generan riqueza humana y tolerancia. Cada color forma parte de los restantes y, ¡vira y vuelta! El catálogo de colores no fue una casualidad. Fue la piedra que hilvanó la manera de entender y de entendernos. Paleta de colores que forma parte de cada uno de nosotrxs. La pirámide de cristal que descompone el haz de un rayo de luz que nos convierte en muchos colores, sentires y alumbramientos. No recuerdo quién descubrió y realizó ese experimento. Pero, seguro que no me equivoco. Fue Pink Floyd en los laboratorios “The Dark Side of the Moon”. Fijo que sí.

 

Armé y monté todas las estanterías siguiendo con disciplina marxista-leninista las instrucciones de montaje. Centralismo democrático porque lo dice las instrucciones (¡oh pispito!) Reconozco que me sobraron quince tornillos, cuatro arandelas y par de tacos de pared “blanco nuclear”. Aquello furulaba bien y tenía estabilidad. Las clases de “Hogar” en 2º de BUP eran la hostia de buenas.

 

Ya quedaba muy poco. Todo limpio, todo bien montado, profesionalidad a raudales, olores y fragancias propias, despistes los justos. Vamos, que todo respondía al minimalismo necesario y no abusar del exceso de detalles y recargos rococó. Todo gracias a mi querido Christian Centofanti por su talentosa reflexión que me guía al fallo “más vale un me supo, que un emboste” (Bajista poderoso de The Papas and The Mojo)
 

Sin embargo, no tenía nada planificado de cómo iba a colocar los libros y papeles en las maderas. A bote pronto, pensé, lo haré por orden alfabético o por tamaños quizás. Mejor por temáticas o por colores, ¿no? Quizás mejor por el grosor de los libros y demás o por el año de edición, por países, por culturas, por ideología, por olores…- ¡Joder, vaya come-come de cabeza! ... Cada criterio me retraía a similitudes y experiencias. Cada uno de esos criterios formaban y forman parte de uno y del resto también. Al fin y al cabo, todos aportaron semillas, consenso, disenso, amor, vida, enfados… Un abanico de colores, vivencias y experiencias que moldearon a este caballero con la armadura abollada y sucia.

 

Los coloqué semanas después. No los miré, no los interrogué. El libre albedrío. Se colocaron solos. Buscaron su espacio de libertad y respeto.

 

El salón y las demás dependencias quedaron espectaculares. Mientras tanto, reviso mi revista de “Discoplay” y “El Círculo de Lectores” para seguir trayendo a casa la riqueza que me alimenta.

 

PD: Reconozco que dejé una esquina organizada y bien definida con una etiqueta verde chillón anclada con una chincheta, “Libros de amor”. Se lo debía a Mario Benedetti

 

Fernando Tocino Viedma… Agosto del 2026

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