Cantaba tan dulce y tan incansable porque cantaba para Sayonara, la protagonista de “La novia oscura”, una joven mestiza de belleza enigmática y salvaje que llega al barrio de La Catunga, en el pueblo petrolero de Tora (hoy Barrancabermeja), donde transcurre la acción de la novela.
Y el canto del pájaro no tenía fin. De ahí su nombre.
De Sayonara decía otro personaje principal, llamado Todos los Santos, que el robusto aroma del café se escapaba del chorote, o sea la cafetera, y llegaba hasta su catre para despertarla; que si las estrellas fugaces se descolgaban del cielo, era para traerle noticias de otras errancias; que si los nardos enervaban la quietud de la tarde con su oleoso olor a resurrección lo hacían sólo para verla sonreír.
Todos los Santos aseguraba que Sayonara seguía caminando por la vida sobre alfombra roja, pues era una presumida. Y la reprendía diciendo que no aspirara a ser monedita de oro, ni que tuviera la osadía de querer que el mundo la quisiera.
La colombiana Laura Restrepo (1950) es la autora de esta novela, cuya portada vemos en el encabezamiento del artículo, publicada en 1999. La escribe desde el punto de vista de una periodista, con prosa satírica, irónica y mágica, aunque sin tanto adorno propio del realismo mágico, combinando un tono poético con el crudo realismo de la vida, utilizando frases y palabras ilimitadas, que uno entiende por el contexto, como por ejemplo: “lo crisparon con el nombre de Sacramento”; “lo puyaban diciéndole hijo de los callejones”; “carajín del monte”; “caracuchos”, que es una planta; “jacamar”, un pájaro; chauchí, otro pájaro al que le faltaba una pata, de nombre Felipe; “popelina”, una tela de algodón; “cotizas” por sandalias o “mogolla” por una especie de bebida.
Pero no esperaba yo encontrarme con palabras que usaba mi madre, tipo “angarrio” referido a un principiante, aunque mi progenitora la usaba como un insulto dedicado a una persona flacucha, en los huesos, o “errancias”, que la utilizaba como verbo, con el mismo significado que Laura Restrepo.
-Parece un angarrio, tó flaco y chupío. Tan rejalbío que ahorita mismo no se le ve.
Eso lo dijo mi madre de un tío suyo que se había abandonado. De una sobrina que estaba todo el día de acá para allá, cual caja de turrón, indicó:
-Ella se errancia allá donde la dejen.
Son muchos los personajes, sobre todo femeninos, que participan en esta historia. Uno de ellos es Matildita, una india guahiba, amante de don Abelardo, que prefería para ella y sus hijos la yuca brava, la batata, el ñame y el ají, que son bazofia para el blanco y manjar para la boca del indio. Así mismo hay otros dos personajes, esta vez masculinos, como son Sacramento y el Payanés, ambos enamorados de Sayonara.
De la protagonista, cuando apareció en escena como una niña, por boca de otro personaje la escritora dice: “era una rana, un grillo, una gata jovencísima, oscura y montarás, con las narices tapadas de mocos y olor reconcentrado a humo y soledad”.
Enmarcada en el boom petrolero de la Tropical Oil Company, la trama, que es de lo más intrincada, explora el amor prohibido cuando Sayonara se enamora, rompiendo así la regla de oro de su profesión. Ella, sin duda, representa un profundo retrato de la dignidad, la fuerza y la complejidad femenina en medio de un contexto hostil y marginal.
Quico Espino
Foto: Google
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