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En Guía han descubierto una forma superior de proteger el patrimonio: colocar un quiosco delante de un edificio histórico y explicar después que no molesta porque es desmontable. Debe de ser la versión municipal del respeto arquitectónico: si algo puede retirarse algún día, entonces puede instalarse donde apetezca, aunque los años pasen, la estructura permanezca y el paisaje urbano termine acostumbrándose a la ocurrencia.
El quiosco instalado por el anterior grupo de gobierno rompe de manera evidente con la armonía arquitectónica de la Plaza Grande y con el buen gusto que debería presidir cualquier intervención dentro de un conjunto histórico protegido. Su presencia frente a la Casa de los Quintana no realza el entorno ni dialoga con él: lo invade, lo desfigura y desplaza el protagonismo de un inmueble histórico para entregárselo a una estructura comercial que jamás debió ocupar ese lugar.
Tres asociaciones han decidido cuestionar ahora la legalidad y el impacto de esta instalación. Y hacen bien. No son ellas las que tienen que demostrar de antemano que se cometió una ilegalidad. Es el Ayuntamiento el que debe acreditar, con absoluta transparencia, que una actuación realizada dentro de un espacio protegido contó con todos los informes, autorizaciones y garantías exigibles.
Conviene aclarar también dónde debe situarse la responsabilidad política. No corresponde culpar al actual grupo de gobierno por una decisión que no tomó.
El quiosco es una herencia del anterior gobierno municipal, que fue quien permitió este atentado estético contra uno de los espacios más representativos de Guía. Otra cuestión será lo que decidan hacer ahora quienes gobiernan: pueden estudiar el expediente, escuchar a las asociaciones y corregir el despropósito, o pueden limitarse a conservarlo hasta que el paso del tiempo convierta el error heredado en una supuesta normalidad.
La Casa de los Quintana no es un telón decorativo para una terraza ni una fachada antigua destinada a embellecer el negocio colocado delante. Es una pieza esencial del patrimonio de Guía y de la identidad de una plaza que no pertenece al gobierno municipal de turno. Las administraciones tienen la obligación de conservar ese legado, no la libertad de transformarlo según la ocurrencia política o comercial de cada momento.
Cuando comenzó el montaje en 2021, el anterior gobierno municipal aseguró que el quiosco tenía una geometría sobria, que sus materiales eran adecuados para el entorno y que no producía discordancias capaces de alterar la percepción arquitectónica del conjunto histórico. Todo quedó convenientemente resuelto mediante una nota de prensa. El Ayuntamiento se examinó a sí mismo, se concedió matrícula de honor y determinó que aquella estructura no molestaba absolutamente a nadie, ni siquiera al edificio histórico que quedaba relegado detrás.
El argumento resulta difícil de sostener a simple vista. No hace falta ser arquitecto, historiador del arte ni especialista en patrimonio para advertir que el quiosco es un cuerpo extraño dentro de la Plaza Grande. Podrá ser de madera y hierro negro, podrá tener una geometría más o menos sobria y podrá aparecer descrito con todos los adjetivos amables que permita el vocabulario municipal, pero continúa siendo una instalación comercial plantada frente a uno de los inmuebles históricos más reconocibles de Guía.
También se presentó como una estructura ligera y desmontable. La palabra «desmontable» posee grandes virtudes dentro del lenguaje administrativo: permite que lo provisional envejezca tranquilamente hasta convertirse en permanente. Han transcurrido casi cinco años y el quiosco continúa allí, demostrando que algunas estructuras desmontables desarrollan raíces más profundas que muchos árboles.
Si realmente fue concebido como una instalación temporal, corresponde explicar cuándo termina esa temporalidad. Si puede desmontarse sin dejar huella, convendría saber qué circunstancia impide hacerlo. Y si la intención siempre fue que permaneciera indefinidamente, entonces quizás la palabra «desmontable» solo sirvió para presentar como liviana una decisión con efectos duraderos sobre la imagen de la plaza.
La dinamización comercial tampoco puede utilizarse como salvoconducto universal. El comercio debe impulsarse, naturalmente, pero no a costa de ocupar sin discusión cualquier espacio patrimonial. Guía necesita actividad económica, restauración y vida en sus calles, pero también necesita criterio. Proteger el casco histórico no consiste en conservar algunas fachadas mientras todo lo que las rodea queda sometido a la conveniencia del momento.
Las asociaciones han colocado sobre la mesa preguntas que el Ayuntamiento debe responder. ¿Qué informes patrimoniales respaldaron la instalación? ¿Qué autorización permitió colocarla en ese punto? ¿Cuál es el régimen de ocupación y explotación del espacio público? ¿Se evaluó verdaderamente su impacto sobre la Casa de los Quintana? ¿Existe alguna fecha o condición para desmontarla? Las respuestas deben encontrarse en el expediente, no en una nueva campaña de comunicación destinada a explicar lo magníficamente que se protege la historia.
Resulta especialmente curioso que las administraciones promocionen rutas por los bienes culturales, anuncien proyectos de divulgación patrimonial y organicen visitas para admirar un casco histórico cuya contemplación ellas mismas han alterado. Primero colocan el obstáculo y después imprimen el folleto para enseñar lo que queda detrás. Patrimonio con vistas al quiosco.
Apoyar a estas tres asociaciones no significa oponerse a la actividad comercial ni afirmar como hecho una ilegalidad que debe determinarse mediante la documentación administrativa correspondiente. Significa defender algo mucho más elemental: que el patrimonio no puede gestionarse mediante hechos consumados y que las decisiones públicas deben soportar la luz de la transparencia.
El actual grupo de gobierno tiene ahora la oportunidad de distinguirse de quienes tomaron aquella decisión. Heredar una actuación discutible no obliga a conservarla eternamente. También se hereda la responsabilidad de revisar, corregir y, si corresponde, retirar aquello que nunca debió instalarse. No sería justo atribuirle el origen del problema, pero sí habrá que valorar su respuesta una vez que el problema ha sido señalado públicamente.
Quienes sí deben ofrecer explicaciones son los responsables políticos que promovieron o permitieron la instalación y que ahora aspiran a regresar al gobierno municipal. Pretender volver al puesto llevando como carta de presentación este atentado estético exige, como mínimo, explicar por qué consideraron adecuado colocar semejante estructura en plena Plaza Grande y frente a la Casa de los Quintana.
No se puede pedir nuevamente la confianza de la ciudadanía mientras se evita rendir cuentas por las decisiones adoptadas cuando esa confianza ya les fue concedida.
Resulta llamativo que quienes quieren presentarse como alternativa para Guía tengan en el centro del casco histórico un monumento permanente a su manera de gobernar. No hace falta buscar demasiado en la hemeroteca ni revisar grandes discursos: el quiosco sigue allí, ocupando espacio, alterando la plaza y recordando cada día que la sensibilidad patrimonial del anterior gobierno cabía dentro de una nota de prensa.
Si el procedimiento fue impecable, que el Ayuntamiento publique el expediente íntegro y despeje todas las dudas. Si faltaron autorizaciones, informes o garantías, deberá actuar. Y aunque la instalación contara formalmente con los documentos necesarios, todavía quedaría pendiente la cuestión más sencilla: si es razonable mantener frente a la Casa de los Quintana una estructura que rompe la armonía de la plaza y agrede visualmente uno de los espacios más representativos de Guía.
Porque no todo lo autorizado es acertado, ni todo lo desmontable termina desmontándose, ni toda actuación promovida bajo la bandera de la dinamización comercial mejora el lugar donde se instala. A veces basta con observar el resultado sin el filtro de la propaganda para reconocer un error.
Guía no necesita un patrimonio domesticado para que no estorbe a los negocios ni a los intereses políticos. Necesita asociaciones dispuestas a vigilarlo, ciudadanía capaz de defenderlo y responsables públicos que comprendan que gobernar no concede el derecho a reorganizar la memoria colectiva según la conveniencia de cada legislatura.
La Casa de los Quintana estaba allí mucho antes que el quiosco. Por respeto a Guía, debería continuar siendo la protagonista de la Plaza Grande mucho después de que ese quiosco haya desaparecido.
Guayarmina Guanarteme
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