Andorra, el otro paraíso

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Se tarda tres horas y media en llegar desde el aeropuerto del Prat a Andorra si lo haces en autobús, pero si vas en guagua tardas un poco menos, aunque la paliza del viaje por carretera no te la quita nadie.
 
Una vez pasada la frontera, puro trámite, si vas con un grupo de caminantes, la primera  impresión que tendrás es la de que estás entrando a un sitio parecido al barranco de Guayadeque, pero multiplicado por diez; y la segunda es la de que estás penetrando en un enorme centro comercial que no tiene fin. A lo largo de varios kilómetros y a un lado y otro de la carretera no ves sino establecimientos hoteleros y todo tipo de comercios, bares y restaurantes. Parece una ciudad en la que sus habitantes están dispuestos a venderte todo lo que se te antoje comprar. Su capital, Andorra la Vella, sería más bella si fuese más barata, pero eso parece no importar mucho en los tiempos que corren, pues ya sabemos que la belleza está muy sobrevalorada.
 
Este pequeño país, de apenas 468 km2 y 90.000 habitantes, situado en el Pirineo y haciendo frontera con Lérida, vive casi exclusivamente del turismo, habiendo dejado atrás un origen eminentemente agrícola y  ganadero. Lo visité fugazmente en el año 1981, junto con dos buenos amigos. Cuarenta y cinco años después se han multiplicado por mil los edificios levantados a uno y otro lado de la carretera que serpentea por el lecho de un enorme y espectacular valle, buscando una salida hacia el vecino país francés. 
 
Múltiples estaciones de esquí se dejan ver a cientos de metros de altitud para disfrute y regocijo de los amantes de los deportes de invierno. Para los que buscan aventuras más tranquilas y reposadas, cada uno de los innumerables valles les ofrecen cientos de senderos que los llevarán a las zonas más elevadas, aunque tendrán para ello que sudar la gota gorda si quieren disfrutar de las maravillosas y espectaculares vistas cuando lleguen a la cima. 
 
Andorra es un país al que le gustan las alturas, pues no en vano vive y se desenvuelve con naturalidad a 1900 metros de altitud. Su pico más elevado casi roza los 3000 metros. España y Francia protegen sus flancos desde hace siglos. Aunque está agradecida por tan estimable ayuda, sin embargo ha querido permanecer siempre independiente. Y hasta ahora lo ha conseguido. Que sea por muchos siglos.
 
Si consigues no dejarte asustar por las pendientes, pues con un mínimo de preparación y unas enormes ganas de disfrutar del lugar, comenzarás a ascender a la mañana siguiente, ya descansado e ilusionado, a través de un precioso bosque que te acompaña a lo largo del senderos mientras sientes la caricia húmeda y agradable y el ruido sonoro y tranquilizador de los pequeños arroyos que precipitan sus aguas valle abajo buscando el lecho, con la esperanza de encontrar algún día el lejano mar que ponga fin a su desesperado anhelo. Y en solo diez minutos de caminata la primera impresión que tuviste al entrar al país cambia radicalmente, pues la zona comercial dará paso al asombro que te causará el bosque y el impresionante y espectacular paisaje que se presenta a tu vista. En tan poco tiempo, el ruido, el tráfico, las prisas y la zona comercial han desaparecido y en su lugar reina solo el canto de los pájaros y la ligera brisa que mueve las hojas. Es evidente que has entrado en otra dimensión, en un paraíso que parecía oculto a los viajeros. 
 
Y tu curiosa y maravillada mirada quisiera abarcar y retener para siempre en tu retina el hermoso paisaje boscoso y los valles impactantes y majestuosos que rinden homenaje a todos los que los transitaron a lo largo de la historia, los altos picos que dan paso a los collados, mientras caminas a pasos forzados con la respiración acelerada no solo por el esfuerzo sino por la belleza del paisaje que te deja sin resuello. 
 
Y te detendrás unos segundos para coger aire, como si quisieras tragártelo. Y será en esos instantes cuando te darás cuenta de que el edén puede estar a la vuelta de la esquina, que solo hace falta salir para escapar de la rutina diaria, del agobio y ruido que sufrimos a diario para reencontrarte contigo mismo.
 
Cuando al cabo de unas horas detienes la marcha para tomar un tentempié y calmar la sed, contemplas extasiado el escenario que te rodea y piensas cómo es posible que el ser humano se haya alejado tanto de la naturaleza, cómo es que se haya dejado convencer para vivir en una jungla de asfalto, ruidosa y cada día más contaminada. No le encontrarás sentido. Y entonces eres consciente de que a partir de ahora estarás atrapado por el bosque y por las imponentes montañas, que las vistas te han impregnado y que será imposible escapar de su hipnótico poder, porque necesitarás su calor y protección, que ya no podrá renunciar jamás a ellos.
 
Cuando cansado, pero satisfecho, corones la cima más elevada de la comarca y contemples fascinado todo lo que te rodea queriéndolo abarcar con tu mirada, estarás a punto de saltársete las lágrima ante tan explosión de belleza y pensarás que no hace falta nada más para ser feliz, para sentirte en paz contigo mismo. Sientes tanta paz que quisieras pasar allí horas, mientras tu respiración va disminuyendo y tu pecho se va tranquilizando. Entonces la vida cobra verdadero sentido y te dices a ti mismo sin decírtelo con palabras, que ha merecido la pena, que vivir de esta manera tiene su recompensa.
 
Lleno de paz, plenamente satisfecho, te pones en pie sin tener una clara noción del tiempo que ha transcurrido y comienzas a dar los primeros pasos para desandar el camino, no sin antes echar una última mirada para fijar la imagen en tu retina.
 
Caminar no tiene que ser, necesariamente, una actividad individual, aunque es cierto que a veces es muy necesaria. Caminar también puede ser compartir, sentir la presencia del otro o de los otros cerca de ti, experimentando parecidas sensaciones y emociones. Es reflexionar juntos o por separado, es compartir alegrías y penas, momentos felices, conversaciones agradables… Caminar es sentirse en comunión con el otro aunque se piense distinto. Es ofrecer ayuda, estar dispuesto a echar una mano cuando el que va a tu lado lo necesite: es aceptar con humildad la ayuda del otro.
 
La experiencia vivida estos días en Andorra ha sido única. No será fácil olvidar los momentos vividos en contacto permanente con la naturaleza. Tampoco será sencillo acostumbrarse de nuevo a nuestras rutinas.
 
Caminar por la media montaña es volver a la juventud, al recuerdo de aquellas marchas pertrechados con un equipo que hoy daría risa, con un calzado inadecuado, una mochila gigantesca en la que cabía todo, pero no sentías el peso ni el cansancio, porque caminabas hacia el futuro con ilusión y esperanza, consciente de que harías frente a los obstáculos que se te interpusieran en el camino. La juventud podía con todo.
 
Hoy, cincuenta y tantos años después, has aprendido a caminar sorteando los peligros. Y si es cierto que la mochila de la vida cada día pesa más, tú caminas decidido sin pensar en el mañana, porque los años y la experiencia te han enseñado que la vida es un sendero por el que hay que seguir transitando hasta que nuestro corazón diga basta y nuestros pies se detengan obedientes a un lado del camino para no impedirles el paso a los otros que vienen caminando detrás.
 
Gracias  a todos los que han caminado junto a nosotros a la largo de nuestra vida. Sin ellos la senda por la que hemos transitado hubiera significado más esfuerzos y más sacrificios. Es posible que solos hubiéramos culminado algunas cimas, pero nos hubiéramos perdido el placer inconmensurable de haberlo hecho junto a ellos.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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