Manifestarse sí, insultar, dividir y crispar, no

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.

[Img #38244]Hay días en los que uno siente necesidad de salir a la calle, levantar la voz y decir que algo no está bien. Y ese derecho no solamente hay que respetarlo: hay que defenderlo.

 

Jesús dijo:

 

Amen a sus enemigos y oren por los que les persiguen (Mateo 5,44). Sé que estas palabras son difíciles, incluso incómodas. A mí me suele ocurrir. Pero precisamente por eso siguen teniendo tanta fuerza. Porque el Evangelio no nos pide solamente que amemos a quienes nos dan la razón. Nos pide algo mucho más exigente: que no dejemos que el odio termine gobernando nuestro corazón. Eso lo digo desde una convicción profundamente cristiana.

 

Podemos discrepar, podemos protestar, podemos exigir responsabilidades, podemos denunciar injusticias, podemos incluso enfadarnos. Pero no necesitamos insultar, no necesitamos humillar, no necesitamos convertir al otro en un enemigo.

 

¿Por qué algunas causas nos llevan a la calle con tanta fuerza y otras injusticias cotidianas apenas consiguen movilizarnos? ¿Seríamos capaces de salir a la calle con la misma fuerza por todos aquellos problemas que tenemos delante de nuestros propios ojos?

 

Me gustaría ver manifestaciones llenas de ciudadanos reclamando una mejor sanidad: las interminables listas de espera, consulta, una prueba diagnóstica o una intervención. Por los jóvenes, con sus dificultades para acceder a una vivienda digna. Por las personas mayores que viven solas y la Ley de Dependencia. Por quienes trabajan y, aun así, no llegan a fin de mes. Por las retenciones kilométricas que ya forman parte de la vida cotidiana de muchas personas que madrugan y regresan a casa agotados. Por quienes duermen en las calles, las personas sin hogar. Por una mejor educación para que ofrezca oportunidades, por nuestros barrios…

 

Y me gustaría que esas manifestaciones fueran multitudinarias, sí, pero que fueran también respetuosas, firmes y pacíficas. Porque una reivindicación pierde parte de su grandeza cuando necesita del insulto para hacerse escuchar.

 

Jesús también dijo:

 

Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7,16). Y quizá deberíamos preguntarnos qué fruto estamos dejando cuando salimos a la calle: ¿estamos construyendo?, ¿estamos buscando soluciones?, ¿estamos defendiendo al débil?, ¿estamos ayudando a que nuestra sociedad sea mejor?, ¿o simplemente estamos alimentando una nueva batalla entre nosotros?

 

Manifestarse también puede ser un acto de amor, porque no me gusta una sociedad silenciosa, me gusta una sociedad despierta, donde nosotros los ciudadanos/as que no acepten la injusticia como algo normal. Me gustan las personas que reclamen aquello que consideran justo. Pero quiero hacerlo desde una convicción: la protesta no tiene por qué estar reñida con la fraternidad.

 

Podemos levantar la voz sin levantar odio, podemos reclamar justicia sin perder el respeto, podemos defender nuestras ideas sin despreciar las de los demás. Porque, al final, el que está frente a nosotros sigue siendo una persona.

 

Y para quienes intentamos vivir desde el Evangelio, eso debería importar mucho.

 

Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Marcos 12,31).

 

Quizá ese sea el gran reto, que salgamos a la calle, sí, que reclamemos, sí, Que exijamos soluciones, sí. Pero que aprendamos también a hacerlo sin insultar, sin odiar y sin convertir nuestras diferencias en una guerra permanente.

 

Porque Canarias como el resto de Comunidades que hacen grande a España necesita ciudadanos que protesten. Pero necesita, sobre todo, ciudadanos que construyan.

 

Y si de verdad queremos una sociedad más justa, quizá debamos empezar por mirar no solamente aquello que nos indigna, sino también aquello que sufren quienes tenemos al lado.

 

Manifestarse sí, reclamar sí y defender la justicia también. Y siempre recordando que ninguna causa debería hacernos olvidar al ser humano que tenemos delante.

 

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.

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