Cegueras, ofuscamientos, literatura y Ciencia

Nicolás Guerra Aguiar

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(Al doctor Á.G.G.)

 

La sabiduría popular, estimado lector, otorga a las palabras no sólo significados sin aparente relación (tolete: ‘simplón; palo grueso y corto’) sino distintas categorías gramaticales (“el ciego”; “quedó ciego”). A este sustantivo - adjetivo pueden acompañarlo otras formas verbales como ser y estar: ambas construcciones se refieren, respectivamente, a perenne situación física (“es ciego”) o pasajera (“está ciego”) según determinadas situaciones.

 

Así, Luis puede ser ciego, invidente o choco (usual esta última forma en Guatemala, Honduras…). Pero otro tipo de ceguera se relaciona con emperretamientos, ofuscaciones o fuertes sentimientos que desarretan el rigor de las células grises. Así, si el individuo está jartito de heroína, alucinógenos (alguna tortilla asiática), jiede a marijuana…, entonces “está ciego”. Más: también puede ir o estar ciego, sin triunfos, ni tan siquiera un bichillo, en una partida de envite. (Por cierto: la sabia estructura del latín, lengua madre evolucionada a las llamadas románicas, solo usaba el infinitivo esse para referirse a ‘ser, estar, haber, existir’.)

 

Por tanto, encochinado o ciego por la ansiada venganza estuvo el protagonista de La vida de Lazarillo de Tormes... (1554) cuando se venga de su primer amo, a quien sirvió como “mozo del ciego”. Y es que su ingenuidad, simpleza o inocencia iniciales habían sido explotadas por el invidente para burlarse de él... incluso con daño físico, como cuando le dio un golpe contra una figura de piedra o le estrelló (lestralló) un jarro de vino en la boca.

 

Y se desquitó: recurrió a la mentira o batata cuando con jeringona intención engañó al odiado “maestro” para impactarle también fuerte golpe en la cabeza con un poste de piedra. Así, nuestro joven y maltratado lazarillo pasó al siguiente amo, lección magistral a sus espaldas: debía “avivar el ojo”, es decir, ‘actuar de manera viva y diligente’. (Termina el primer tratado sin remordimiento alguno por tal quintada, malaleche del jovencito.)

 

Ya han transcurrido 472 años de esta joya literaria española tan revolucionaria en técnicas, innovaciones, dominio de la primera persona gramatical y otros importantes elementos. Y toda la trama argumental nos lleva a la conclusión de que el protagonista aprenderá para sobrevivir en la deshumanizada sociedad en la cual crece. Así, se volverá pícaro, granuja, estafador…, pues descubre desde pollillo que debe espabilar. Es decir: la convivencia con los demás marca su forma de vida sin delicadezas o contemplaciones. (Por cierto: ¿podría considerarse, salvando las distancias, como antecedente de “El infierno son los demás”, famosa frase presente en Huis clos, obra teatral de corte existencial escrita -1944- por Jean Paul Sartre, título traducido como A puerta cerrada?)

 

Pero lo anterior no es una excepcionalidad en el mundo narrativo. También un premio nobel de literatura (1998), José Saramago, había publicado tres años antes de su entrada en el mundo de los nobelísimos una imperecedera obra metafórica, Ensayo sobre la ceguera. (Por cierto: el luso - conejero escritor, hijo de campesinos, dejó su huella con una simbólica phoenix canariensis en el Palmeral Premios Nobel, instituto Pérez Galdós.)

 

Y digo “obra metafórica” y sospecho que acierto. Mi intuición, la práctica aularia (esta hace al profesor) y el acierto de sabios docentes que me enseñaron a “leer”, acaso apoyarían mi planteamiento argumentativo. En definitiva, me parece que puede considerarse la ceguera ya no solo como realidad física o alteración psicológica (ejemplos literarios arriba citados) sino, tal vez, lo más próximo a una traslación simbólica: ceguera como muerte de la conciencia moral, imposición del egoísmo social e incapacidad de considerar a los demás como seres sintientes.

 

Saramago resume su idea con una frase clave: “Los ciegos que, viendo, no ven”. Y el diálogo entre los dos miembros de un matrimonio (él, médico) podría, quizás, ratificar mi observación: “Tú no estás ciega […] Sí, tienes razón, no estoy ciega. Pero me quedo aquí [una especie de manicomio, símbolo de la propia sociedad] para ayudar a los que vengan”. Más adelante ella exclama, aterrorizada: “¡No sabéis lo que es tener ojos en un mundo de ciegos […] Soy una de las nacidas para ver el horror!”.

 

Pues bien, estimado lector. Entre los personajes literarios apuntados descubrimos tres tipos: a quienes no ven por su propia condición física; a causa del desorden mental y a quienes dejan de ver angustias, espantos, impactos existenciales en una inmensa masa de seres vivos. Es decir, son ajenos a las tragedias ajenas, impasibles ante miserias como los miles de asesinatos en Gaza, Cisjordania, Ucrania, Líbano, colonizaciones de territorios robados al árabe… Tan ciegos sartrianos – saramaganos son que podría incluso dudarse de su elemental condición humana, la que distingue al ser pensante del puro cacho de carne.

 

Pero cerca de ese amplísimo campo (real o simbólica ceguera) se encuentran decenas de miles de seres humanos a quienes afectan distintas atrofias oculares (cataratas, glaucoma, retinopatía diabética, degeneración macular asociada a la edad... o, como caso destacable, quienes necesitan de la queratoplastia, sustitución de la córnea por otra sana.

 

Se trata de pacientes que van perdiendo paulatinamente -o en cuestión de veinte días- la visión total o parcial. Así, nobles sentimientos van perdiendo contacto con la realidad circundante: ya no son visibles y se apagan las sonrisas del nieto, su mirada inquisitiva dominada por la curiosidad, la unísona lectura de “La canción del pirata”. O quizás la sensibilización de cómo la Naturaleza puede ser entrañable sentimiento patrio mientras se inicia y aprende para recitar a Estévanez: “Mi patria no es el mundo, / mi patria no es Europa, / mi patria es de un almendro / la dulce fresca, inolvidable sombra”. Incluso se ennegrecen las relecturas de los últimos versos “que yo te escribo” al final de nerudianos Veinte poemas de amor, aún presentes en la memoria desde los iniciales veinte años…

 

(¿Cuánto puede matar en vida que al paso de días los grises se vuelvan más plomizos y sea imposible atisbar a alguien con quien se mantuvo directa mirada durante años y cuatro decenios, redescubrir a su través bonhomías, decencias, inteligencia…?)

 

Sí, estimado lector. Por eso duelen milmillonarios despilfarros en inútiles senados, palaciegas residencias monárquicas, inservibles consejos de administración ocupados por serviles amigotes, ricas nóminas en manos de incompetentes para menesteres de administración pública, profesionalizaciones de mediocridades que repiten y repiten y repiten en cargos políticos mientras la vieja esclavitud viste con trasparentes ropajes de derechos sociales, constitucionales… (¿Se les podría reclamar, acaso, por su ceguera?)

 

Pero siempre permanece la esperanza en la Ciencia, actividad cada vez más despreciada por quienes deben trabajar para la sociedad desde sus puestos políticos y sus conciencias -si acaso quedaran- como seres humanos responsables ( “¡responsabilidades a mí...!”). Sí, ella es nuestra expectativa única.

 

El mundo científico relacionado con la visión (óculus -latín-; ofzalmós -griego-) camina, sí, pero ineptitudes y torpezas (¿acaso servilismos a otros intereses?) frenan el riguroso, juicioso y humanizado trabajo de profesionales e investigadores, competentes y expertos amantes de su oficio o trabajo a pesar de restricciones, explotaciones, mermas en presupuestos…

 

¿Imagina usted, estimado lector, cuántas esperanzadas o marchitas miradas hoy muy envejecidas rejuvenecerían si la Razón, la lógica, la inteligencia y la demostrada competencia personal -pública y privada, juntas de mancomún- dispusieran bajo rigurosos controles de tantos miles de millones malgastados año tras año?

 

Nicolás Guerra Aguiar

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