¿Quién cuida de las personas cuidadoras?

Abraham Ramos Viera

[Img #42597]Hay historias y realidades que, tarde o temprano, terminan tocándonos a casi todos. Una de ellas es el cuidado. En algún momento de nuestra vida, dentro del contexto de nuestra propia familia, probablemente nos tocará cuidar de alguien. Puede ser por una enfermedad, por un accidente o simplemente por el proceso natural de envejecimiento de nuestros familiares.

 

Cuidar de alguien es, desde mi punto de vista, una de las formas más nobles de dedicación y también una de las razones que explican por qué los seres humanos necesitamos vivir en comunidad. Porque esos grupos que construimos, la familia, los amigos, nuestro entorno, terminan convirtiéndose en ese colchón capaz de sostenernos cuando llega la debilidad. Hay momentos de nuestra vida en los que, sin la ayuda de los demás, sería prácticamente imposible vivir de una manera confortable. Y también morir.

 

Sí, aunque pueda sonar duro o demasiado rotundo, creo que tenemos que hablar también de la muerte como una parte inevitable de nuestras vidas. Y cuando el final llega, cuando ya no podemos evitarlo, importa muchísimo cómo se produce esa despedida. Poder hacerlo cuidado, acompañado y rodeado de las personas que quieres importa. Y mucho.

 

Pero hoy no quiero hablar solamente de quien necesita esos cuidados. Quiero poner la atención en quienes cuidan, en aquellas personas que deciden, o que simplemente por las circunstancias de la vida terminan convirtiéndose en cuidadores principales de un familiar.

 

Probablemente casi nunca ocurre de un día para otro. El proceso comienza poco a poco, casi de una manera imperceptible. Un día ayudas con una cosa, después con otra. Aparece alguna dificultad nueva, alguna limitación, alguna necesidad más. Y mientras la persona a la que queremos va necesitando cada vez mayor atención, quien cuida va asumiendo, casi sin darse cuenta, cada vez más responsabilidades.

 

Y en este punto tampoco podemos ignorar una realidad: la mayor parte de las personas que cuidan siguen siendo mujeres. Durante generaciones hemos construido socialmente la idea de que cuidar forma parte casi naturalmente de sus responsabilidades y ese mandato está tan interiorizado que, cuando llega el momento de hacerse cargo de un padre, una madre, una pareja o cualquier otro familiar, son muchas veces ellas las que dan un paso al frente casi sin que nadie tenga siquiera que pedírselo. Durante demasiado tiempo hemos dado por hecho que ese era también su papel.

 

Las necesidades de la otra persona empiezan a marcar tus horarios, tus decisiones, tus preocupaciones y, finalmente, buena parte de tu vida. Y a medida que las necesidades de cuidado aumentan, la persona cuidadora empieza muchas veces a dejar a un lado su propio cuidado. Sus necesidades emocionales, psicológicas e incluso físicas pasan progresivamente a un segundo plano, porque siempre parece existir algo más importante: que la otra persona esté bien, que esté atendida, que esté confortable, que no le falte nada.

 

Pero además existe otra realidad que no siempre vemos. Para quien cuida también es un momento emocional profundamente complicado. Muchas veces estás acompañando a alguien a quien quieres profundamente mientras eres plenamente consciente del proceso que está viviendo. Sabes que esa persona está empeorando. Sabes, en determinados casos, hacia dónde conduce ese camino. Y sabes también que llegará un momento en el que tendrás que despedirte.

 

Sin embargo, toda esa tormenta de emociones queda muchas veces guardada, aparcada, incluso silenciada. Porque ahora no toca. Ahora hay que cuidar. Y así pueden pasar meses o años.

 

Hasta que finalmente llega el momento en el que la persona se recupera o, como ocurre desgraciadamente en muchos procesos de envejecimiento o enfermedades terminales, fallece. Y entonces sucede algo para lo que creo que tampoco estamos suficientemente preparados.

 

Terminan las despedidas, terminan los ritos sociales y religiosos, termina el entierro. La gente vuelve a sus casas, a sus trabajos, a sus rutinas y a sus vidas. Y la persona que ha cuidado se levanta al día siguiente y descubre que buena parte de la vida que había construido durante los últimos años ha desaparecido de repente.

 

Ya no existe aquel horario, ya no hay que administrar aquella medicación, ya no hay que preparar aquella comida, ya no hay que estar pendiente. Ya no hay que cuidar. Y aparece un vacío enorme. Pero además, junto a ese vacío, aparecen de golpe muchas de las emociones que durante todo el proceso de cuidado habíamos ido guardando para poder seguir adelante. Y a todo ello hay que añadir ahora el duelo.

 

Sé de lo que hablo.

 

Durante años fui convirtiéndome progresivamente en el cuidador principal de mi abuela y, durante ese tiempo, también fui dejando cada vez más cosas de mi propia vida para poder atenderla a ella. Fue, sin ninguna duda, una de las etapas más bonitas y al mismo tiempo más duras de mi vida.

 

Aprendí a cuidarla. Aprendí a atenderla incluso en las cosas más básicas. Aprendí muchísimo sobre ella, sobre mí mismo y sobre lo que significa realmente querer a alguien. No me arrepiento absolutamente de nada. Lo volvería a hacer una y mil veces.

 

Pero también recuerdo perfectamente lo que ocurrió después de su fallecimiento. Cuando terminó el entierro, cuando las despedidas acabaron y todo el mundo volvió poco a poco a su normalidad, yo me encontré con una realidad muy sencilla y al mismo tiempo muy difícil de asumir: ella ya no estaba y yo tenía que descubrir nuevamente qué hacer con mi vida.

 

El proceso fue duro. Y precisamente por haberlo vivido sé que mientras cuidamos a alguien no podemos abandonarnos nosotros mismos. Y, sobre todo, creo que como sociedad tenemos la responsabilidad de no abandonar a quienes cuidan.

 

Porque cuidar a las personas cuidadoras también debería formar parte de nuestros sistemas de protección. Necesitamos más formación para el cuidado, porque probablemente tarde o temprano llegará a nuestras vidas y nadie nace sabiendo cómo cuidar. Necesitamos programas de apoyo y acompañamiento a las personas cuidadoras, recursos de respiro que permitan descansar unas horas, resolver asuntos personales o simplemente disponer de un poco de tiempo propio sin sentir que se está abandonando a nadie. Necesitamos también apoyo psicológico y emocional e intervención psicosocial dentro de las propias familias.

 

Y necesitamos que todos estos recursos sean cercanos y accesibles. Existen programas y servicios, por supuesto, pero tenemos que potenciarlos y conseguir que lleguen realmente a todas las personas que los necesitan, sin que tengan que superar interminables procesos burocráticos precisamente cuando menos fuerzas tienen para hacerlo.

 

Creo que aquí también existe un enorme espacio para actuar desde lo local. Los ayuntamientos son muchas veces la administración que mejor conoce a sus vecinos, sus circunstancias familiares y sus necesidades. Desde ahí también pueden construirse redes de apoyo, programas de formación, servicios de acompañamiento, proyectos de respiro y mecanismos que permitan detectar a quienes están cuidando prácticamente en soledad.

 

Porque cuando hablamos de cuidados solemos mirar, lógicamente, hacia la persona que los necesita. Pero quizá deberíamos hacernos también otra pregunta: ¿quién cuida de las personas cuidadoras?

 

Cuidar es amar, acompañar y sostener. Pero quienes sostienen también necesitan, en algún momento, que alguien los sostenga.

 

Abraham Ramos Viera

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